El día negro del ejército alemán
El 8 de agosto de 1918, a las 04:20 de la madrugada, sin bombardeo artillero previo, sin avisos, 580 tanques británicos y franceses emergieron de la niebla densa de Picardía y avanzaron sobre las líneas alemanas en Amiens. Detrás de ellos, las divisiones canadienses, australianas y británicas asaltaron las defensas alemanas con una coordinación nunca vista hasta entonces entre infantería, artillería, tanques y aviación. Al final del día habían avanzado 11 kilómetros y capturado a 17.000 prisioneros alemanes. El general Ludendorff escribiría más tarde en sus memorias que ese 8 de agosto fue «el día negro del ejército alemán». La Ofensiva de los Cien Días que terminaría con la Primera Guerra Mundial había comenzado.

La nueva sinergia: armas combinadas
La Ofensiva de los Cien Días representó el dominio aliado de lo que hoy llamamos guerra de armas combinadas. Por primera vez, los aliados coordinaban perfectamente infantería, artillería, tanques, aviación y comunicaciones. La artillería había aprendido a localizar baterías enemigas mediante mediciones de sonido y fotografías aéreas, destruyéndolas en el primer minuto del ataque. Los tanques rompían el alambre y las trincheras. La infantería avanzaba detrás. Los aviones rastreaban el avance, bombardeaban a las reservas alemanas y atacaban las líneas de comunicación.
Esta sinergia había sido visible parcialmente en Cambrai (1917) y en algunos ataques alemanes de 1918. Pero la sistematizó completamente el general Henry Rawlinson, comandante del 4.º Ejército británico, en Amiens. Sus tropas avanzaron 11 kilómetros el primer día. En toda la Tercera Batalla de Ypres habían avanzado 8 kilómetros en cuatro meses.
Foch y la coordinación aliada
El éxito de los Cien Días no se entendería sin Ferdinand Foch, nombrado comandante supremo aliado en abril de 1918 durante la crisis de la Ofensiva Michael. Foch era el opuesto del estereotipo del general francés: no era altanero, no buscaba la gloria personal, no se dedicaba a echar la culpa a otros. Era un coordinador brillante que entendía cómo combinar las fuerzas británicas, francesas, americanas, belgas y canadienses en operaciones simultáneas que mantuvieran a los alemanes presionados sin descanso a lo largo de todo el frente.

Avance sin pausa
Tras Amiens, las ofensivas se sucedieron sin pausa. Saint-Mihiel (12-15 septiembre) — la primera operación independiente americana — eliminó un saliente alemán. La Ofensiva del Mosa-Argonne (26 septiembre – 11 noviembre) movilizó a 1,2 millones de soldados americanos, la mayor operación militar de Estados Unidos hasta ese momento. La Cuarta Batalla de Ypres recuperó el terreno perdido en 1917. Los británicos rompieron la Línea Hindenburg, considerada inexpugnable, el 29 de septiembre.
El ejército alemán retrocedió de manera ordenada pero sin posibilidad de detener el avance. Las deserciones aumentaban. La moral colapsaba al darse cuenta los soldados alemanes de que estaban perdiendo. En octubre, los aliados de Alemania empezaron a colapsar: Bulgaria firmó la rendición el 29 de septiembre, el Imperio Otomano el 30 de octubre, Austria-Hungría el 3 de noviembre.
La revolución alemana y el armisticio
El 28 de octubre, los marineros de la Flota de Alta Mar alemana se amotinaron en Kiel cuando se les ordenó zarpar para una última batalla suicida contra la Royal Navy. El motín se extendió por toda Alemania. En pocos días, había soviets en las principales ciudades. El Kaiser Guillermo II abdicó el 9 de noviembre y huyó a los Países Bajos. Se proclamó la República en Berlín.
El 11 de noviembre de 1918, a las 11:00 de la mañana, en un vagón de tren en Compiègne, una delegación alemana firmó el Armisticio. La Gran Guerra había terminado. En los últimos cien días, las tropas aliadas habían capturado 385.000 soldados alemanes, 6.600 piezas de artillería y miles de toneladas de equipos. Las bajas aliadas habían sido enormes — más de 1 millón en este último periodo — pero la victoria era absoluta.
El legado
La Ofensiva de los Cien Días es una de las operaciones militares más exitosas de la historia y, paradójicamente, una de las menos recordadas. Eclipsada por las cifras inmensas de bajas en Verdún, el Somme y Passchendaele, su éxito decisivo merece más reconocimiento. Demostró que los aliados habían aprendido las lecciones tácticas y operativas de cuatro años de guerra, mientras que Alemania había agotado sus posibilidades. La sinergia de armas combinadas que se perfeccionó en estos cien días sería la base del arte militar durante todo el siglo XX.
El 8 de agosto de 1918: el «día negro del ejército alemán»
El mariscal Ludendorff llamaría al 8 de agosto de 1918 «el día negro del ejército alemán». Esa mañana, 456 tanques, 800 aviones y 14 divisiones de infantería aliadas —principalmente australianas y canadienses, las tropas de asalto de élite del frente occidental— atacaron por sorpresa en el sector de Amiens sin previo aviso artillero. En pocas horas habían avanzado hasta 14 kilómetros, capturado 13.000 prisioneros y destruido o capturado 330 cañones. Pero lo más significativo no fueron los kilómetros ganados sino el comportamiento de las tropas alemanas: por primera vez en la guerra, unidades enteras se rindieron sin combatir seriamente. Los refuerzos que llegaban al frente eran recibidos por los soldados que se retiraban con gritos de «Streikbrecher» (rompehuelgas). El ejército alemán había perdido la voluntad de seguir luchando.

