PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Estados Unidos Entra en la Guerra 1917: El Día que Murió el Aislacionismo

El fin del aislacionismo americano

El 2 de abril de 1917, el presidente Woodrow Wilson compareció ante el Congreso de los Estados Unidos para pronunciar uno de los discursos más trascendentes de la historia americana. Pidió que se declarara la guerra a Alemania. Cuatro días más tarde, el Congreso aprobó la declaración. Estados Unidos abandonaba definitivamente la doctrina de aislamiento que había guiado su política exterior desde George Washington. En 18 meses, el país habría enviado dos millones de soldados a Europa, su economía se habría transformado para sostener el esfuerzo bélico, y el equilibrio de poder mundial habría cambiado para siempre.

Wilson declara guerra 1917
Woodrow Wilson pidiendo al Congreso la declaración de guerra contra Alemania, 2 de abril de 1917. Imagen de dominio público.

Tres años de neutralidad

Desde el estallido de la guerra en agosto de 1914, Estados Unidos había mantenido oficialmente la neutralidad. Wilson había sido reelegido en noviembre de 1916 con el eslogan «He kept us out of war» (Nos mantuvo fuera de la guerra). La opinión pública americana estaba mayoritariamente a favor de la neutralidad: la población incluía millones de inmigrantes alemanes, irlandeses (anti-británicos) y de otras nacionalidades sin entusiasmo por la guerra europea. La doctrina de Monroe, vigente desde 1823, definía la política exterior americana como concentrada en el hemisferio occidental.

Pero la neutralidad nunca fue completa. Económicamente, Estados Unidos había exportado masivamente alimentos, materias primas y armamento a los aliados, financiándolo todo con créditos americanos. Para 1917, los aliados debían más de 2.000 millones de dólares a bancos estadounidenses — una derrota aliada habría significado pérdidas catastróficas para Wall Street. Los lazos económicos hacían cada vez más difícil mantener una neutralidad estricta.

El telegrama Zimmermann y la guerra submarina

Dos factores precipitaron la entrada americana. El primero fue la reanudación alemana de la guerra submarina sin restricciones el 1 de febrero de 1917. Berlín había calculado que podía estrangular a Gran Bretaña económicamente antes de que Estados Unidos pudiera intervenir. Era una apuesta desesperada. Los barcos americanos comenzaron a ser hundidos. Wilson rompió relaciones diplomáticas el 3 de febrero.

El segundo factor fue el famoso Telegrama Zimmermann. En enero de 1917, el ministro de exteriores alemán Arthur Zimmermann envió un cable al embajador alemán en México proponiendo una alianza: si Estados Unidos entraba en la guerra, México atacaría EE.UU. y a cambio recuperaría Texas, Nuevo México y Arizona. El telegrama fue interceptado y descifrado por la inteligencia británica. Cuando fue publicado en la prensa estadounidense el 1 de marzo, la indignación nacional fue inmensa. La neutralidad ya era imposible.

La movilización americana

En abril de 1917, el ejército americano contaba con apenas 130.000 hombres, sin experiencia europea, mal equipados, sin doctrina moderna. La movilización fue extraordinaria. El Selective Service Act de mayo de 1917 estableció el reclutamiento obligatorio. Para finales de 1918, casi 4 millones de hombres estaban en uniforme. La economía se transformó: la War Industries Board coordinó la producción industrial. Las mujeres entraron masivamente a las fábricas. La Federal Reserve emitió bonos de guerra que financiaron el esfuerzo bélico mediante el ahorro popular.

Doughboys americanos en Francia 1918
Los Doughboys americanos llegando a Francia. Para octubre de 1918 había un millón en el frente. Imagen de dominio público.

El impacto militar: los Doughboys

El primer contingente americano, comandado por el general John J. Pershing, desembarcó en Francia en junio de 1917. Pershing insistió en mantener la independencia del ejército americano — no aceptaría que sus tropas fueran incorporadas a divisiones británicas o francesas como refuerzos. Quería un ejército americano propio que combatiera bajo bandera americana en su propio sector del frente. Las primeras tropas necesitaron meses de entrenamiento. La gran ofensiva americana llegó en el verano y otoño de 1918: la Batalla de Saint-Mihiel, la ofensiva del Mosa-Argonne. Los americanos sufrieron 53.402 muertos en combate.

Pero el impacto americano no fue principalmente militar — los aliados habrían acabado ganando incluso sin la intervención americana, aunque más lentamente. El impacto fue psicológico y económico. Para Alemania, ver llegar oleadas frescas e inagotables de soldados americanos cuando sus propios reservas humanas y económicas se agotaban fue devastador para la moral. La opción de «ganar antes de que lleguen los americanos» llevó a Alemania a lanzar las ofensivas suicidas de la primavera de 1918, que agotaron sus últimas reservas y precipitaron el colapso final.

