En la primavera de 1945, mientras el Tercer Reich se desmoronaba por todos sus flancos, Adolf Hitler se negaba a aceptar la realidad desde su búnker bajo la Cancillería del Reich. Al oeste, los americanos y británicos habían cruzado el Rin. Al este, el Ejército Rojo acumulaba más de dos millones de soldados en el Vístula, listo para el asalto final. Berlín, la capital que Hitler había soñado transformar en una megalópolis monumental llamada Germania, se convertiría en el escenario del último y más brutal combate urbano de la guerra en Europa. La Batalla de Berlín, entre el 16 de abril y el 2 de mayo de 1945, costó más de 300.000 vidas y selló el fin del nazismo.
La carrera hacia Berlín: Stalin vs. los aliados occidentales
En marzo de 1945, las fuerzas americanas cruzaron el Rin en Remagen y avanzaron rápidamente hacia el este. Berlín estaba más cerca de las líneas americanas que de las soviéticas. El general Eisenhower tomó la polémica decisión de no intentar llegar a Berlín antes que los soviéticos, argumentando que la ciudad no tenía valor estratégico militar y que las bajas serían inasumibles. Churchill protestó enérgicamente, comprendiendo el valor político de la capital alemana en el mundo de posguerra. Stalin, al conocer la decisión aliada, ocultó su alivio y aceleró los preparativos para el asalto.
La rivalidad entre los dos principales comandantes soviéticos —los mariscales Georgi Zhúkov y Iván Kónev— añadió urgencia a la operación. Stalin los enfrentó deliberadamente, permitiendo que ambos avanzaran hacia Berlín para estimular su competencia. Zhúkov, que había defendido Moscú, ganado Stalingrado y conducido la ofensiva del Vístula-Óder, no podía permitir que Kónev le arrebatara la gloria de tomar la capital del Reich.
La ofensiva del Vístula: el mayor bombardeo de la historia
El 16 de abril de 1945, a las 3:00 de la madrugada, Zhúkov lanzó el asalto desde las cabezas de puente en el Óder con 9.000 cañones disparando simultáneamente, el mayor bombardeo de artillería de la historia. Para iluminar el avance en la oscuridad, 143 reflectores antiaéreos apuntaron hacia las líneas alemanas, cegando a los defensores. Sin embargo, el inicio fue un desastre para Zhúkov: los alemanes habían abandonado la primera línea la noche anterior, y el terreno pantanoso de las alturas de Seelow frenó el avance.
Zhúkov, furioso, comprometió sus reservas blindadas antes de tiempo, creando un embotellamiento caótico. Stalin le presionó, amenazando con dejar que Kónev tomara Berlín. En tres días de combates encarnizados en las alturas de Seelow, el Ejército Rojo sufrió 33.000 muertos pero finalmente rompió las defensas alemanas. El camino hacia Berlín estaba abierto.
El cerco: dos millones contra 300.000
Para el 25 de abril, las fuerzas de Zhúkov y Kónev habían completado el cerco de Berlín. Ese mismo día, en Torgau, en el Elba, tropas americanas y soviéticas se encontraron por primera vez, cortando Alemania en dos. Dentro de Berlín, el general Helmuth Weidling comandaba unos 300.000 defensores de muy desigual calidad: veteranos de las Waffen-SS mezclados con policías, bomberos y muchachos del Volkssturm de 14 años armados con Panzerfausts. Hitler, en su búnker, movía divisiones fantasma en los mapas, unidades que ya no existían o estaban cercadas.
El combate urbano en Berlín fue de una brutalidad extrema. Los soviéticos avanzaban manzana a manzana, edificio a edificio, habitación a habitación, bajo el fuego de francotiradores y el continuo lanzamiento de Panzerfausts desde las ventanas. Cada estación de metro, cada parque, cada edificio gubernamental se convertía en una fortaleza. Los ingenieros soviéticos aprendieron a no entrar por las puertas sino a abrir brechas en las paredes medianeras, avanzando por el interior de los edificios.
El búnker: los últimos días de Hitler
Mientras Berlín ardía sobre él, Hitler celebró su 56.º cumpleaños el 20 de abril en el Führerbunker, a doce metros de profundidad bajo la Cancillería. Los que le visitaron ese día describieron a un hombre físicamente destrozado —temblores en las manos, espalda encorvada, ojos apagados— que aún hablaba de contraataques y milagros. El 22 de abril, cuando le informaron de que la ofensiva de las SS que había ordenado no había tenido lugar, sufrió un colapso emocional y reconoció por primera vez ante sus colaboradores que la guerra estaba perdida.
