La guerra de los Alpes
Mientras el frente occidental se hundía en el barro de Flandes y el frente oriental se extendía sobre las estepas rusas, en los Alpes italianos se libraba una guerra completamente diferente: una guerra en altitudes de hasta 3.800 metros, donde el frío, las avalanchas y el mal de altura mataban tanto como las balas. El frente italiano — extendido a lo largo de 600 kilómetros desde los Alpes Suizos hasta el Adriático — fue durante tres años el lugar donde Italia se desangró luchando contra Austria-Hungría. Y el punto culminante de esa guerra de montaña fue la Batalla de Caporetto, en octubre de 1917: el peor desastre militar de Italia en su historia moderna, un colapso tan devastador que dio nombre genérico a cualquier derrota humillante («hacer un Caporetto»).
Italia entra en la guerra
Italia había sido aliada de Alemania y Austria-Hungría desde 1882 (la Triple Alianza), pero declaró su neutralidad al estallar la guerra en 1914 alegando que la alianza era defensiva. En realidad, Italia estaba en venta al mejor postor. En el Tratado de Londres de abril de 1915, los aliados ofrecieron a Italia territorios austriacos en el Tirol del Sur, Trieste, Istria y partes de Dalmacia a cambio de entrar en la guerra. Italia aceptó. El 23 de mayo de 1915 declaró la guerra a Austria-Hungría.
El alto mando italiano, dirigido por el general Luigi Cadorna, era convencional y rígido. La estrategia consistió en lanzar ataques frontales sucesivos contra las posiciones austriacas en el río Isonzo (actual Soča, en Eslovenia). Entre junio de 1915 y septiembre de 1917 se libraron once batallas del Isonzo, ofensivas casi idénticas que conseguían avances mínimos a costa de cientos de miles de bajas. Cadorna se ganó fama de «carnicero» y de fusilar a sus propios soldados por las más mínimas faltas disciplinarias.
El refuerzo alemán y la sorpresa de Caporetto
En 1917, el alto mando alemán decidió ayudar a su aliado austriaco. Envió siete divisiones alemanas al frente italiano, incluida la temible 14.ª División Bávara comandada por el coronel Erwin Rommel — el futuro Zorro del Desierto. Los alemanes trajeron las nuevas tácticas de infiltración: tropas de asalto (Sturmtruppen), bombardeo artillero de saturación con gas, ataques sorpresa al amanecer.
El 24 de octubre de 1917 a las 02:00 de la madrugada, en el pueblo de Caporetto (actual Kobarid, Eslovenia), comenzó el bombardeo. Una mezcla de gas venenoso y proyectiles convencionales aturdieron a las tropas italianas del 2.º Ejército. A las 08:00 atacaron las tropas de asalto germánicas e infiltraron las líneas italianas. En cuestión de horas, secciones enteras del frente colapsaron.
El colapso
Lo que comenzó como una ruptura local se transformó en colapso general. Las tropas italianas, agotadas por dos años de ofensivas inútiles, mal dirigidas, mal alimentadas, simplemente se desintegraron. Unidades enteras se rindieron sin combatir. Otras huyeron hacia retaguardia. En pocos días, los austro-alemanes avanzaron 130 kilómetros — el avance más grande del frente occidental desde 1914. Italia perdió aproximadamente 13.000 muertos, 30.000 heridos, 265.000 prisioneros y 350.000 desertores. Casi 3.000 piezas de artillería se perdieron.
El ejército italiano se replegó hasta el río Piave, apenas a 30 kilómetros de Venecia. Solo allí, con refuerzos británicos y franceses urgentemente enviados al frente, lograron estabilizar las líneas. Cadorna fue destituido y reemplazado por el general Armando Diaz, mucho más capaz.
El joven Ernest Hemingway
Un joven americano de 18 años llamado Ernest Hemingway sirvió como conductor de ambulancia voluntario en el frente italiano en 1918, fue herido por mortero austriaco, y volvió a Estados Unidos con experiencias que serían la base de su novela Adiós a las armas (1929) — una de las grandes obras sobre la Primera Guerra Mundial. Su descripción de la retirada italiana tras Caporetto es uno de los grandes momentos de la literatura del siglo XX.
El final: Vittorio Veneto
Un año después de Caporetto, la situación se había invertido completamente. El ejército italiano, reorganizado por Diaz, lanzó la Batalla de Vittorio Veneto en octubre de 1918. Las tropas austrohúngaras, mal alimentadas tras años de bloqueo y conscientes del colapso del imperio multiétnico que las sostenía, se rindieron en masa. Austria-Hungría firmó el armisticio el 3 de noviembre de 1918, ocho días antes que Alemania.
Italia ganó la guerra y obtuvo la mayor parte de los territorios prometidos en 1915. Pero el coste humano había sido devastador: 650.000 muertos italianos, 950.000 heridos, 600.000 prisioneros. La sensación de que la «victoria mutilada» no había compensado tantos sacrificios alimentaría el descontento social y político que daría a Benito Mussolini el poder en 1922. Caporetto se convirtió en un símbolo nacional de humillación que el fascismo prometería redimir — con consecuencias catastróficas.
