La conquista del cielo
Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914, los aviones eran una novedad reciente — apenas 11 años habían pasado desde el primer vuelo de los hermanos Wright. Los aparatos eran frágiles construcciones de madera y tela, sin armamento, considerados juguetes de excéntricos o, como mucho, aparatos útiles para reconocimiento. Cuatro años después, los cielos europeos eran escenarios de combates feroces entre cazas armados con ametralladoras. Habían nacido las fuerzas aéreas modernas, los pilotos se habían convertido en celebridades nacionales, y aviones famosos como el Fokker triplano y el Sopwith Camel entrarían en la mitología del siglo XX.

De ojos al cielo a guerreros aéreos
Al principio, los aviones servían exclusivamente para reconocimiento. Pilotos solitarios sobrevolaban las líneas enemigas, observaban movimientos de tropas y fotografiaban posiciones de artillería. Cuando se cruzaban con aviones enemigos en el mismo papel, al principio se saludaban con la mano — eran caballeros del aire en una guerra que rápidamente perdía toda caballerosidad. Pronto comenzaron a llevar pistolas y rifles para dispararse mutuamente.
El gran salto técnico llegó en 1915 cuando el alemán Anthony Fokker diseñó un mecanismo de sincronización que permitía a una ametralladora disparar a través del arco de la hélice del avión sin destruirla — los tiros se sincronizaban con el movimiento de las palas. Los Fokker Eindecker alemanes equipados con este sistema causaron lo que se llamó el «Azote Fokker» de 1915-16, dominando los cielos del frente occidental durante meses.
Manfred von Richthofen: el Barón Rojo
El piloto más famoso de la guerra fue Manfred von Richthofen, conocido como el Barón Rojo por el color escarlata distintivo que pintaba en sus aviones. Aristócrata prusiano, Richthofen comenzó la guerra como oficial de caballería pero solicitó el traslado a la aviación en 1915. Su debut fue mediocre — incluso fracasó como piloto inicialmente — pero rápidamente desarrolló un talento extraordinario para el combate aéreo. Sus tácticas eran metódicas: nunca atacaba si no tenía ventaja de altitud y posición, conocía minuciosamente los puntos ciegos de cada modelo de avión enemigo, disparaba desde corto alcance para garantizar el impacto.
Acumuló 80 victorias aéreas confirmadas — el récord más alto de cualquier piloto de la guerra. Comandaba el famoso Jagdgeschwader 1, apodado el «Circo Volante» por sus aviones de colores brillantes. Murió el 21 de abril de 1918, abatido sobre Francia, probablemente por fuego antiaéreo desde tierra australiano. Tenía 25 años. Los aliados le rindieron honores militares al enterrarlo — uno de los últimos vestigios de la «caballerosidad» del aire.
El sistema de «Ases»
El concepto de «as» — un piloto con cinco o más victorias confirmadas — fue inventado por los franceses durante la Gran Guerra. Los pilotos se convirtieron en celebridades nacionales en una guerra donde la propaganda tenía cada vez más importancia. Sus rostros aparecían en las primeras páginas. Las jóvenes les escribían cartas de admiración. Cuando morían — y la mayoría moría: la esperanza de vida de un piloto novato en el frente era de 11 días — el luto era nacional.
Otros ases famosos incluyeron al canadiense Billy Bishop (72 victorias), al francés René Fonck (75 victorias, el aliado con más derribos), al americano Eddie Rickenbacker (26 victorias), al británico Albert Ball (44 victorias, muerto a los 20 años) y al alemán Ernst Udet (62 victorias, suicidado en 1941 como general nazi).
Los Zeppelines y el bombardeo estratégico
El otro gran uso militar del aire fueron los bombardeos estratégicos. Los alemanes comenzaron a bombardear Londres desde el aire en 1915, primero con dirigibles Zeppelin y después con bombarderos pesados Gotha. Los Zeppelines, esos gigantescos dirigibles llenos de hidrógeno inflamable, fueron al principio terriblemente eficaces — podían volar más alto que cualquier avión y ser invisibles de noche. Pero el desarrollo de balas incendiarias y la mejora de los cazas británicos convirtió a los Zeppelines en blancos fáciles para finales de la guerra. Los bombarderos pesados causaron más bajas civiles (1.300 muertos en Londres) que los Zeppelines, pero el impacto psicológico de ambos fue enorme — era la primera vez en la historia que la población civil de una capital era atacada sistemáticamente desde el aire.
El legado: el nacimiento del poder aéreo
Para noviembre de 1918, había más de 50.000 aviones en servicio activo entre todas las fuerzas. La Royal Air Force, creada el 1 de abril de 1918 al unificar el Royal Flying Corps con el Royal Naval Air Service, fue la primera fuerza aérea independiente del mundo. Los principios tácticos del combate aéreo desarrollados entre 1914 y 1918 — superioridad aérea, escoltas de bombarderos, reconocimiento fotográfico — serían refinados pero no fundamentalmente alterados durante la Segunda Guerra Mundial.
