PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Batalla de Verdún 1916: El Infierno que Sangró a Francia

El infierno que duró 300 días

Entre el 21 de febrero y el 18 de diciembre de 1916, en un sector de apenas 20 kilómetros cuadrados del noreste de Francia, dos ejércitos se destruyeron mutuamente durante 300 días en la batalla más larga de la Primera Guerra Mundial. La Batalla de Verdún fue diseñada deliberadamente por el alemán Falkenhayn no para conquistar territorio sino para «sangrar blanca a Francia»: forzarla a defender la ciudad sagrada de Verdún hasta el agotamiento total. El resultado fue una de las mayores catástrofes humanas de la historia: aproximadamente 700.000 bajas entre muertos y heridos, de ambos bandos, por un puñado de colinas y fuertes.

El concepto diabólico: sangrar al enemigo hasta la muerte

El general Erich von Falkenhayn, Jefe del Estado Mayor alemán, elaboró a finales de 1915 un memorándum —conocido como el «memorándum de Navidad»— que constituye uno de los documentos más escalofriantes de la historia militar. Su argumento era que Francia estaba al límite de sus fuerzas y que una ofensiva sobre Verdún la obligaría a comprometer todas sus reservas en la defensa de un punto que «por razones de honor» no podía abandonar. El objetivo no era tomar Verdún sino provocar una hemorragia de vidas francesas insostenible. «Las fuerzas de Francia sangrarán hasta morir», escribió.

Verdún era el objetivo perfecto para este propósito: una ciudad cuya historia simbólica para Francia la hacía indefendible psicológicamente, situada en un saliente del frente fácilmente bombardeable desde tres lados, y defendida por un sistema de fuertes que los propios franceses habían desguarnecido en 1915 al trasladar sus cañones a otros sectores. Era una trampa perfecta.

Soldados en la Batalla de Verdún, 1916
Soldados en la Batalla de Verdún, 1916

El 21 de febrero de 1916: la tormenta de fuego

El ataque alemán comenzó el 21 de febrero de 1916 con el mayor bombardeo artillero de la historia hasta ese momento: más de 1.200 cañones dispararon durante nueve horas sobre un frente de apenas 8 kilómetros, en lo que los supervivientes describieron como un «terremoto continuo». El Fort Douaumont, el mayor fuerte de Verdún, fue capturado el 25 de febrero prácticamente sin combate —había sido desguarnecido— por un pequeño grupo de soldados alemanes. La noticia causó pánico en Francia: si Douaumont había caído, ¿podría resistir Verdún?

El gobierno francés envió al general Philippe Pétain a organizar la defensa. «¡Os salvaré!», prometió Pétain a sus soldados. Su primera medida fue organizar la Voie Sacrée —la Vía Sagrada—: la única carretera que unía Verdún con la retaguardia, por la que debían fluir continuamente hombres, municiones y suministros. Durante los meses siguientes, un camión pasaba por la Voie Sacrée cada 14 segundos, día y noche. El sistema de rotación de Pétain, que pasaba sistemáticamente las unidades por el frente de Verdún y las relevaba antes de su destrucción total, fue fundamental para la supervivencia francesa: al final de la batalla, el 70% del ejército francés había pasado por Verdún.

El infierno del Mort Homme y la Cota 304

La batalla se extendió a ambos lados del Mosa cuando los alemanes comprendieron que la artillería francesa en la orilla occidental enfilaba sus posiciones de ataque. El Mort Homme (Muerto Hombre) y la Cota 304 —colinas en la orilla occidental— fueron escenarios de combates tan encarnizados como los del propio Douaumont. Los nombres que los soldados daban a los lugares reflejaban la naturaleza de la experiencia: el Abrevadero de la Muerte, el Horno, el Calvario.

Las condiciones en Verdún eran las peores de toda la guerra. El suelo, removido por millones de obuses, se convirtió en un paisaje lunar de cráteres inundados donde los muertos se mezclaban con el barro y los vivos. Los gases venenosos —fosgeno y cloropicrina además del cloro— se acumulaban en los cráteres y mataban de manera aleatoria a horas del combate. La artillería era tan densa y tan continua que los soldados se volvían sordos, ciegos o enloquecían. Los médicos documentaron una nueva condición: el shock de artillería (shell shock), que hoy reconoceríamos como trastorno de estrés postraumático.

La batalla dentro de la batalla: Fort Vaux

El Fort Vaux, asediado desde marzo de 1916, resistió hasta el 7 de junio en una de las defensas más heroicas de toda la guerra. El comandante francés, el comandante Sylvain-Eugène Raynal, organizó la defensa con apenas 600 hombres contra miles de alemanes que intentaban penetrar por los túneles y galerías del fuerte. Durante días, el combate se desarrolló en la oscuridad total de los corredores subterráneos, a base de granadas de mano, lanzallamas y combate cuerpo a cuerpo. Cuando Raynal se rindió finalmente, por falta de agua más que de municiones —los alemanes le habían cortado el suministro—, el comandante alemán le devolvió su espada en señal de respeto por la defensa.

