En los primeros meses de 1945, mientras Europa se acercaba al fin de la guerra, el Pacífico vivía sus batallas más sangrientas. Las islas de Iwo Jima y Okinawa, dos pequeños trozos de roca volcánica y coral a centenares de kilómetros de la costa japonesa, se convirtieron en el preludio del infierno que habría sido la invasión del Japón continental. En Iwo Jima murieron más de 26.000 americanos y japoneses en 36 días. En Okinawa, la cifra superó los 200.000, incluyendo decenas de miles de civiles. Estas dos batallas definieron la estrategia aliada final y contribuyeron directamente a la decisión de usar las bombas atómicas.
Iwo Jima: la isla de las cenizas
Iwo Jima, cuyo nombre en japonés significa «isla del azufre», era una isla volcánica de apenas 21 kilómetros cuadrados dominada por el monte Suribachi en su extremo sur. Su valor estratégico era enorme: situada a mitad de camino entre las bases de B-29 en las Marianas y Tokio, albergaba dos aeródromos japoneses desde los que cazas interceptaban los bombarderos americanos. Si los aliados la tomaban, podrían establecer bases para cazas de escolta y campos de emergencia para los B-29 dañados.
El general Tadamichi Kuribayashi transformó Iwo Jima en una fortaleza subterránea sin precedentes. Durante meses, 21.000 soldados japoneses excavaron más de 18 kilómetros de túneles conectando bunkers, posiciones de artillería y depósitos de munición a prueba de bombardeos. Kuribayashi prohibió los ataques suicidas en la playa —que solo beneficiaban a los americanos— y ordenó a sus hombres combatir desde las posiciones subterráneas hasta el último hombre. Su objetivo no era ganar, sino infligir el máximo de bajas americanas para disuadir la invasión del Japón.
El desembarco y los 36 días de infierno
El 19 de febrero de 1945, 30.000 marines desembarcaron en las playas de Iwo Jima tras el mayor bombardeo naval de la guerra del Pacífico. Durante los primeros minutos, la playa pareció desierta. Luego comenzó el infierno: artillería, morteros y ametralladoras abrieron fuego desde posiciones invisibles, convirtiendo la playa en una masacre. La arena volcánica negra, que cedía bajo los pies y hacía casi imposible avanzar, se tiñó de rojo.
Los marines tardaron cuatro días en tomar el monte Suribachi. El 23 de febrero, una patrulla llegó a la cima y plantó una pequeña bandera americana. Poco después, una bandera más grande fue izada por seis marines mientras el fotógrafo Joe Rosenthal disparó su cámara. La imagen se convertiría en la fotografía más reproducida de la Segunda Guerra Mundial, ganadora del Premio Pulitzer y modelo del monumento a los Marines en Arlington. Tres de los seis marines que aparecen en la foto morirían en Iwo Jima en las semanas siguientes.
Tomar Suribachi fue solo el comienzo. Los 21.000 defensores japoneses resistieron en sus túneles durante 36 días más. Cuando la batalla terminó el 26 de marzo, solo 216 soldados japoneses habían sido capturados; el resto murió combatiendo o se suicidó. Los marines sufrieron 6.821 muertos y 19.217 heridos. El almirante Chester Nimitz inmortalizó a los combatientes de Iwo Jima con una frase que quedó para la historia: «En Iwo Jima, el valor poco común fue cosa común».
Okinawa: la última gran batalla
Si Iwo Jima fue brutal, Okinawa fue apocalíptica. La isla, a apenas 560 kilómetros de Kyushu, la isla más meridional del Japón, era el último escalón antes de la invasión del país. El 1 de abril de 1945, 183.000 soldados americanos desembarcaron en lo que denominaron «el Día de los Inocentes del Pacífico». Los primeros días fueron engañosamente tranquilos: el general Mitsuru Ushijima había retirado sus 100.000 soldados al sur de la isla para librar allí la batalla de desgaste.
La batalla terrestre en el sur de Okinawa fue de una ferocidad extrema. La lluvia constante convirtió el terreno en un lodazal en el que los avances se medían en metros. Posiciones como la colina del Açucareiro o el Triángulo del Azúcar se tomaron y perdieron varias veces. Simultáneamente, los ataques kamikazes contra la flota americana alcanzaron su máxima intensidad: más de 1.900 pilotos suicidas se lanzaron contra los barcos aliados, hundiendo 36 y dañando 368, con 4.900 marinos americanos muertos.
El sacrificio civil: la tragedia de los okinawenses
Okinawa era una isla densamente poblada con 450.000 civiles. La propaganda japonesa había convencido a muchos de que los americanos los torturarían y asesinarían. Miles de civiles se suicidaron antes de ser capturados, a menudo familias enteras que saltaban desde los acantilados del sur de la isla en lo que los japoneses llaman «lluvia de coral». Se estima que murieron entre 100.000 y 150.000 civiles okinawenses —entre un cuarto y un tercio de la población total de la isla— víctimas de los combates, del hambre, de las enfermedades y del suicidio forzado.