Los pilotos de la Gran Guerra murieron a un ritmo espantoso, pero algo más murió con ellos: la antigua noción de que la guerra podía ser una experiencia romántica, individual, caballerosa. La guerra del aire de la Segunda Guerra Mundial, con sus flotas de mil bombarderos sobre Alemania y sus pilotos kamikazes, no dejaría ya lugar para mitos.
Los primeros aviones militares: de observadores a cazas
En agosto de 1914, ningún ejército del mundo tenía una doctrina de empleo del avión en combate. Los primeros aviadores militares eran básicamente observadores: sobrevolaban las líneas enemigas para informar sobre movimientos de tropas y posiciones de artillería. Fue ese papel —la observación y corrección del fuego artillero— el que hizo al avión indispensable desde el primer momento. Los fotógrafos aéreos podían mostrar en pocas horas lo que los espías terrestres tardaban días en descubrir.
Los pilotos enemigos que se cruzaban en el aire al principio simplemente se saludaban —eran una hermandad de aventureros que se reconocían mutuamente. Pronto empezaron a lanzarse ladrillos, bolsas de arena y finalmente pistolas y fusiles entre sí. El arma que cambió todo fue la ametralladora sincronizada, desarrollada por los alemanes con la ayuda del piloto holandés Anthony Fokker en 1915: un mecanismo que coordinaba el disparo de la ametralladora con la rotación de la hélice, permitiendo disparar a través del arco de la hélice sin destruirla. El Fokker Eindecker equipado con este sistema creó el terror conocido como «el azote Fokker» en el invierno de 1915-16.

Los ases: los nuevos caballeros del aire
La guerra aérea produjo los primeros héroes mediáticos de la era moderna: los ases de la aviación, pilotos acreditados con cinco o más victorias aéreas. Fueron tratados por la prensa como los caballeros medievales de la guerra moderna, luchando duelos individuales en el cielo mientras la infantería se pudría en las trincheras. El alemán Manfred von Richthofen —el Barón Rojo, acreditado con 80 victorias aéreas, la cifra oficial más alta de la guerra— se convirtió en la figura más célebre. Su Fokker Dr.I triplane pintado de rojo era reconocido en todo el frente. Murió el 21 de abril de 1918, abatido por disparos desde tierra o desde el aire —la controversia sobre quién le mató exactamente continúa.
Del lado aliado, los ases más famosos fueron el francés René Fonck (75 victorias), el británico Edward Mannock (61 victorias) y el canadiense Billy Bishop (72 victorias). El americano Eddie Rickenbacker, ex piloto de carreras, se convirtió en el as americano más famoso con 26 victorias. La rivalidad entre escuadrillas —la alemana Jasta 11 de Richthofen, el RFC 56 Squadron británico— alimentaba titulares en los periódicos de todo el mundo.
Del caza al bombardeo estratégico: la aviación cambia la guerra
Mientras los cazas combatían por la supremacía aérea, la aviación desarrollaba otras misiones. Los aviones de reconocimiento fotográfico produjeron millones de imágenes aéreas que permitieron mapear con precisión las posiciones enemigas. Los aviones de ataque al suelo empezaron a apoyar directamente a la infantería. Y los zepelines alemanes —dirigibles rígidos de hasta 200 metros de longitud— realizaron raids de bombardeo sobre Gran Bretaña desde enero de 1915, causando pánico civil aunque sus efectos militares fueron limitados. Los bombarderos Gotha alemanes, que sustituyeron a los zepelines desde 1917, realizaron ataques diurnos sobre Londres que mataron a cientos de civiles y obligaron a Gran Bretaña a destinar cazas a la defensa del territorio nacional que habrían podido usarse en el frente.
El Royal Flying Corps y la RAF: nacimiento de la aviación moderna
Gran Bretaña creó el Real Cuerpo de Vuelo (RFC) en 1912, pero fue la experiencia de la guerra lo que lo transformó de pequeña fuerza experimental en arma decisiva. El RFC perdió 14.166 pilotos muertos en combate durante la guerra —una tasa de mortalidad aterradora. En el «Abril Sangriento» de 1917, la esperanza de vida media de un piloto nuevo en el frente occidental era de 17 días. A pesar de esas pérdidas, la fuerza aérea británica creció de 37 aviones en 1914 a 22.000 en 1918. El 1 de abril de 1918, el RFC se fusionó con el Royal Naval Air Service para crear la Royal Air Force —la primera fuerza aérea independiente del mundo. La RAF, fundada en los cielos de Flandes, sería la fuerza que salvaría a Gran Bretaña en la Batalla de Inglaterra veintidós años después.