El frente italiano: dos años de sangre en el Isonzo
Para entender Caporetto hay que conocer el contexto del frente italiano. Italia había entrado en la guerra en mayo de 1915 del lado aliado, atraída por las promesas territoriales del Tratado de Londres —Trieste, Istria, Dalmacia. El frente se estableció a lo largo del río Isonzo, en el noreste del país, donde el terreno montañoso y el río en sí creaban barreras naturales formidables. Entre junio de 1915 y septiembre de 1917, el general Luigi Cadorna lanzó once batallas sucesivas del Isonzo —once intentos de ruptura en el mismo sector, con métodos casi idénticos y resultados igualmente sangrientos. Las bajas italianas en esas once batallas superaron los 300.000 muertos y más de un millón de heridos. El avance total fue de pocos kilómetros.

La decisión alemana: reforzar a Austria con las tácticas de Hutier
En el otoño de 1917, Austria-Hungría, al borde del colapso tras la Batalla de la Meseta de Bainsizza (11.ª batalla del Isonzo, agosto 1917), pidió urgentemente ayuda a Alemania. Ludendorff decidió enviar siete divisiones alemanas de élite al frente italiano, incluyendo tropas especializadas en las nuevas tácticas de infiltración de Stosstruppen. El teniente coronel Erwin Rommel —el futuro «Zorro del Desierto»— comandaría el Batallón de Infantería de Montaña Würtemberg en el ataque y se distinguiría por una serie de maniobras brillantes que le valieron la Pour le Mérite.
El plan era audaz: atacar exactamente en el punto donde los italianos menos esperaban, en el sector de Caporetto (hoy Kobarid, en Eslovenia), usando las nuevas tácticas de gas y Stosstruppen que habían demostrado su eficacia en el frente oriental. El ataque comenzó el 24 de octubre de 1917 con un bombardeo mixto de gas y explosivos que desorganizó las defensas italianas. Los Stosstruppen se infiltraron por las brechas, evitando los puntos de resistencia y penetrando profundamente en la retaguardia. El frente italiano se derrumbó.
El colapso: de la derrota táctica al desastre estratégico
La velocidad del colapso italiano en Caporetto sorprendió a todos, incluidos los propios atacantes. En pocas horas, el 2.º Ejército italiano del general Capello —debilitado por dos años de sangrantes batallas, con problemas de moral y de mando— sencillamente se desintegró. Los soldados no huían en pánico desordenado: muchos se rendían o abandonaban las posiciones organizadamente, demostrando que el ejército italiano había llegado al límite de su resistencia. El general Cadorna, al ver el colapso, ordenó una retirada general que se convirtió en una avalancha: 300.000 soldados, con civiles mezclados entre ellos, se retiraron más de 100 kilómetros en pocos días hasta el río Piave.
Las bajas fueron catastrófica: 10.000 muertos, 30.000 heridos y 275.000 prisioneros. El ejército italiano también perdió 3.000 cañones, 3.000 ametralladoras y enormes cantidades de material. El escritor Ernest Hemingway, que estaba en Italia como voluntario de la Cruz Roja, presenció la retirada y la convirtió en la escena central de su novela Adiós a las armas (1929) —una de las novelas de guerra más importantes del siglo XX.
La respuesta aliada y el nacimiento del mando unificado
La crisis de Caporetto forzó la primera respuesta aliada coordinada de la guerra. Gran Bretaña y Francia enviaron urgentemente once divisiones a Italia para estabilizar el frente del Piave. Los aliados crearon el Consejo Supremo de Guerra en Rapallo el 7 de noviembre de 1917 —el primer órgano de coordinación estratégica aliada— como respuesta directa al desastre. El general Cadorna fue destituido y reemplazado por Armando Diaz, que reorganizó el ejército italiano con mano firme.
El frente se estabilizó en el Piave y los austro-alemanes, con sus líneas de suministro extendidas al máximo, no pudieron mantener el impulso de la ofensiva. La Batalla del Piave de junio de 1918 —el último gran intento austro-húngaro de cruzar el río— fue rechazada. En octubre de 1918, el ejército italiano lanzó la Batalla de Vittorio Veneto, que derrumbó definitivamente al exhausto Imperio Austro-Húngaro. Austria firmó el armisticio el 3 de noviembre de 1918, una semana antes que Alemania.
El legado de Caporetto: el nombre que se convirtió en sinónimo de desastre
«Caporetto» se ha convertido en la lengua italiana en sinónimo de derrota humillante —equivalente a lo que «Dunkirk» fue brevemente para los ingleses o «Waterloo» para los franceses. La derrota traumatizó a la sociedad italiana y alimentó el resentimiento contra los aliados que no habían cumplido las promesas territoriales del Tratado de Londres. Ese resentimiento —la «victoria mutilada» en la retórica nacionalista— fue el caldo de cultivo en el que Benito Mussolini construyó el movimiento fascista. El hombre que más brilló en Caporetto, el joven Erwin Rommel, aprendió en las montañas del Isonzo las lecciones de maniobra y sorpresa que aplicaría en el norte de África veinte años después. Caporetto fue, en ese sentido, el laboratorio donde se forjaron algunas de las tácticas que definirían la Segunda Guerra Mundial.