Entre agosto de 1942 y febrero de 1943, en una isla selvática y pantanosa del Pacífico Sur apenas conocida antes de la guerra, se libró una de las batallas más largas, más brutales y más decisivas de la Segunda Guerra Mundial. Guadalcanal, una isla de la cadena de las Salomón con una longitud de apenas 150 kilómetros, se convirtió en el escenario de seis meses de combates encarnizados en los que marines americanos, soldados del Ejército y marineros de ambos bandos murieron por decenas de miles. Fue aquí donde el avance japonés fue detenido definitivamente y donde comenzó la larga campaña de «salto de isla en isla» que llevaría a Estados Unidos hasta Tokio.
Por qué Guadalcanal: el aeródromo que lo cambió todo
En junio de 1942, los japoneses comenzaron a construir un aeródromo en la costa norte de Guadalcanal. Desde esa pista de aterrizaje, los aviones nipones podrían amenazar las rutas de suministro entre Estados Unidos y Australia, aislando al continente que se había convertido en la base de operaciones aliada en el Pacífico Sur. El alto mando americano comprendió que aquel aeródromo no podía completarse. El 7 de agosto de 1942, 11.000 marines del Cuerpo Anfibio de Estados Unidos desembarcaron en Guadalcanal e isla Tulagi en el primer asalto anfibio americano de la guerra. En dos días tomaron el aeródromo, que rebautizaron como Henderson Field en honor a un piloto caído en Midway.
Lo que nadie anticipaba era que aquella operación, planeada como un golpe rápido, se convertiría en una campaña de desgaste de seis meses en la que ambos bandos comprometieron recursos crecientes sin poder retirarse sin perder la cara estratégica. Japón no podía permitirse ceder el aeródromo; Estados Unidos no podía permitirse perderlo.
La selva como enemigo: la guerra terrestre
Los marines que desembarcaron encontraron un entorno hostil más allá de lo imaginable. La selva tropical de Guadalcanal era densa, húmeda y plagada de enfermedades. La malaria, la disentería y la fiebre del dengue diezmaron a ambos ejércitos con más eficacia que las balas enemigas. Durante los peores meses de la campaña, el 65% de los marines en la isla estaba enfermo. Las temperaturas superaban los 35 grados con una humedad aplastante, y la lluvia convertía el terreno en un lodazal en el que los vehículos se hundían hasta los ejes.
Los japoneses contraatacaron con fuerzas terrestres transportadas en la llamada «Expreso de Tokio», una cadena de destructores que cada noche bajaba por el «Pasillo» —el estrecho de agua entre las islas— descargando tropas y suministros. Los ataques japoneses nocturnos con gritos de guerra y cargas de bayoneta aterrorizaban a los marines inexpertos, pero la determinación y la potencia de fuego americana resistieron todos los asaltos. La batalla del Crespo de Edson en septiembre de 1942 fue especialmente crítica: 800 marines rechazaron los ataques de 2.500 soldados japoneses en una noche de combate cuerpo a cuerpo.
La guerra naval: batallas nocturnas en el Estrecho
Guadalcanal fue también el escenario de una serie de batallas navales nocturnas feroces que costaron a ambas marinas pérdidas enormes. En la Primera Batalla de las Islas Salomón, apenas un día después del desembarco, una fuerza de cruceros japoneses sorprendió y destruyó cuatro cruceros aliados con la pérdida de más de 1.000 hombres, en la peor derrota naval de la historia americana en combate. Los barcos hundidos eran tan numerosos que el estrecho entre Guadalcanal y la isla Florida fue apodado «Iron Bottom Sound» (Sonido del Fondo de Hierro).
En noviembre de 1942, la Batalla Naval de Guadalcanal fue el punto de inflexión naval de la campaña. En dos noches de combates nocturnos, la marina americana sufrió pérdidas severas —incluyendo dos almirantes muertos— pero logró hundir un acorazado japonés y destruir el convoy de tropas que debía reforzar la guarnición de la isla. A partir de ese momento, Japón no pudo enviar suficientes refuerzos para recuperar Henderson Field.
La evacuación japonesa y la victoria aliada
Para enero de 1943, la situación japonesa en Guadalcanal era desesperada. Las tropas estaban famélicas, enfermas y sin munición suficiente. El alto mando imperial tomó la difícil decisión de evacuar la isla, operación que llevaron a cabo entre el 1 y el 7 de febrero de 1943 con extraordinaria habilidad, rescatando a 10.652 soldados bajo las narices americanas sin que los aliados lo advirtieran hasta que fue demasiado tarde. El 9 de febrero de 1943, el general Alexander Patch anunció que Guadalcanal estaba asegurada.
El legado: el giro de la guerra en el Pacífico
Guadalcanal costó a Estados Unidos 7.100 muertos y 7.789 heridos en tierra, más las enormes pérdidas navales. Japón perdió aproximadamente 31.000 hombres, de los cuales casi la mitad murió de enfermedad y hambre en lugar de en combate, y docenas de barcos de todos los tipos. Pero las cifras no capturan el verdadero significado estratégico de la batalla.