Soldados en la Batalla de Verdún, 1916
Soldados en la Batalla de Verdún, 1916

La contraofensiva francesa y la recuperación de los fuertes

En agosto de 1916, con la batalla del Somme aliviando la presión alemana, los franceses lanzaron su contraofensiva. El general Robert Nivelle, sucesor de Pétain al frente de la defensa de Verdún, recapturó el Fort Douaumont el 24 de octubre de 1916 en una operación brillante que combinó un breve pero intensísimo bombardeo con un asalto rápido. Fort Vaux fue recuperado el 2 de noviembre. En diciembre, cuando la batalla terminó, el frente había vuelto prácticamente a donde estaba en febrero. Diez meses de horror, 700.000 bajas, por nada.

Las cifras del horror y el legado de Verdún

Las estadísticas de Verdún son casi incomprensibles. En los 300 días de batalla, se dispararon aproximadamente 60 millones de proyectiles en el sector —una media de 6 obuses por metro cuadrado de terreno. Los muertos nunca fueron completamente recuperados: se estima que los restos de entre 100.000 y 150.000 soldados siguen enterrados en el suelo de Verdún. El Osario de Douaumont, inaugurado en 1932, contiene los restos de 130.000 soldados no identificados, franceses y alemanes. A través de sus ventanas de cristal se pueden ver todavía hoy los huesos apilados.

Verdún marcó a Francia de una manera que aún persiste. La generación que sobrevivió —incluyendo al propio Pétain— estaba tan traumatizada por la experiencia que la Francia de los años 30 era psicológicamente incapaz de contemplar otra guerra de desgaste similar. Esa aversión al combate contribuyó directamente a la política de apaciguamiento ante Hitler y a la rápida derrota de 1940. La lección de Verdún fue aprendida, pero aprendida mal: en lugar de concluir que había que combatir de manera diferente, muchos franceses concluyeron que había que evitar la guerra a cualquier precio. Falkenhayn había conseguido su objetivo, aunque Alemania perdiera la guerra: había sangrado blanca a la Francia como nación durante una generación.

La artillería como protagonista: el dios de la guerra moderno

Verdún fue, más que cualquier otra batalla de la Primera Guerra Mundial, la batalla de la artillería. Se estima que el 70% de las bajas en Verdún fueron causadas por proyectiles de artillería —no por balas de fusil, ametralladoras ni gases, sino por los obuses que caían continuamente durante meses sobre el mismo suelo destrozado. En los peores momentos de la batalla, ambos lados lanzaban en conjunto más de 100.000 proyectiles al día sobre el sector de Verdún, una media de un impacto por metro cuadrado cada pocas horas. El paisaje resultante —una luna de cráteres superpuestos, sin un árbol en pie, con el suelo impregnado de sangre y restos humanos— es lo que los supervivientes describieron una y otra vez como el verdadero infierno.

Las innovaciones técnicas de artillería desarrolladas o perfeccionadas en Verdún —la artillería de contrabatería guiada por aviones de observación, el fuego de barrera rodante (creeping barrage) que acompañaba el avance de infantería, el uso masivo de gas mezclado con proyectiles explosivos— transformaron la forma en que todos los ejércitos del mundo entendían y empleaban la artillería, y siguen siendo la base de la doctrina artillera moderna.

Verdún hoy: un paisaje que no olvida

El sector de Verdún es hoy una de las zonas más singulares de Europa. La Zone Rouge —la «Zona Roja»— comprende decenas de kilómetros cuadrados donde la tierra sigue tan contaminada de restos de proyectiles sin explotar, fragmentos de metralla, alambre de espino y restos humanos que no puede ser habitada ni cultivada. Cada año, los agricultores de las zonas circundantes recogen toneladas de metralla en sus campos —la «cosecha del hierro»— y ocasionalmente algún proyectil sin explotar mata a alguien. Se estima que a este ritmo, Verdún no estará completamente descontaminada hasta el siglo XXIII. La guerra de 1916 seguirá matando durante doscientos años más.

El impacto en la literatura y la memoria francesa

Ninguna batalla ha dejado una huella más profunda en la literatura y la identidad nacional francesa que Verdún. El escritor Henri Barbusse, veterano de la guerra, publicó en 1916 —mientras la batalla aún rugía— la novela Le Feu (El Fuego), una descripción cruda y sin adornos de la vida en las trincheras que ganó el Premio Goncourt y fue el primer gran testimonio literario de la guerra moderna. Maurice Genevoix, oficial de infantería gravemente herido en el Marne, escribió sus memorias de guerra en cinco volúmenes que se convirtieron en documentos fundamentales de la experiencia francesa. En 2020, cien años después del armisticio, Genevoix fue transferido al Panteón de París junto a los Soldados Desconocidos de todas las guerras francesas. Verdún no es solo historia para Francia: es identidad, trauma y orgullo entrelazados de una manera que ninguna otra batalla puede igualar.


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