PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Batalla del Somme 1916: El Día más Sangriento de la Historia Británica

El día más sangriento de la historia militar británica

El 1 de julio de 1916, a las 7:30 de la mañana, miles de soldados británicos salieron de sus trincheras en el río Somme, en el norte de Francia, y caminaron —literalmente caminaron, con sus 30 kilos de equipo— hacia las líneas alemanas. En ese primer día, el ejército británico sufrió 57.470 bajas, de las cuales 19.240 eran muertos. Fue el día más sangriento en la historia de las armas británicas, y uno de los más sangrientos de toda la historia militar universal. Había comenzado la Batalla del Somme, que se prolongaría 141 días más.

El contexto estratégico: aliviar Verdún

La Batalla del Somme no nació de una genialidad táctica sino de una necesidad desesperada. Desde febrero de 1916, el ejército francés estaba siendo desangrado en la Batalla de Verdún, donde el general alemán Falkenhayn había lanzado una ofensiva diseñada específicamente para «sangrar blanca a Francia». El generalísimo francés Joseph Joffre presionó a los británicos para que lanzaran una ofensiva que obligara a Alemania a desviar divisiones de Verdún. El general británico Sir Douglas Haig eligió el Somme como escenario.

El plan original preveía una participación francesa mayoritaria, pero los sangrientos meses de Verdún habían diezmado la capacidad ofensiva francesa. Los británicos, que llevaban apenas dos años construyendo su ejército de masas —el «Ejército de Kitchener», formado por voluntarios civiles en 1914-15— tuvieron que asumir el peso principal de la ofensiva, a pesar de su relativa inexperiencia.

Soldados británicos saltando de las trincheras en el primer día de la Batalla del Somme, 1 de julio de 1916
Soldados británicos saltando de las trincheras en el primer día de la Batalla del Somme, 1 de julio de 1916

La preparación: siete días de bombardeo que no sirvieron de nada

Durante siete días previos al asalto, más de 1.500 cañones británicos dispararon 1,5 millones de obuses sobre las posiciones alemanas. El mando británico confió en que el bombardeo destruiría el alambre de espino, taparía los cañones alemanes y aniquilaría a los defensores en sus trincheras. Los soldados recibieron instrucciones de avanzar lentamente, «a paso de marcha», porque no quedaría nadie vivo al otro lado para detenerlos.

Pero el bombardeo fue un fracaso. Gran parte de los obuses eran de fabricación apresurada y resultaron ser duds —bombas que no explotaban—. Los alemanes, que llevaban dos años construyendo sus defensas en el Somme, habían excavado búnkeres de hormigón de hasta 12 metros de profundidad que resistieron el bombardeo. El alambre de espino apenas fue cortado. Cuando cesó el fuego y los británicos comenzaron a avanzar, los soldados alemanes salieron de sus refugios, montaron sus ametralladoras MG 08 y esperaron.

El primer día: la matanza

El resultado fue una masacre sistemática. Las ametralladoras alemanas segaban a los soldados británicos que avanzaban en oleadas ordenadas a través de la tierra de nadie. En algunos sectores, batallones enteros fueron aniquilados antes de llegar a la primera línea alemana. El Batallón de Accrington Pals —formado por voluntarios de la misma ciudad de Accrington, Lancashire— sufrió 585 bajas de 700 hombres en los primeros 20 minutos. El 1.º Batallón de Newfoundland perdió el 90% de sus efectivos. Ciudades y pueblos de toda Gran Bretaña recibieron ese día y los siguientes los telegramas que comunicaban la muerte de centenares de sus jóvenes.

Solo en el sector sur, donde las tropas atacaron a las 7:30 con el sol a sus espaldas deslumbrando a los defensores alemanes, y donde los franceses atacaron a las 9:30 con tácticas más sofisticadas, hubo avances significativos. El contraste con el desastre del sector norte fue brutal y subrayó los errores tácticos del mando británico.

El general sir Douglas Haig, comandante de las fuerzas británicas en el Somme, 1916
El general sir Douglas Haig, comandante de las fuerzas británicas en el Somme, 1916

141 días: la batalla que no terminaba

A pesar del desastre del primer día, Haig continuó la batalla hasta noviembre de 1916. Las razones fueron militarmente comprensibles aunque humanamente devastadoras: Verdún seguía resistiendo, y era esencial mantener la presión sobre Alemania. A lo largo del verano y otoño de 1916, la batalla avanzó kilómetros —no los cientos prometidos— con pérdidas enormes en cada sector. El 15 de septiembre de 1916, los británicos emplearon por primera vez en la historia los tanques Mark I en combate, en el sector de Flers-Courcelette. Solo 25 de los 49 desplegados llegaron a las líneas alemanas, pero su efecto psicológico fue significativo.

Cuando la batalla terminó el 18 de noviembre de 1916, los aliados habían avanzado un máximo de 12 kilómetros en el punto más profundo. Las bajas totales fueron devastadoras: aproximadamente 420.000 británicos, 200.000 franceses y 465.000 alemanes entre muertos, heridos y desaparecidos. En total, más de un millón de bajas en 141 días por un puñado de kilómetros de barro. Verdún, para cuyo alivio se había lanzado la batalla, había costado otros 700.000 hombres a ambos bandos.

