El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, el bombardero B-29 Enola Gay soltó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima un artefacto de apenas cuatro metros de longitud que cambió para siempre la historia de la humanidad. La bomba atómica «Little Boy», equivalente a 15.000 toneladas de TNT, estalló a 580 metros de altitud sobre el puente Aioi con una temperatura inicial de varios millones de grados. En una fracción de segundo, el centro de Hiroshima desapareció. Tres días después, una segunda bomba arrasó Nagasaki. La Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin, pero el mundo entraba en una nueva era de terror nuclear que definiría el siglo XX.
El Proyecto Manhattan: la carrera para construir la bomba
El origen de la bomba atómica se remonta a 1939, cuando el físico Albert Einstein firmó una carta al presidente Roosevelt advirtiendo de que Alemania podría estar desarrollando armas basadas en la fisión nuclear. En 1942, el Proyecto Manhattan, con un presupuesto de 2.000 millones de dólares y la participación de más de 130.000 personas en instalaciones secretas en Los Álamos, Oak Ridge y Hanford, se puso en marcha bajo la dirección científica del físico J. Robert Oppenheimer y la coordinación militar del general Leslie Groves. El 16 de julio de 1945, en el desierto de Nuevo México, el primer dispositivo nuclear de la historia fue detonado con éxito en la prueba Trinity.
Para entonces, Alemania ya había capitulado. El objetivo era Japón, que seguía resistiendo con una ferocidad que aterraba a los planificadores militares americanos. La invasión de las islas japonesas —Operación Downfall— se estimaba que costaría entre 500.000 y un millón de bajas aliadas y varios millones de japoneses. El presidente Harry Truman, que había asumido la presidencia tras la muerte de Roosevelt en abril de 1945, tomó la decisión de usar las bombas.
Hiroshima, 6 de agosto: el infierno en un segundo
Hiroshima era una ciudad de 350.000 habitantes y sede del Segundo Ejército General japonés, responsable de la defensa de Kyushu. A las 8:15, cuando la bomba estalló, miles de personas iban al trabajo o ya estaban en sus puestos. En el radio de un kilómetro del epicentro, la temperatura alcanzó varios miles de grados; todo ser vivo fue vaporizado instantáneamente. En un radio de dos kilómetros, los edificios se derrumbaron y los incendios lo consumieron todo. La onda expansiva derribó estructuras a más de tres kilómetros.
De las 350.000 personas en la ciudad, entre 70.000 y 80.000 murieron en el instante de la explosión. Antes de que terminara 1945, las muertes por quemaduras, heridas y radiación habían elevado el total a entre 90.000 y 166.000. Los supervivientes, conocidos en Japón como hibakusha (personas afectadas por la bomba), sufrirían durante décadas las consecuencias de la radiación: cánceres, leucemia, deformidades congénitas en sus hijos. La ciudad quedó arrasada en un radio de casi dos kilómetros.
Nagasaki, 9 de agosto: la segunda devastación
Ante la falta de respuesta japonesa, el 9 de agosto el B-29 Bockscar despegó con la bomba «Fat Man», un dispositivo de plutonio más potente que el de Hiroshima. El objetivo primario era Kokura, pero la ciudad estaba cubierta de nubes. El piloto, mayor Charles Sweeney, se dirigió al objetivo secundario: Nagasaki. A las 11:02, «Fat Man» estalló con una potencia equivalente a 21.000 toneladas de TNT. Las colinas que rodean Nagasaki confinaron parcialmente la onda expansiva, pero murieron entre 40.000 y 80.000 personas ese día, con un total similar al de Hiroshima para finales de 1945.
Ese mismo día, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón y sus ejércitos invadieron Manchuria, aplastando al Ejército de Kwantung. Japón se encontraba solo, sin aliados, con sus ciudades siendo destruidas desde el aire y con la amenaza de más bombas atómicas. El 15 de agosto de 1945, el emperador Hirohito habló por radio por primera vez en su vida para anunciar la rendición del Japón Imperial. La guerra había terminado.
El debate moral: ¿fue necesario?
Décadas después, el debate sobre la justificación moral del bombardeo atómico sigue sin resolverse. Los defensores de la decisión de Truman argumentan que la alternativa —la invasión de Japón— habría costado más vidas, tanto aliadas como japonesas, que las bombas. Señalan además que Japón seguía combatiendo con fanatismo suicida: en Okinawa, combatientes japoneses murieron en proporción de 7 a 1 frente a los americanos y mataron a más de 12.000 soldados estadounidenses.
Los críticos, en cambio, argumentan que Japón ya estaba buscando negociar la rendición a través de la Unión Soviética, que el bloqueo naval y los bombardeos convencionales habrían bastado, y que el verdadero objetivo de las bombas era también demostrar el poderío americano ante la URSS en el naciente contexto de la Guerra Fría. Historiadores como Gar Alperovitz han desarrollado esta tesis «revisionista» con documentación abundante. La verdad, probablemente, incluye elementos de ambas interpretaciones.
