PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Ofensivas de Primavera 1918: La Última Gran Apuesta Alemana en la Gran Guerra

La última apuesta de Alemania

El 21 de marzo de 1918, a las 04:40 de la madrugada, 6.600 cañones alemanes abrieron simultáneamente fuego sobre 60 kilómetros del frente británico en Picardía. Era el mayor bombardeo de la historia hasta ese momento. Cinco horas después, 76 divisiones alemanas — 750.000 hombres en total — avanzaban a través de la niebla matinal usando tácticas revolucionarias que romperían el frente aliado en cuestión de horas. Era el comienzo de las Ofensivas de Primavera (Kaiserschlacht, la «Batalla del Káiser»), la última gran apuesta de Alemania para ganar la Primera Guerra Mundial antes de que el peso americano se hiciera abrumador. Durante cuatro meses, parecería que iba a funcionar.

Ofensiva Primavera 1918
Las Ofensivas de Primavera de 1918 fueron el mayor avance alemán desde 1914. Imagen de dominio público.

La situación estratégica en 1918

En la primavera de 1918, Alemania tenía una oportunidad efímera. El Tratado de Brest-Litovsk había sacado a Rusia de la guerra, liberando 50 divisiones del frente oriental. Estados Unidos había declarado la guerra hacía un año pero apenas estaba empezando a enviar tropas en cantidades significativas — solo 300.000 soldados americanos había en Francia en marzo de 1918. Si Alemania podía atacar antes de que los americanos llegaran masivamente y antes de que el bloqueo británico colapsara su economía, todavía podía ganar.

El general Erich Ludendorff, virtual dictador militar de Alemania, diseñó cinco ofensivas sucesivas que se conocerían por sus criptónimos: Michael (marzo), Georgette (abril), Blücher-Yorck (mayo-junio), Gneisenau (junio) y Marne-Reims (julio). El objetivo era separar al ejército británico del francés y empujar a los británicos al mar.

Las nuevas tácticas: tropas de asalto

Las Ofensivas de Primavera emplearon por primera vez a gran escala las Tropas de Asalto (Sturmtruppen) alemanas, desarrolladas por el capitán Willy Rohr a partir de 1915. Eran unidades de élite especializadas en infiltración: avanzaban en grupos pequeños evitando los puntos fuertes defensivos, atacaban los puntos débiles, las cabeceras de mando y las baterías de artillería en la retaguardia. Sus armas eran ligeras y portátiles: subfusiles, lanzallamas, granadas. Mientras las Tropas de Asalto desorganizaban la defensa, la infantería convencional consolidaba el avance.

El bombardeo artillero, dirigido por el coronel Georg Bruchmüller, también era revolucionario. En lugar del bombardeo prolongado de varios días, era un huracán intenso de unas horas usando gas mostaza, gas fosgeno y proyectiles convencionales para neutralizar — no destruir — las posiciones enemigas, permitiendo el avance inmediato.

El éxito espectacular y el agotamiento

La Operación Michael fue un éxito asombroso. En la primera semana, los alemanes avanzaron 65 kilómetros — el mayor avance en el frente occidental desde 1914. El 5.º Ejército británico fue destrozado. Los alemanes recuperaron todo el territorio que habían perdido en el Somme con tantos sufrimientos. Las bajas aliadas — entre muertos, heridos y prisioneros — superaron las 250.000.

Pero el éxito alemán tenía problemas serios. Las tropas de asalto, agotadas y muy desgastadas, eran irremplazables. La infantería convencional no podía mantener el ritmo de avance. Las líneas de suministro se estiraron al límite. Y crucialmente, los aliados unificaron por primera vez su mando bajo el general francés Ferdinand Foch el 26 de marzo, lo que mejoró drásticamente la coordinación defensiva.

El agotamiento final y el colapso

Las ofensivas sucesivas — Georgette en Flandes, Blücher-Yorck en el Aisne (que llevó a los alemanes a 56 km de París), Gneisenau, Marne-Reims — fueron consiguiendo cada vez menos. Las Tropas de Asalto se diezmaban. Los soldados convencionales saqueaban los depósitos aliados capturados, descubriendo asombrados que los aliados tenían comida y vino en abundancia mientras Alemania pasaba hambre — un descubrimiento que destrozó la moral del ejército alemán.

Para julio de 1918, las Ofensivas de Primavera se habían agotado. Alemania había avanzado más territorio que en ningún otro momento desde 1914, pero había sufrido más de un millón de bajas en cuatro meses, había agotado sus reservas estratégicas, y había creado vulnerabilidades de flanco que los aliados aprovecharían. El 18 de julio, en la Segunda Batalla del Marne, los franceses contraatacaron con éxito. El 8 de agosto, con la Batalla de Amiens, comenzarían los «Cien Días» — la ofensiva final aliada que terminaría con la guerra.

El legado: una victoria pírrica

Las Ofensivas de Primavera son el ejemplo perfecto de victoria pírrica: éxitos tácticos brillantes que destruyeron a quien los lanzó. Alemania conquistó más territorio en 1918 que en cualquier otro momento de la guerra, pero a un coste que no podía sostener. Las tácticas de las Tropas de Asalto y del bombardeo de Bruchmüller serían estudiadas y perfeccionadas por todos los ejércitos durante el período de entreguerras — formando la base de las Panzerdivisionen alemanas, las fuerzas aerotransportadas, y todas las doctrinas modernas de movilidad.