El legado: la sombra sobre la invasión del Japón
Iwo Jima y Okinawa costaron a Estados Unidos casi 50.000 muertos y heridos graves. Los planificadores militares americanos, extrapolando estas cifras a la invasión de Kyushu (Operación Olympic, prevista para noviembre de 1945) y Honshu (Operación Coronet, para 1946), estimaron entre 250.000 y un millón de bajas americanas, y varios millones de japoneses entre militares y civiles. Eran cifras que aterraban incluso a los generales más curtidos.
Estas proyecciones pesaron directamente en la decisión de Truman de usar las bombas atómicas. Hoy Okinawa alberga aún importantes bases militares americanas que son fuente de tensión política constante con Japón, testimonio de que aquella última gran batalla del Pacífico sigue teniendo consecuencias geopolíticas ochenta años después. En el Parque de la Paz de la Prefectura de Okinawa, 234.183 nombres —americanos, japoneses, okinawenses y de otras nacionalidades— están grabados en piedra negra como recordatorio permanente del precio de la guerra.

La defensa japonesa: el arte de la guerra subterránea
El general Tadamichi Kuribayashi transformó Iwo Jima en un laboratorio de guerra defensiva que influiría en la táctica militar durante décadas. Su sistema de túneles —más de 18 kilómetros excavados en la roca volcánica— conectaba bunkers, posiciones de artillería, depósitos y puestos de mando en una red que era prácticamente invulnerable al bombardeo aéreo y naval. Cuando los americanos preparaban un ataque de infantería, los japoneses podían desplazarse por los túneles para aparecer en la retaguardia del atacante, convirtiendo cada avance en una trampa potencial.
Kuribayashi había estudiado en Estados Unidos en los años 1920 y respetaba el poder militar americano más que la mayoría de sus colegas. Sabía que no podía ganar, y sus órdenes reflejaban ese realismo: cada soldado japonés debía matar a diez americanos antes de morir. Esta doctrina, unida a la prohibición de los ataques suicidas masivos y en la playa que habían caracterizado otras batallas del Pacífico, convirtió la defensa de Iwo Jima en un modelo de eficiencia letal. El 95% de los 21.000 defensores japoneses murieron en combate. Los 216 prisioneros capturados representaron la proporción más baja de cualquier batalla del Pacífico, evidencia del fanatismo con que los soldados japoneses cumplieron la última orden de su general: combatir hasta el último hombre.
Okinawa y los kamikazes: el arma suicida a escala industrial
Si Iwo Jima fue la batalla terrestre más sangrienta del Pacífico, Okinawa fue el escenario donde la táctica kamikaze alcanzó su máxima expresión y efectividad. La palabra japonesa kamikaze —»viento divino»— hace referencia al tifón legendario que supuestamente destruyó la flota invasora mongola de Kublai Kan en 1281. Desde octubre de 1944, la Marina Imperial Japonesa había organizado unidades de ataque especiales (Tokubetsu Kōgekitai) en las que pilotos voluntarios —en su mayoría jóvenes de 18 a 25 años— se lanzaban sus aviones cargados de explosivos contra los barcos aliados.
Durante la batalla de Okinawa, más de 1.900 pilotos kamikazes se lanzaron contra la flota aliada en una serie de ataques masivos coordinados denominados Kikusui (crisantemo flotante). Su efectividad fue aterradora: hundieron 36 barcos aliados, dañaron 368 más, y mataron a 4.907 marineros americanos, la mayor pérdida naval americana de la guerra en un solo teatro de operaciones. La flota británica, que empleaba portaaviones con cubiertas de acero en lugar de madera, resistió mucho mejor los impactos. Cuando un kamikaze impactaba en un portaaviones británico, los marineros bromeaban: «Nos ha dejado una abolladura de 15 centímetros en la cubierta». Cuando impactaba en un americano, la respuesta era: «Seis meses en el astillero».
Las lecciones de Iwo Jima y Okinawa para la estrategia americana
Las dos batallas tuvieron un impacto directo y decisivo sobre la estrategia americana para el final de la guerra. Los planificadores del Pentágono, al calcular las bajas previsibles en la invasión del Japón continental —Operación Downfall, prevista para noviembre de 1945 en Kyushu y marzo de 1946 en Honshu—, extrapolaron las cifras de Iwo Jima y Okinawa. Las estimaciones variaban entre 250.000 y un millón de bajas americanas, con varios millones de muertos japoneses entre militares y civiles. Estas proyecciones, presentadas al presidente Truman en junio de 1945, fueron uno de los factores decisivos en su decisión de autorizar el uso de las bombas atómicas. El debate histórico sobre si las bombas fueron necesarias para forzar la rendición japonesa sin la invasión no puede separarse de la experiencia de Iwo Jima y Okinawa, que habían demostrado de forma brutal hasta dónde llegaría Japón en su resistencia.