La nube verde sobre Ypres
La tarde del 22 de abril de 1915, los soldados franceses de las divisiones argelinas y zuavas que defendían un sector de Ypres observaron algo inquietante: una extraña nube amarillenta-verdosa avanzaba lentamente hacia ellos desde las líneas alemanas, empujada por el viento. Pocos minutos después, los hombres que habían estado en contacto con la nube comenzaron a toser violentamente, a vomitar, a sufrir convulsiones, a asfixiarse. Decenas de miles dejaron sus posiciones presas del pánico y huyeron hacia retaguardia. Era el primer ataque masivo con armas químicas de la historia. Los alemanes habían liberado 168 toneladas de gas cloro de 5.700 cilindros. La guerra química había nacido.
Fritz Haber: el químico que inventó la guerra moderna
El arquitecto del programa alemán de guerra química fue Fritz Haber, un químico judío-alemán que había ganado fama mundial al desarrollar el proceso Haber-Bosch para sintetizar amoníaco — proceso que permitió la producción industrial de fertilizantes y que se calcula ha alimentado a la mitad de la humanidad. Haber, ardiente patriota alemán, defendía la guerra química con argumentos morales tortuosos: si reducía el sufrimiento total acortando la guerra, era moralmente preferible a los métodos convencionales. Su esposa Clara Immerwahr, también química, no estaba de acuerdo. Tras el éxito del ataque de Ypres, se suicidó pegándose un tiro en el corazón con la pistola de servicio de su marido.
Haber ganaría el Premio Nobel de Química en 1918 — irónicamente, por el proceso del amoníaco, no por el gas — provocando boicots de los científicos aliados al acto de entrega. Tras el ascenso de los nazis al poder en 1933, Haber, judío, fue obligado a renunciar a su puesto y huyó al exilio. Murió en Suiza en 1934. Familiares suyos morirían años después en las cámaras de gas nazis que usaban el Zyklon B, un pesticida derivado de las investigaciones químicas del propio Haber.
La escalada química
Tras Ypres, los aliados reaccionaron con horror — y rápidamente desarrollaron sus propios programas de guerra química. En septiembre de 1915, los británicos usaron gas cloro en Loos, con resultados desastrosos cuando el viento cambió y el gas regresó sobre sus propias trincheras. Pronto se desarrollaron gases más letales: el fosgeno (sintetizado en 1812 pero usado militarmente desde 1915), 18 veces más mortal que el cloro y de efectos retardados. El gas mostaza (yperita), usado por primera vez en Ypres en julio de 1917, no mataba inmediatamente pero causaba quemaduras en piel y pulmones, ampollas terribles, ceguera temporal o permanente. Un soldado expuesto al gas mostaza pasaba días o semanas en agonía antes de morir o quedar discapacitado de por vida.
Las máscaras y las contramedidas
La carrera entre las armas químicas y las contramedidas fue continua. Los primeros «respiradores» eran trapos empapados en orina (la urea neutraliza parcialmente el cloro) sostenidos contra la cara. Pronto se desarrollaron máscaras antigás reales con filtros de carbón activado. Para 1917, todos los soldados llevaban máscara antigás permanentemente en su equipo. La señal de alarma de gas — campanas, claxons, gritos de «¡Gas! ¡Gas!» — provocaba que los soldados se pusieran la máscara en segundos.
Las máscaras eran incómodas, calurosas, dificultaban respirar y comunicarse. Combatir con máscara puesta era agotador. Pero salvaron innumerables vidas. Las cifras finales de la guerra química son discutidas, pero se calcula aproximadamente 91.000 muertos directos por gas, y entre 1,2 y 1,3 millones de heridos. Muchos de estos heridos morirían años después por las secuelas pulmonares.
El gas y la literatura: el famoso poema de Owen
Quizás la descripción más célebre de un ataque con gas en literatura es el poema Dulce et decorum est del soldado-poeta británico Wilfred Owen, escrito en 1917. Owen describe a un compañero que no se pone la máscara a tiempo: «flound’ring like a man in fire or lime… in all my dreams, before my helpless sight, he plunges at me, guttering, choking, drowning». Owen denuncia la mentira patriótica de Horacio — «Es dulce y honorable morir por la patria» — describiendo la muerte real por gas mostaza. Owen mismo murió en combate apenas una semana antes del armisticio, a los 25 años.
El legado: el Protocolo de Ginebra
El horror del gas en la Primera Guerra Mundial fue tan profundo que llevó, en 1925, a la firma del Protocolo de Ginebra que prohibía el uso de armas químicas y biológicas en la guerra. La prohibición, aunque violada en algunas ocasiones (Italia en Etiopía 1935-36, Japón en China en los años 30, Saddam Hussein contra Irán e Iraq en los 80, Siria en los años 2010), ha sido una de las normas más respetadas del derecho internacional. Hitler, que él mismo había sido cegado temporalmente por un ataque de gas en 1918, mantuvo paradójicamente esta prohibición durante la Segunda Guerra Mundial — aunque la rompió de forma horrenda en el genocidio de los campos de exterminio.