Ludendorff había apostado todo a esa primera ofensiva. Cuando la apuesta falló, no quedaba ya nada. La derrota de Alemania, después de aquel agosto, era ya inevitable.

Las tácticas de los Stosstruppen: una revolución táctica

Lo que distinguió las Ofensivas de Primavera de todos los ataques anteriores de la guerra fue la nueva táctica de infiltración desarrollada por el general Oskar von Hutier en el frente oriental y perfeccionada por Erich Ludendorff para el frente occidental. En lugar del ataque frontal masivo precedido de días de bombardeo que anunciaba la posición y el momento del asalto, los alemanes usarían un bombardeo breve pero intensísimo —mezcla de gas y explosivos— seguido de oleadas de Stosstruppen (tropas de asalto) especialmente entrenadas para infiltrarse por las brechas, eludir los puntos de resistencia y penetrar profundamente en la retaguardia enemiga.

Los Stosstruppen llevaban equipamiento ligero —granadas, lanzallamas, fusiles automáticos, morteros portátiles— y tenían iniciativa táctica individual. No esperaban órdenes desde atrás: actuaban según la situación. Las posiciones que resistían eran dejadas atrás para que las siguientes oleadas las rodearan. Era exactamente la táctica opuesta a la que había caracterizado la guerra de trincheras, y resultó devastadoramente eficaz en las primeras semanas de la ofensiva.

Soldados alemanes durante la Ofensiva de Primavera de 1918, la última gran apuesta del Kaiser
Soldados alemanes durante la Ofensiva de Primavera de 1918, la última gran apuesta del Kaiser

La Operación Michael: el mayor avance desde 1914

La Operación Michael, lanzada el 21 de marzo de 1918, golpeó la unión entre los ejércitos británico y francés en el sector del Somme. En el primer día, los alemanes avanzaron entre 8 y 20 kilómetros —más de lo que los aliados habían conseguido en meses de ofensiva en el Somme o Passchendaele. El 5.º Ejército británico del general Gough colapsó. La crisis fue tan grave que los aliados crearon el mando unificado bajo el mariscal francés Ferdinand Foch para coordinar la defensa —algo que llevaban cuatro años sin conseguir. Los alemanes llegaron a estar a 80 kilómetros de París; el gobierno francés se preparó para evacuar la capital.

Por qué fracasó la ofensiva: el talón de Aquiles logístico

A pesar del éxito táctico inicial, la Ofensiva de Primavera fracasó por una razón fundamental: los Stosstruppen avanzaban más rápido de lo que podían ser abastecidos. Las líneas de suministro alemanas, diseñadas para la guerra de posiciones, no podían seguir el ritmo de un avance de decenas de kilómetros en pocos días. Peor aún: cuando los soldados alemanes penetraban en los depósitos aliados —repletos de comida, alcohol y material que los alemanes nunca habían visto después de años de bloqueo y escasez— muchas unidades paraban a saquear en lugar de continuar el avance. La disciplina se erosionó. Y los aliados, a diferencia de 1914, no cedieron.

Después de la Operación Michael vinieron la Operación Georgette en Flandes (abril), la Operación Gneisenau en el Aisne (mayo-junio) y otras ofensivas menores. Cada una consiguió avances tácticos pero ninguna logró el objetivo estratégico de romper definitivamente el frente aliado y rendir a Gran Bretaña o Francia. Para julio de 1918, los alemanes habían sufrido unas 688.000 bajas —incluyendo los mejores soldados de los Stosstruppen, irreemplazables. La reserva estratégica alemana estaba agotada. Y llegaron los americanos.

El significado histórico: la última apuesta del Imperio Alemán

Las Ofensivas de Primavera son el momento en que el Imperio Alemán jugó sus últimas cartas. Ludendorff sabía que si las ofensivas fracasaban, la superioridad creciente de los aliados —potenciada por los millones de soldados americanos que llegaban— haría inevitable la derrota. El gamble de 1918 estuvo más cerca del éxito de lo que la historiografía posterior ha reconocido: si la Operación Michael hubiera partido en dos el frente aliado, la guerra podría haber terminado de manera diferente. Pero no lo hizo. Y cuando los aliados lanzaron la Ofensiva de los Cien Días el 8 de agosto de 1918, un ejército alemán agotado y desmoralizado —que había consumido sus últimas reservas en la primavera— no pudo resistir.

Las Ofensivas de Primavera en la memoria militar alemana

Para los alemanes, las Ofensivas de Primavera de 1918 siempre han tenido un lugar ambivalente en la memoria histórica. Fueron el mayor éxito táctico alemán del frente occidental en toda la guerra, demostrando que el ejército imperial era capaz de innovación táctica brillante hasta el final. Pero también fueron el momento en que la derrota se volvió inevitable, porque revelaron la imposibilidad de compensar con ingenio táctico la superioridad material aliada. Para los soldados alemanes que participaron y sobrevivieron, la experiencia fue emocionalmente devastadora: habían avanzado como nunca antes, habían llegado a tocar la victoria, y sin embargo la guerra se había perdido. Esa sensación de victoria robada alimentaría la «leyenda de la puñalada por la espalda» que los nazis explotarían con tanta eficacia en los años siguientes.


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