El legado: el mundo en la era nuclear
Hiroshima y Nagasaki inauguraron la era nuclear con sus consecuencias más terroríficas. La carrera armamentista entre EE.UU. y la URSS durante la Guerra Fría llevaría a la acumulación de decenas de miles de cabezas nucleares, suficientes para destruir la civilización varias veces. La doctrina de la «destrucción mutua asegurada» (MAD) se convirtió en el equilibrio del terror que, paradójicamente, previno una tercera guerra mundial entre las superpotencias.
Hoy Hiroshima alberga el Memorial de la Paz, construido junto a la cúpula Genbaku —el único edificio que sobrevivió cerca del epicentro—, declarada Patrimonio de la Humanidad. Cada 6 de agosto, miles de personas se reúnen allí para recordar a las víctimas y renovar el compromiso con un mundo sin armas nucleares. Los hibakusha que aún viven, ya nonagenarios, siguen testimoniando su experiencia en escuelas de todo Japón, conscientes de que son los últimos testigos directos del único uso bélico de armas atómicas en la historia humana, un honor que ninguno de ellos pidió.
La física de la destrucción: cómo funcionaron las bombas
Las dos bombas arrojadas sobre Japón utilizaban principios físicos diferentes. Little Boy, la bomba de Hiroshima, era un dispositivo de tipo «cañón» basado en uranio-235: una masa subcrítica de uranio era disparada contra otra para alcanzar la masa crítica y desencadenar la reacción en cadena. Era un diseño relativamente sencillo pero extraordinariamente ineficiente: solo el 1,38% del uranio-235 reaccionó realmente. Fat Man, la de Nagasaki, utilizaba un diseño de implosión con plutonio-239: 32 detonadores convencionales comprimían simultáneamente una esfera de plutonio hasta alcanzar la densidad crítica. Era más complejo de fabricar pero más eficiente y potente: su rendimiento de 21 kilotones fue un 40% superior al de Little Boy.
En ambos casos, el mecanismo de destrucción era múltiple. La bola de fuego inicial, con temperaturas de varios millones de grados, vaporiza todo lo que existe en su radio inmediato. La onda expansiva, que viaja a velocidades supersónicas, derrumba edificios a kilómetros de distancia. La radiación térmica genera incendios masivos. Y la radiación ionizante —neutrones y rayos gamma— penetra los cuerpos causando daños celulares que se manifestarán como síndrome de radiación aguda en los días siguientes y como cánceres décadas después. En Hiroshima, el 69% del área construida de la ciudad quedó destruida. En Nagasaki, las colinas circundantes limitaron la destrucción a un 36% del área urbana.

Los hibakusha: las voces de los supervivientes
Los hibakusha —literalmente «personas afectadas por la bomba»— fueron durante décadas ciudadanos de segunda categoría en el propio Japón. Sufrían discriminación en el mercado laboral y en el matrimonio por el temor irracional al contagio de la radiación. El gobierno japonés tardó años en reconocerlos oficialmente y en proveer asistencia médica sistemática. Las consecuencias de salud a largo plazo fueron devastadoras: tasas de leucemia significativamente elevadas aparecieron entre 1950 y 1953; otros tipos de cáncer (tiroides, mama, pulmón, colon) aumentaron en las décadas siguientes. Los estudios de la Fundación de Investigación de Efectos de la Radiación, que ha seguido a los supervivientes desde 1950, constituyen hoy la base de conocimiento sobre los efectos de la radiación en el ser humano.
Entre los testimonios más conocidos destaca el de Setsuko Thurlow, que tenía 13 años el día del ataque y se convirtió en una de las voces más persistentes del movimiento antinuclear internacional. En 2017, representó a los hibakusha en la ceremonia de recepción del Premio Nobel de la Paz otorgado a la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN). «Cada arma nuclear que existe en el mundo es una amenaza permanente a la humanidad», declaró en Oslo, ochenta y dos años después de sobrevivir a Hiroshima.
La rendición de Japón y el fin de la guerra
La cronología exacta de la rendición japonesa sigue siendo objeto de debate histórico. El 9 de agosto de 1945, el mismo día que cayó la bomba sobre Nagasaki, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón conforme a lo acordado en Yalta y sus ejércitos invadieron Manchuria, aplastando al Ejército de Kwantung en días. El Consejo Supremo japonés estaba dividido entre los que querían rendirse y los militares que preferían la resistencia hasta la muerte. El 10 de agosto, el emperador Hirohito intervino personalmente y se declaró a favor de la rendición, rompiendo el empate en el Consejo Supremo.