El legado: el siglo americano

La entrada en la Primera Guerra Mundial transformó a Estados Unidos. De país aislacionista pasó a ser actor central en la política mundial. De deudor neto pasó a acreedor de toda Europa: los créditos de guerra serían fuente de tensiones durante toda la década de 1920. Wilson llevó a la Conferencia de Paz de París sus Catorce Puntos y la propuesta de una Sociedad de Naciones, intentando construir un nuevo orden internacional. Que el propio Senado americano se negara a ratificar el Tratado de Versalles y la entrada en la Sociedad de Naciones fue una de las grandes ironías históricas: Wilson había vendido al mundo un orden internacional que su propio país rechazó.

El siglo XX, llamado por el historiador Henry Luce «el siglo americano», comienza realmente en abril de 1917. Cuando Estados Unidos decidió que ya no podía permanecer aislado del mundo, comenzó a transformarlo a su imagen.

El Telegrama Zimmermann: la provocación definitiva

Si el hundimiento del Lusitania en 1915 había encendido la indignación americana, el Telegrama Zimmermann de enero de 1917 la convirtió en petición de guerra. El 16 de enero, el secretario de Estado alemán Arthur Zimmermann envió un telegrama cifrado al embajador alemán en México instruyéndole para que propusiera al gobierno mexicano una alianza: si Estados Unidos entraba en la guerra, México atacaría a Estados Unidos por el sur a cambio de ayuda alemana para recuperar Texas, Nuevo México y Arizona. Los servicios de inteligencia británicos interceptaron y descifraron el telegrama y lo entregaron al gobierno americano el 19 de febrero de 1917. Su publicación provocó una tormenta de indignación en todo el país, incluyendo en los estados del suroeste directamente amenazados.

El presidente Woodrow Wilson solicitando al Congreso la declaración de guerra a Alemania, abril de 1917
El presidente Woodrow Wilson solicitando al Congreso la declaración de guerra a Alemania, abril de 1917

El debate americano: aislacionismo versus intervención

La decisión de entrar en la guerra no fue automática ni unánime. El aislacionismo —la tradición americana de evitar entanglements europeos, formulada por George Washington en su Discurso de Despedida de 1796— tenía raíces profundas. En las elecciones de noviembre de 1916, Wilson había ganado en parte con el eslogan «He nos mantuvo fuera de la guerra». Millones de americanos de origen alemán e irlandés se oponían a apoyar a Gran Bretaña. Los progresistas veían la guerra como un conflicto de imperios capitalistas en el que Estados Unidos no debía tomar parte.

Pero la acumulación de agravios —el Lusitania, la guerra submarina ilimitada, el Telegrama Zimmermann— fue erosionando la resistencia aislacionista. El 2 de abril de 1917, Wilson compareció ante el Congreso y pronunció uno de los discursos más importantes de la historia americana: pedía la declaración de guerra no como conquista sino como cruzada por la democracia. Su frase más célebre resume la visión wilsoniana del papel de América en el mundo: «El mundo debe ser un lugar seguro para la democracia». El Congreso declaró la guerra el 6 de abril por 82 votos contra 6 en el Senado y 373 contra 50 en la Cámara.

La movilización americana: de 100.000 a 4 millones

En abril de 1917, el ejército americano regular contaba con apenas 107.641 hombres, en su mayoría dispersos en guarniciones fronterizas. Para poner en Francia el millón de hombres que los aliados necesitaban urgentemente, el Congreso aprobó la Ley de Servicio Selectivo el 18 de mayo de 1917: el primer reclutamiento obligatorio en Estados Unidos desde la Guerra Civil. En los meses siguientes, más de 24 millones de hombres se registraron; de ellos, unos 2,8 millones fueron reclutados. Para noviembre de 1918, había 4,7 millones de americanos bajo armas y más de 2 millones en Francia.

El general John Pershing, comandante del Cuerpo Expedicionario Americano (AEF), insistió en que las tropas americanas combatieran como unidad autónoma bajo mando americano, no como reservas para rellenar las bajas de los ejércitos francés y británico. Esta insistencia causó fricciones con los aliados, desesperados por tener tropas frescas, pero garantizó que Estados Unidos llegara a la mesa de paz con una posición de fuerza independiente.

El impacto en la guerra y la visión wilsoniana del mundo

La entrada americana llegó en el momento más crítico para los aliados: Rusia había colapsado, Francia estaba al borde del motín tras el desastre de la Ofensiva Nivelle, y la guerra submarina alemana amenazaba con cortar el suministro a Gran Bretaña. Los préstamos y suministros americanos —que habían estado fluyendo hacia los aliados desde 1914— se multiplicaron. La perspectiva de millones de soldados frescos americanos levantó la moral aliada y deprimió la alemana. La entrada americana hizo inevitable la derrota alemana.

La visión de Wilson —los famosos Catorce Puntos anunciados en enero de 1918— propuso un nuevo orden mundial basado en la autodeterminación de los pueblos, la diplomacia abierta, la libertad de los mares y una Liga de Naciones para resolver los conflictos pacíficamente. Era una visión idealista y transformadora que chocó con los objetivos más cínicos de Francia y Gran Bretaña en la Conferencia de Paz de París. Wilson consiguió la Liga de Naciones pero el Senado americano se negó a ratificarla, dejando a Estados Unidos fuera de la organización que su propio presidente había creado. La paradoja wilsoniana —un país que predica el internacionalismo pero practica el aislacionismo— definiría la política exterior americana durante décadas.

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