El gas de la Primera Guerra Mundial es un recordatorio escalofriante de cómo la ciencia, sin restricciones éticas, puede convertirse en una de las armas más crueles que la humanidad ha conocido.
El primer ataque con gas: Ypres, 22 de abril de 1915
El primer uso masivo de gas en la Primera Guerra Mundial ocurrió el 22 de abril de 1915 cerca de Ypres, Bélgica. Al atardecer, los soldados aliados —franceses coloniales y canadienses— vieron aparecer una nube amarillo-verdosa que avanzaba hacia sus posiciones desde las líneas alemanas. Era cloro: 168 toneladas liberadas desde 5.730 cilindros con ayuda del viento. Los soldados, sin ninguna protección ni entrenamiento para este tipo de arma, huyeron en pánico. Se abrió una brecha de 6 kilómetros en el frente aliado. Los alemanes, que no habían previsto un avance tan rápido y que dudaron en explotar el éxito, perdieron la oportunidad de conseguir una victoria decisiva. Murieron entre 800 y 1.400 soldados aliados, y miles más sufrieron daños pulmonares permanentes.

La espiral de los gases: de cloro a fosgeno a mostaza
El cloro tenía un defecto: su olor característico advertía de su presencia, y los soldados podían cubrirse la boca con trapos húmedos para reducir el efecto. Los químicos alemanes, encabezados por el Nobel Fritz Haber, desarrollaron gas más efectivo: el fosgeno, sin color, con un ligero olor a heno fresco, inodoro en bajas concentraciones pero con efectos que se manifestaban 24-48 horas después de la exposición. Para cuando los síntomas aparecían, el daño pulmonar era irreversible. El fosgeno causó el 80% de todas las muertes por gas de la guerra.
El arma química más temida fue el gas mostaza (yperita), introducida por Alemania en julio de 1917. A diferencia de los gases anteriores que mataban inhalándolos, la yperita era un agente vesicante que causaba ampollas en cualquier superficie de contacto: piel, mucosas, ojos y pulmones. Sus efectos eran devastadores pero raramente mortales inmediatamente —la yperita no mataba tanto como incapacitaba, llenando los hospitales de heridos que tardaban semanas en morir o recuperarse. Un solo proyectil de gas mostaza podía inutilizar a una docena de soldados. Las ampollas en los ojos causaban ceguera temporal —o permanente— que duraba semanas. La agonía de las víctimas fue documentada por el poeta Wilfred Owen en Dulce et Decorum Est, la descripción más poderosa de los efectos del gas en la literatura.
Las máscaras de gas: protección imperfecta en condiciones extremas
La respuesta inmediata de los aliados al primer ataque con cloro fue improvisada: empapar trapos en orina y cubrirse la cara, porque el amoníaco de la orina neutralizaba parcialmente el cloro. Rápidamente se desarrollaron máscaras de gas más sofisticadas. La Small Box Respirator británica, introducida en 1916, proporcionaba una protección razonablemente buena contra cloro y fosgeno pero era incómoda, restringía la visión y hacía difícil comunicarse. Ponérsela correctamente en la oscuridad y el pánico de un ataque nocturno requería entrenamiento constante. Y contra la yperita —que penetraba por la piel— la máscara sola era insuficiente: hacían falta trajes protectores completos que hacían el combate casi imposible en el calor del verano.
El legado del gas: la Convención de Ginebra y sus límites
La experiencia de la guerra química llevó directamente al Protocolo de Ginebra de 1925, que prohibía el uso en guerra de gases asfixiantes, tóxicos o similares. El protocolo fue firmado por la mayoría de las potencias mundiales. Sin embargo, tuvo limitaciones serias: no prohibía la producción ni el almacenamiento, solo el uso; y durante la Segunda Guerra Mundial varios países usaron armas químicas en conflictos coloniales o contra adversarios débiles (Italia en Etiopía en 1935, Japón en China en 1937-1945). Hitler, que había sido temporalmente cegado por gas mostaza en 1918, decidió no usar armas químicas en el frente occidental en la Segunda Guerra Mundial —no por motivos éticos sino porque temía la represalia aliada.
El gas en la memoria de los supervivientes
Entre todas las horrores de la trinchera, el gas era el que más terror inspiraba. No porque fuera el que más mataba —la artillería causaba el 70% de las bajas— sino por la naturaleza de sus efectos: la asfixia lenta, la ceguera, las ampollas que desfiguraban, la larga agonía. Los supervivientes de ataques con gas tenían frecuentemente problemas respiratorios crónicos durante décadas. El poeta Wilfred Owen, que murió en acción siete días antes del armisticio, dejó en Dulce et Decorum Est la descripción más perturbadora jamás escrita de un ataque con gas: el soldado que no consigue ponerse la máscara a tiempo, los ojos «sofocándose, ahogándose» detrás del cristal verde de la máscara de quien le observa. Es un poema que ha convertido a generaciones de lectores contra la guerra con más eficacia que ningún tratado político.