El día más sangriento de la historia militar británica
El 1 de julio de 1916, a las 7:30 de la mañana, miles de soldados británicos y canadienses salieron de sus trincheras y avanzaron a paso lento hacia las líneas alemanas en el valle del río Somme, en el norte de Francia. Habían pasado siete días de bombardeo artillero masivo sobre las posiciones alemanas. Sus comandantes les habían asegurado que las defensas enemigas estarían destruidas y que el avance sería relativamente sencillo. Se equivocaron.
Los alemanes habían sobrevivido al bombardeo en profundos búnkeres subterráneos. Cuando cesó el fuego artillero, subieron rápidamente y colocaron sus ametralladoras. Las oleadas de infantería aliada, avanzando en formación ordenada a través de tierra de nadie, cayeron en miles. Al final del día, el ejército británico había sufrido 57.470 bajas, de las cuales 19.240 eran muertos. Fue el día más sangriento de la historia militar británica.

El contexto estratégico: aliviar Verdún
La Batalla del Somme no fue el resultado de una estrategia ofensiva cuidadosamente planeada. Fue, en gran medida, una respuesta de emergencia a la catastrófica situación en Verdún. Desde febrero de 1916, el ejército francés se estaba desangrando defendiendo esa ciudad. El comandante francés, general Joseph Joffre, presionó a los británicos para que lanzaran una ofensiva en el Somme que obligara a Alemania a retirar tropas del frente de Verdún.
El comandante británico, general Douglas Haig, accedió aunque con dudas sobre el calendario. El ataque se fijó para el 1 de julio de 1916, en un sector donde las defensas alemanas llevaban casi dos años consolidándose en profundidad. Había fortines subterráneos de hasta 12 metros de profundidad, completamente a salvo del bombardeo artillero.
La falacia del bombardeo artillero
La doctrina militar aliada de 1916 asumía que una semana de bombardeo masivo destruiría completamente las defensas alemanas. Para el Somme se preparó el mayor despliegue artillero que los británicos habían organizado hasta entonces: 1.537 cañones disparando durante siete días, más de 1,5 millones de proyectiles. Los soldados fueron informados de que simplemente tendrían que caminar hacia las posiciones enemigas y ocuparlas.
El problema era múltiple. Muchos de los proyectiles eran defectuosos y no explotaban. La artillería pesada necesaria para destruir los búnkeres profundos era escasa. Y cuando el bombardeo terminó — señal inequívoca de que el ataque de infantería era inminente — los alemanes salieron de sus refugios subterráneos con sus ametralladoras y esperaron.
La batalla continúa: cuatro meses y medio de combate
A pesar del desastre del primer día, la batalla no se interrumpió. Continuó durante cuatro meses y medio, hasta el 18 de noviembre de 1916. Las razones eran las mismas que en Verdún: detener la ofensiva supondría admitir que las enormes pérdidas habían sido en vano, lo que ningún comandante ni ningún gobierno podía permitirse políticamente.
En septiembre, los británicos emplearon por primera vez un arma nueva: el tanque. Los primeros modelos Mark I eran lentos, poco fiables y fácilmente averiados, pero su aparición causó pánico entre los soldados alemanes que los vieron por primera vez. Churchill, que había impulsado su desarrollo, criticaría a Haig por haberlos desplegado demasiado pronto, con tan pocos ejemplares, antes de poder usarlos masivamente y con efecto sorpresa total.

El balance final: un millón de bajas
Cuando la batalla terminó en noviembre de 1916, el saldo era devastador. Las fuerzas aliadas habían avanzado un máximo de 12 kilómetros en algunos sectores. El coste: aproximadamente 623.000 bajas aliadas (británicas, canadienses, australianas, neozelandesas, sudafricanas y francesas) y unos 465.000 alemanas, para un total superior al millón de bajas en cuatro meses.
El general Haig sería denominado por sus críticos «el carnicero del Somme» y la polémica sobre sus decisiones tácticas persiste hasta hoy. Sus defensores argumentan que el Somme logró su objetivo estratégico: alivió la presión sobre Verdún y desgastó al ejército alemán hasta el punto de que nunca volvió a tener la iniciativa ofensiva. Sus detractores señalan que el coste humano fue completamente desproporcionado a los resultados obtenidos.
El legado cultural: una herida nacional
En el Reino Unido, el Somme ocupa un lugar único en la memoria colectiva. La magnitud de las pérdidas del primer día — pueblos enteros que habían enviado a sus hombres juntos en los llamados Pals Battalions (batallones de amigos) quedaron diezmados de golpe — dejó una huella traumática que ninguna familia de las islas Británicas pudo evitar. El impacto psicológico fue tan profundo que algunos historiadores lo identifican como el momento en que la fe británica en sus instituciones militares y políticas comenzó a erosionarse irreversiblemente.
El Somme también influyó profundamente en la literatura y la poesía de guerra. Escritores como Siegfried Sassoon, Wilfred Owen y Robert Graves, que combatieron en ese frente, produjeron algunas de las obras más devastadoras sobre la experiencia de la guerra moderna. Sus poemas y memorias contribuyeron a forjar la imagen de la Primera Guerra Mundial como un sacrificio absurdo ordenado por generales incompetentes, una imagen que, aunque simplificada, captura algo de la realidad de lo que ocurrió en el Somme.