Guadalcanal fue el primer territorio que Japón perdió desde el inicio de la guerra. Psicológicamente, demostró que el ejército japonés podía ser derrotado en tierra. Estratégicamente, agotó las reservas de pilotos navales experimentados que Japón había tardado años en formar —en las batallas aéreas sobre la isla murieron centenares de aviadores japoneses de élite irremplazables— e inauguró la estrategia americana de avance progresivo por las islas del Pacífico que llevaría, treinta y tres meses después, a las costas del Japón.
La guerra aérea sobre Henderson Field
El corazón de la batalla de Guadalcanal fue el aeródromo capturado a los japoneses y rebautizado como Henderson Field en honor al mayor Lofton Henderson, un piloto de Marines muerto en la Batalla de Midway en junio de 1942. Quien controlara Henderson Field controlaba Guadalcanal: los aviones que operaban desde él podían interceptar los refuerzos japoneses y apoyar a las tropas en tierra. Los japoneses lo bombardeaban casi todas las noches con artillería, bombarderos y los cañones de los barcos del «Expreso de Tokio». Los pilotos americanos que volaban desde Henderson Field —conocidos como la «Fuerza Cactus Aérea» por el nombre en clave de la operación— libraron unas 800 misiones de combate entre agosto de 1942 y febrero de 1943.
Las condiciones en Henderson Field eran primitivas al límite. La pista era de coral machacado que el menor aguacero —y llovía con frecuencia desesperante— convertía en un lodazal. Los mecánicos trabajaban a la intemperie, en calor sofocante, reparando aviones con piezas de repuesto que llegaban con cuentagotas. En el peor momento, la Fuerza Cactus Aérea operó con apenas media docena de aviones en condiciones de volar. Los pilotos eran rotados cuando podían, pero muchos volaron cien o más misiones de combate. La batalla aérea sobre Guadalcanal fue también una batalla de desgaste que costó a Japón centenares de pilotos experimentados que jamás pudieron ser reemplazados.

El papel de los marines y el código Navajo
Guadalcanal fue la primera gran operación anfibia del Cuerpo de Marines de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, y estableció los procedimientos y la doctrina que se aplicarían en todas las operaciones posteriores del Pacífico. Fue también en el Pacífico donde el ejército americano empleó por primera vez a los Transmisores Código Navajo, soldados nativos americanos de la nación Navajo que transmitían mensajes militares en su lengua materna, un código que los japoneses nunca lograron descifrar. Más de 400 Navajo sirvieron como transmisores código en el Pacífico a lo largo de la guerra; su contribución fue clasificada hasta 1968 y no recibió reconocimiento oficial hasta 2001, cuando el Congreso les otorgó la Medalla de Oro del Congreso.
Las lecciones estratégicas de Guadalcanal
La campaña de Guadalcanal estableció el patrón que caracterizaría todas las operaciones posteriores en el Pacífico: combinación de poder naval, aéreo y terrestre; logística como factor decisivo; y la determinación de que ningún objetivo tomado sería cedido. El almirante Chester Nimitz extrajo de Guadalcanal la conclusión de que la velocidad de construcción de bases aéreas y navales era tan importante como la potencia de combate. Los ingenieros navales (Seabees) que construyeron y mantuvieron Henderson Field bajo el fuego enemigo se convirtieron en un arma tan decisiva como los marines que protegían el perímetro.
El impacto humano: enfermedades y agotamiento
Las estadísticas de bajas en Guadalcanal revelan una verdad que los partes militares tendían a ocultar: en esta batalla, las enfermedades mataron y debilitaron más que las balas enemigas. La malaria fue el flagelo principal. El Plasmodium falciparum, la forma más peligrosa del parásito, causaba fiebres de hasta 41 grados, delirios y en casos graves la muerte. Para finales de 1942, prácticamente todos los marines en la isla habían contraído malaria al menos una vez. La quinina, el tratamiento estándar, escaseaba; la Atabrina, el sustituto sintético, tenía efectos secundarios que hacían que los soldados evitaran tomarla. El dicho entre los marines era: «Guadalcanal no se tomó, se conquistó centímetro a centímetro mientras la malaria nos comía por dentro».
A la malaria se sumaban la disentería, la fiebre del dengue, el pie de trinchera —causado por la humedad constante— y la desnutrición. Los suministros llegaban de forma irregular, y hubo períodos en que los marines subsistían con raciones de arroz capturadas a los japoneses. El peso promedio de un marine al final de la campaña era entre 8 y 15 kilogramos inferior al de su llegada. Estas condiciones extremas forjaron una camaradería y una dureza que los veteranos de Guadalcanal llevaron consigo el resto de sus vidas, y que muchos historiadores consideran el verdadero nacimiento del mito de los Marines modernos.