PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Tratado de Versalles 1919: La Paz que Sembró la Segunda Guerra Mundial

La paz que sembró la guerra siguiente

El 28 de junio de 1919 — cinco años exactos después del asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo — los delegados alemanes firmaron el Tratado de Versalles en el Salón de los Espejos del palacio del mismo nombre. Era el lugar donde 48 años antes, en 1871, Alemania había proclamado su Imperio tras derrotar a Francia. La simetría era deliberada: Francia humillaba ahora a la Alemania que había humillado a Francia. El tratado puso fin oficialmente a la Primera Guerra Mundial. Pero también, en opinión de muchos historiadores, sembró las semillas de la Segunda. Como diría el mariscal francés Ferdinand Foch al conocer sus términos: «Esto no es una paz. Es un armisticio por veinte años.»

Firma Tratado Versalles 1919
La firma del Tratado de Versalles el 28 de junio de 1919. Imagen de dominio público.

Los Cuatro Grandes y sus visiones opuestas

La Conferencia de Paz de París comenzó en enero de 1919 con 32 países representados, pero las decisiones reales las tomaron los Cuatro Grandes: el presidente francés Georges Clemenceau («el Tigre»), el primer ministro británico David Lloyd George, el primer ministro italiano Vittorio Orlando y el presidente americano Woodrow Wilson. Sus visiones eran irreconciliables. Wilson había llegado con sus famosos Catorce Puntos: una paz sin anexiones, autodeterminación de los pueblos, libre comercio, desarme, y una Sociedad de Naciones que evitara futuras guerras. Era una visión liberal y moralista.

Clemenceau quería garantizar que Alemania no pudiera volver a atacar Francia nunca más. Francia había sufrido 1,4 millones de muertos y vastas zonas de su territorio habían sido destruidas. Lloyd George ocupaba una posición intermedia: castigar a Alemania pero no destruirla completamente, ya que una Alemania económicamente arruinada arrastraría al resto de Europa. Orlando exigía cumplimiento del Tratado de Londres de 1915, que había prometido a Italia territorios austriacos.

Las cláusulas: castigo total

El tratado final fue mucho más cercano a las exigencias francesas que a la visión wilsoniana. Sus cláusulas principales fueron:

Pérdidas territoriales: Alemania perdió aproximadamente el 13% de su territorio y el 12% de su población. Alsacia-Lorena volvió a Francia. El Corredor Polaco separaba Prusia Oriental del resto de Alemania. Toda su flota colonial — Tanganica, Camerún, Togo, Namibia, Nueva Guinea, las islas del Pacífico — fue repartida entre los aliados.

Restricciones militares: El ejército alemán se limitaba a 100.000 hombres voluntarios (sin servicio militar obligatorio). La armada se reducía a 6 acorazados antiguos. Prohibida la fuerza aérea, los submarinos, los tanques, la artillería pesada y las armas químicas. La Renania quedaba desmilitarizada.

Reparaciones económicas: El famoso artículo 231 establecía la «cláusula de culpabilidad de guerra» — Alemania aceptaba la responsabilidad exclusiva del conflicto. Sobre esa base, debía pagar reparaciones que en 1921 se fijaron en 132.000 millones de marcos oro. Era una cantidad imposible de pagar para una economía destruida.

Cuatro Grandes Versalles
Los «Cuatro Grandes»: Lloyd George, Orlando, Clemenceau y Wilson, los hombres que rediseñaron Europa. Imagen de dominio público.

La indignación alemana

Los alemanes habían esperado un tratado basado en los Catorce Puntos de Wilson. Lo que recibieron fue muy diferente. La reacción en Alemania fue de shock e indignación general. Se acuñó el término Diktat — un tratado dictado, no negociado. El gobierno alemán renunció antes que firmar. Sus sucesores firmaron solo bajo la amenaza explícita de reanudar la guerra y el mantenimiento del bloqueo naval que estaba causando hambruna en Alemania.

El economista británico John Maynard Keynes, que había participado en la conferencia como asesor, dimitió en protesta y publicó en 1919 Las consecuencias económicas de la paz. Keynes argumentó que las reparaciones eran imposibles de pagar, desestabilizarían la economía alemana, y crearían el resentimiento nacional que conduciría a una nueva guerra. Su predicción fue siniestramente precisa.

El rechazo americano

Ironía suprema: el propio Senado de los Estados Unidos rechazó ratificar el tratado en marzo de 1920. Los senadores republicanos consideraban que la membresía en la Sociedad de Naciones comprometía la soberanía americana. Wilson había vendido al mundo un orden internacional que su propio país nunca aceptó. La Sociedad de Naciones nació sin el respaldo de la principal potencia mundial.

El legado: la guerra de los veinte años

La predicción de Foch se cumplió casi al día. El 1 de septiembre de 1939 — 20 años y 2 meses después de la firma del tratado — Hitler invadió Polonia, recuperando el Corredor Polaco que Versalles le había arrebatado a Alemania. La Segunda Guerra Mundial puede entenderse como la consecuencia directa del Tratado de Versalles: la humillación nacional alemana, la inestabilidad económica que dio paso al nazismo, las nuevas fronteras imposibles, los problemas étnicos no resueltos. Algunos historiadores hablan de la «guerra de los Treinta Años del siglo XX»: un solo gran conflicto de 1914 a 1945, con un intermedio de paz armada en el medio.