El 29 de abril, con los soviéticos a metros de la Cancillería, Hitler dictó su testamento político y se casó con Eva Braun. Al día siguiente, 30 de abril de 1945, Hitler se suicidó con un disparo en la sien mientras Eva Braun ingería cianuro. Sus cuerpos fueron quemados en el jardín de la Cancillería según sus instrucciones. El Reich de los Mil Años había durado doce.
La toma del Reichstag y la rendición
El asalto al Reichstag, el edificio del parlamento alemán que los soviéticos convirtieron en símbolo de la victoria, fue uno de los combates más encarnizados de la batalla. El edificio estaba defendido por unidades de las SS y soldados de la Luftwaffe que resistieron hasta el último momento en sus sótanos y pasillos. En la noche del 30 de abril, los soldados soviéticos Mijail Yegorov y Meliton Kantaria plantaron la bandera roja sobre la cúpula del Reichstag para una fotografía que se convertiría en una de las imágenes más icónicas de la guerra.
El general Weidling firmó la capitulación de la guarnición de Berlín el 2 de mayo de 1945. La ciudad era un campo de escombros: el 75% de los edificios del centro estaban destruidos o gravemente dañados. La batalla había costado al Ejército Rojo más de 80.000 muertos y 280.000 heridos. Los alemanes perdieron más de 100.000 muertos y 480.000 prisioneros. Decenas de miles de civiles berlineses murieron en los combates y en los días que siguieron. El 8 de mayo de 1945, Alemania firmó la rendición incondicional. La guerra en Europa había terminado.

La población civil de Berlín: entre el horror y la supervivencia
Mientras los ejércitos se batían por cada manzana de Berlín, los dos millones y medio de civiles que permanecían en la ciudad —la mayoría mujeres, niños y ancianos, pues los hombres en edad militar habían sido reclutados— vivían un calvario indescriptible. Los últimos meses de la guerra vieron cómo Berlín era sometida a bombardeos aéreos aliados casi continuos por el día y al avance soviético por todas las direcciones. Los berlineses vivían en los sótanos de sus edificios destruidos, saliendo solo para buscar agua de las cañerías rotas o comida de los almacenes saqueados.
La violencia sexual perpetrada por soldados soviéticos contra las mujeres berlinesas fue uno de los crímenes más extendidos y menos documentados de la guerra. Las estimaciones de historiadores como Antony Beevor, basadas en registros de hospitales y testimonios, sitúan entre 95.000 y 130.000 las mujeres violadas en Berlín durante los días de la batalla y la inmediata posguerra. Este horror, silenciado durante décadas tanto por el régimen soviético como por la propia Alemania, forma parte inseparable de la historia de la caída de Berlín. Muchos historiadores lo contextualizan con los crímenes de guerra alemanes en la URSS —que incluyeron la muerte de más de 27 millones de soviéticos—, sin que la contextualización justifique en ningún caso la violencia contra civiles inocentes.
Los últimos defensores: el Volkssturm y las Juventudes Hitlerianas
Entre los defensores de Berlín había una proporción alarmante de niños y ancianos. El Volkssturm —literalmente «tormenta del pueblo»—, creado por decreto de Hitler en septiembre de 1944, reclutó a todos los hombres alemanes de entre 16 y 60 años que no estaban ya en el ejército. En Berlín, sus batallones incluían chicos de 14 y 15 años que recibían apenas unos días de entrenamiento antes de ser enviados a los puntos de combate más peligrosos con un Panzerfaust y escasa orientación. Las Juventudes Hitlerianas, adoctrinadas desde la infancia para morir por el Führer, lucharon en algunos sectores con una fiereza fanática que asombró incluso a los veteranos soviéticos. Decenas de miles de estos chicos murieron en los últimos días de una guerra que sus líderes ya sabían perdida.
La firma de la rendición y el inicio del mundo bipolar
El 8 de mayo de 1945, el mariscal de campo Wilhelm Keitel firmó en Berlín-Karlshorst el acto de rendición incondicional alemana ante representantes de los cuatro poderes aliados. En Occidente se celebra como el Día de la Victoria en Europa (V-E Day); en Rusia, por diferencia horaria, la firma tuvo lugar ya el 9 de mayo, que es la fecha que Rusia conmemora como Día de la Victoria. La caída de Berlín no fue solo el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa: fue el momento en que el orden mundial de la primera mitad del siglo XX quedó definitivamente enterrado y comenzó la era bipolar de la Guerra Fría. Las posiciones que los ejércitos soviéticos y occidentales ocuparon en el momento de la rendición alemana —con el Ejército Rojo profundamente adentrado en Europa central— determinaron la frontera entre el mundo comunista y el libre durante cuarenta y cinco años.