La coordinación aliada: Foch como generalísimo
El mariscal Ferdinand Foch, nombrado generalísimo aliado en abril de 1918, fue el arquitecto de la Ofensiva de los Cien Días. Su estrategia fue un modelo de economía de fuerzas: en lugar de concentrar todos los recursos en un único ataque masivo —que el enemigo podría anticipar y reforzar—, Foch lanzó una serie de ofensivas sucesivas en diferentes sectores del frente. Cuando los alemanes trasladaban reservas para contener un ataque, él golpeaba en otro punto. El enemigo nunca podía descansar, nunca podía reconstituirse, nunca sabía dónde caería el siguiente golpe. Fue la primera vez en la guerra que el mando aliado usó su superioridad numérica con inteligencia estratégica genuina.
Los ejércitos americanos, belgas, franceses, británicos, australianos y canadienses atacaron en secuencia rápida: la Batalla de Amiens (agosto), la Batalla de la Línea Hindenburg (septiembre-octubre), la rotura del frente en múltiples puntos. Los alemanes retrocedían ordenadamente pero sin parar. Sus divisiones, que al inicio de la guerra contaban con 12.000 hombres, ahora tenían a veces menos de 3.000. Los reemplazos no llegaban. El sistema de transporte alemán, objetivo preferente de la aviación aliada, se desmoronaba.
El colapso del frente interno alemán
Mientras el frente se desmoronaba, el frente interno alemán —la sociedad civil— estaba en crisis terminal. Cuatro años de bloqueo naval británico habían causado escasez grave de alimentos: el «invierno de los nabos» de 1916-17 había matado de hambre a unas 700.000 personas. En 1918, la dieta media alemana era de apenas 1.000 calorías diarias. Las huelgas se multiplicaban. El movimiento obrero y los socialistas exigían la paz. La Revolución de Noviembre empezó el 3 de noviembre con el motín de los marineros de la flota en Kiel, que se negaron a zarpar para una última batalla suicida. Los consejos de obreros y soldados se formaron en toda Alemania. El 9 de noviembre, el kaiser Guillermo II abdicó y huyó a los Países Bajos. Se proclamó la república.
El legado: ¿quién ganó realmente la guerra?
La Ofensiva de los Cien Días es el período menos conocido de la Primera Guerra Mundial, eclipsado por los grandes desastres de 1916-17. Y sin embargo, fue el período en que los aliados aprendieron a ganar —a coordinar tanques, aviación, artillería e infantería de manera que produjo victorias reales y a un coste menor que en años anteriores. Las tácticas desarrolladas en los Cien Días —la combinación de armas, el ataque sin bombardeo previo, la explotación rápida de brechas— son los antecedentes directos de la Blitzkrieg de 1940 y de la doctrina de combate terrestre moderna. Los Cien Días demostraron que la guerra de posiciones no era un estado permanente sino una fase que podía ser superada con las tácticas y el material adecuados.
Los Cien Días en la historiografía: la victoria olvidada
La Ofensiva de los Cien Días es quizás el período más subestimado de toda la historia militar aliada. En Gran Bretaña, la memoria de la guerra quedó dominada por los desastres del Somme y Passchendaele; la victoria final fue opacada por el recuerdo del sufrimiento. En Australia y Canadá, en cambio, los Cien Días son objeto de orgullo nacional: las divisiones australianas y canadienses fueron las puntas de lanza de las ofensivas más brillantes y las que registraron los avances más espectaculares. El historiador canadiense J.L. Granatstein y el australiano Peter Pedersen han reivindicado el papel de sus respectivos ejércitos en los Cien Días como uno de los grandes logros militares de la guerra. Para el ejército alemán, el colapso final de los Cien Días alimentó la narrativa de que la derrota fue política —una «puñalada por la espalda»— más que militar. La realidad es que en noviembre de 1918 el ejército alemán estaba militarmente derrotado, aunque no desintegrado. La diferencia entre ambas interpretaciones tendría consecuencias fatales en los años siguientes.