El 15 de agosto de 1945, a mediodía en Japón, la voz del emperador Hirohito —nunca antes escuchada por el pueblo japonés— se transmitió por radio en un discurso que anunciaba la aceptación de la Declaración de Potsdam. El discurso, en un japonés arcaico y formal, no mencionó la palabra «rendición», sino que aludió a que «la situación de la guerra no ha evolucionado necesariamente en favor de Japón». La rendición formal fue firmada el 2 de septiembre de 1945 a bordo del acorazado USS Missouri en la bahía de Tokio, en presencia del general Douglas MacArthur. La Segunda Guerra Mundial había terminado oficialmente, seis años y un día después de que comenzara con la invasión alemana de Polonia.

Hiroshima y Nagasaki en cifras
No existe ni existirá una cifra exacta de víctimas. Los registros civiles ardieron con las ciudades, buena parte de la población flotante no estaba censada y las muertes por radiación se prolongaron durante décadas. Las horquillas que siguen distinguen entre el impacto inmediato y el balance a finales de 1945.
| Concepto | Hiroshima | Nagasaki |
|---|---|---|
| Fecha | 6 de agosto de 1945 | 9 de agosto de 1945 |
| Arma | Little Boy, uranio-235 | Fat Man, plutonio-239 |
| Potencia aproximada | Unos 15 kilotones | Unos 21 kilotones |
| Muertos en el acto o en días | 70.000-80.000 | 40.000-45.000 |
| Muertos a finales de 1945 | Unos 140.000 | Unos 74.000 |
| Superficie arrasada | Cerca del 70 % de la ciudad | Menor: el relieve montañoso contuvo la onda |
| Bombardero | Enola Gay, B-29 | Bockscar, B-29 |
| Japón anunció su rendición el 15 de agosto de 1945 | ||
Tres debates abiertos sobre las bombas atómicas
«Las bombas por sí solas forzaron la rendición»
Es la versión tradicional y sigue teniendo defensores sólidos, pero la historiografía reciente —Tsuyoshi Hasegawa a la cabeza— subraya que la Unión Soviética declaró la guerra a Japón el 8 de agosto e invadió Manchuria entre las dos bombas. Para parte del Consejo Supremo japonés, esa entrada eliminaba la última esperanza de una paz negociada con mediación soviética. El peso relativo de ambos factores sigue discutiéndose.
«Nagasaki era el objetivo previsto»
El objetivo principal del 9 de agosto era Kokura. La cobertura nubosa y el humo de un bombardeo previo impidieron el lanzamiento visual y el Bockscar, con problemas de combustible, se desvió al objetivo secundario. Nagasaki fue destruida por la meteorología de aquella mañana.
«Nadie sabía lo que haría la radiación»
Se conocían los efectos biológicos de la radiación desde los años veinte, aunque su alcance en una detonación real no estaba modelado. Lo que sí está documentado es que las autoridades de ocupación restringieron durante años la difusión de informes médicos sobre las víctimas, lo que retrasó la comprensión pública del fenómeno.
Preguntas frecuentes
¿Cuántas personas murieron en Hiroshima y Nagasaki?
Hacia finales de 1945 se calculan unos 140.000 muertos en Hiroshima y unos 74.000 en Nagasaki, sumando el impacto inmediato y las muertes posteriores por quemaduras y radiación. Las cifras siguen siendo estimaciones y varían según la fuente y el plazo considerado.
¿Por qué se eligieron esas dos ciudades?
Ambas conservaban un tejido urbano poco dañado por los bombardeos convencionales, lo que permitiría medir el efecto real del arma, y albergaban instalaciones militares e industriales. Kioto figuró en la lista inicial y fue retirada por su valor cultural.
¿Qué diferencia había entre las dos bombas?
Little Boy funcionaba por el método de cañón con uranio-235 y nunca se había probado antes de Hiroshima. Fat Man usaba implosión con plutonio-239, la misma tecnología ensayada en la prueba Trinity de julio de 1945 en Nuevo México.
¿Era necesario lanzar las bombas?
Es una de las cuestiones más debatidas del siglo XX y no hay consenso. Los defensores alegan que una invasión de Japón habría costado muchas más vidas de ambos bandos; los críticos sostienen que Japón ya buscaba salidas y que la entrada soviética habría bastado para precipitar la capitulación.
¿Se puede vivir hoy en Hiroshima y Nagasaki?
Sí, y ambas son ciudades plenamente habitadas desde hace décadas. Las detonaciones se produjeron en el aire, a varios centenares de metros de altura, lo que redujo enormemente la contaminación residual del suelo frente a lo que habría causado una explosión a ras de tierra.
Fuentes
- Hasegawa, Tsuyoshi, Racing the Enemy: Stalin, Truman and the Surrender of Japan, 2005.
- Rhodes, Richard, The Making of the Atomic Bomb, 1986.
- Hersey, John, Hiroshima, 1946.
- Frank, Richard B., Downfall: The End of the Imperial Japanese Empire, 1999.
- Ham, Paul, Hiroshima Nagasaki, 2011.