El Tratado de Versalles es objeto todavía de debate histórico. ¿Era demasiado duro o demasiado suave? ¿Causó la Segunda Guerra Mundial o simplemente no la pudo evitar? Lo cierto es que sus arquitectos creyeron estar firmando la paz. Estaban firmando, en realidad, el segundo acto de la mayor tragedia del siglo XX.

Los Cuatro Grandes y sus intereses contradictorios

La Conferencia de Paz de París de 1919 fue dominada por los llamados «Cuatro Grandes»: el presidente americano Woodrow Wilson, el primer ministro británico David Lloyd George, el presidente del Consejo francés Georges Clemenceau y el primer ministro italiano Vittorio Orlando. Sus objetivos eran radicalmente diferentes. Wilson quería una paz de reconciliación basada en sus Catorce Puntos —autodeterminación, diplomacia abierta, reducción de armamentos, Liga de Naciones. Clemenceau, que había vivido dos invasiones alemanas de Francia en su vida (1870 y 1914), quería garantías de seguridad absolutas y reparaciones que incapacitaran a Alemania para hacer la guerra durante generaciones. Lloyd George navegaba entre ambos: sabía que una paz punitiva sembraría resentimiento, pero tenía que satisfacer a una opinión pública británica que pedía que Alemania pagara hasta el último penique.

Tratado de Versalles 1919: La Paz que Sembró la Segunda Guerra Mundial
Paris Peace Conference 1919 Big Four Clemenceau Lloyd George Wilson

Las reparaciones: la cifra que arruinó a Alemania

La cuestión de las reparaciones fue la más explosiva del tratado. El Artículo 231 —la cláusula de culpabilidad de guerra— establecía que Alemania era responsable de todos los daños causados por la guerra, lo que justificaba las reparaciones. La cifra final, establecida en 1921 por la Comisión de Reparaciones, fue de 132.000 millones de marcos oro, dividida en tramos. Los economistas diferían radicalmente sobre si Alemania podía pagarla: el economista británico John Maynard Keynes, presente en la conferencia, dimitió escandalizado y publicó Las consecuencias económicas de la paz, prediciendo el desastre. Tenía razón: Alemania nunca pagó la suma completa —las reparaciones fueron renegociadas varias veces (Plan Dawes 1924, Plan Young 1929) y suspendidas en 1931 durante la Gran Depresión. En 1953 se acordó diferir los pagos, y Alemania hizo el último pago de reparaciones de la Primera Guerra Mundial en octubre de 2010.

Los nuevos estados y la autodeterminación selectiva

El principio de autodeterminación de Wilson se aplicó de manera selectiva e inconsistente. Los pueblos de los imperios derrotados —alemán, austrohúngaro y otomano— obtuvieron nuevos estados nacionales: Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, los países bálticos, Hungría, Austria. Pero la autodeterminación no se aplicó a los pueblos de los imperios vencedores: los árabes del antiguo Imperio Otomano vieron sus territorios repartidos entre Gran Bretaña (Irak, Palestina, Transjordania) y Francia (Siria, Líbano) mediante los mandatos de la Liga de Naciones. La India y las colonias africanas y asiáticas de Gran Bretaña y Francia no recibieron la independencia que sus dirigentes habían esperado a cambio de su participación en la guerra.

Los nuevos estados nacionales creados en Europa Oriental tenían a menudo fronteras artificiales que incluían a minorías de otras etnias: tres millones de alemanes en los Sudetes checoslovacos; la ciudad de Danzig con mayoría alemana incorporada a Polonia; Hungría amputada de dos tercios de su territorio histórico. Cada una de estas situaciones se convertiría en un punto de fricción potencial que los agitadores nacionalistas —especialmente Hitler— explotarían en los años 30.

La Liga de Naciones: el gran sueño que fracasó

El Covenant de la Liga de Naciones, incorporado al Tratado de Versalles, fue el gran logro de Wilson en París. La Liga —primera organización internacional de seguridad colectiva de la historia— preveía mecanismos para la resolución pacífica de disputas, el arbitraje obligatorio y sanciones colectivas contra los agresores. Era una visión transformadora del orden internacional. Y fue destruida antes de nacer por el propio Senado americano, que rechazó ratificar el tratado en noviembre de 1919 por el miedo a compromisos que limitaran la soberanía americana. Estados Unidos nunca se incorporó a la organización que su presidente había creado. Sin el poder americano, la Liga no podía hacer cumplir sus decisiones. Cuando Japón invadió Manchuria en 1931 y cuando Hitler remilitarizó Renania en 1936, la Liga fue impotente. El gran experimento del internacionalismo liberal de Wilson fracasó en su primera prueba real.

Versalles: una paz que no fue paz

El historiador Margaret MacMillan, en su exhaustivo estudio de la Conferencia de París, concluye que los negociadores de 1919 hicieron lo que podían dadas las circunstancias —las presiones populares, los compromisos contradictorios y la complejidad de los problemas que heredaron—, pero que el resultado fue una paz que no satisfizo a nadie: demasiado dura para ser aceptada por Alemania, demasiado blanda para garantizar la seguridad francesa, demasiado poco idealmente wilsoniana para justificar el sacrificio americano. El tratado sobrevivió apenas veinte años antes de que los problemas que no había resuelto —y los que había creado— desembocaran en una guerra aún más destructiva. Versalles sigue siendo el caso de estudio más citado sobre los peligros de la paz punitiva y las dificultades de construir un orden internacional duradero tras una guerra total.

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