La polémica sobre Haig: ¿asesino o estratega?

El general Douglas Haig es la figura más controvertida de la historia militar británica. Sus críticos —y son muchos— señalan que continuó enviando hombres a la muerte incluso cuando quedó claro que la táctica no funcionaba, que subestimó al enemigo y sobreestimó el efecto del bombardeo, y que su distancia del frente real le impidió comprender lo que ocurría. El poeta Siegfried Sassoon, veterano del Somme, escribió en su «Declaración de Soldado» que la guerra se prolongaba por la «obstinación inflexible» del mando.

Sus defensores argumentan que Haig operaba dentro de los límites tecnológicos y doctrinales de su época, que la batalla sí alivió Verdún y causó pérdidas insostenibles a Alemania, y que el ejército alemán nunca se recuperó plenamente del Somme. La realidad es probablemente más matizada: Haig no era un monstruo pero tampoco un genio, y el sistema que produjo el primer día del Somme —una táctica rígida aplicada mecánicamente por un mando que no comprendía la naturaleza de la guerra de trincheras— fue un fracaso colectivo, no individual.

El legado literario y cultural del Somme

Ninguna batalla de la historia ha generado una literatura más rica ni ha marcado más profundamente la cultura de un país que el Somme en Gran Bretaña. El poeta Wilfred Owen, que murió en el frente una semana antes del armisticio de 1918, escribió Dulce et Decorum Est —el poema antibelicista más famoso de la lengua inglesa— inspirado en las experiencias de la guerra de trincheras. J.R.R. Tolkien combatió en el Somme y sus experiencias en la batalla influyeron directamente en la descripción de los Campos de los Muertos y las Tierras Desoladas de El Señor de los Anillos. El Somme cambió para siempre la manera en que la cultura anglosajona contempla la guerra: de aventura heroica a tragedia insensata.

Hoy, el Memorial de Thiepval —inaugurado en 1932— lleva grabados los nombres de 72.195 soldados británicos y sudafricanos desaparecidos en el Somme cuyos cuerpos nunca fueron encontrados. Es el mayor monumento conmemorativo británico en el mundo. Cada año, el 1 de julio, delegaciones de todo el Reino Unido y la Commonwealth se reúnen allí para recordar el día más sangriento de la historia militar de la nación.

El Somme y el nacimiento de la conciencia antibelicista moderna

La Batalla del Somme fue el momento en que la guerra perdió para siempre en la cultura anglosajona su halo romántico. Los 57.470 muertos y heridos del primer día no eran soldados profesionales anónimos: eran los hijos, hermanos y novios de familias de toda Gran Bretaña, que habían respondido al llamamiento de Lord Kitchener en 1914 con un patriotismo voluntario y entusiasta. Los «Pals Battalions» —batallones formados por amigos, vecinos y compañeros de trabajo de la misma ciudad— significaron que cuando una unidad era diezmada, una ciudad entera perdía en un día a toda una generación de sus hombres jóvenes. Accrington, Bradford, Sheffield, Newcastle: cada ciudad tiene su historia de duelo colectivo del 1 de julio de 1916.

La poesía de guerra producida por los soldados que combatieron en el Somme —Siegfried Sassoon, Wilfred Owen, Robert Graves— es el corpus literario más poderoso jamás producido sobre la guerra moderna, y sigue siendo lectura obligatoria en los colegios británicos. Estas obras no glorifican la guerra: la denuncian, la lamentan, la critican con una fuerza moral que ninguna propaganda pudo neutralizar. El Somme creó la conciencia antibelicista que definiría la política exterior británica en los años 20 y 30, y que —con su exceso de pacifismo— contribuyó a la política de apaciguamiento que facilitó el ascenso de Hitler. La historia tiene sus ironías: los muertos del Somme contribuyeron, sin quererlo, a crear las condiciones para la Segunda Guerra Mundial.

El Somme en el cine y los medios: la batalla que no se puede olvidar

El Somme ha sido objeto de varias adaptaciones cinematográficas y documentales notables. El documental británico The Battle of the Somme (1916), filmado durante la propia batalla por los camarógrafos Geoffrey Malins y John McDowell, fue visto por más de 20 millones de personas en los primeros meses de su estreno y sigue siendo el documento fílmico más importante de la Primera Guerra Mundial. En él se pueden ver los preparativos del ataque, los heridos que regresan y —en una escena particularmente impactante— lo que parece ser la muerte de un soldado. La serie televisiva británica Blackadder Goes Forth (1989) abordó el conflicto con una combinación única de humor negro y tragedia genuina que ha configurado la percepción popular británica de la guerra de trincheras para varias generaciones. El Somme no es historia lejana en Gran Bretaña: es parte del tejido cultural del país, tan presente como cualquier acontecimiento de la vida contemporánea.


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