El 7 de diciembre de 1941, a las 7:48 de la mañana hora de Hawái, el almirante japonés Chuichi Nagumo desencadenó sobre la base naval estadounidense de Pearl Harbor una oleada de 353 aviones que cambiaría para siempre el rumbo de la Segunda Guerra Mundial. En apenas dos horas, la marina más poderosa del Pacífico quedó devastada, y los Estados Unidos, que habían mantenido una política de estricto aislacionismo durante años, se vieron arrastrados de manera inevitable a un conflicto que ya llevaba dos años consumiendo Europa y Asia.
El contexto: el tablero del Pacífico antes del ataque
Para entender Pearl Harbor hay que retroceder al expansionismo japonés de la década de 1930. Japón, un archipiélago pobre en recursos naturales, necesitaba materias primas para sostener su industria y su ejército en expansión. La invasión de Manchuria en 1931 y la guerra con China desde 1937 llevaron a Estados Unidos a imponer sanciones económicas progresivamente más severas. En julio de 1941, Washington congeló todos los activos japoneses y embargó el petróleo, la sangre vital del ejército nipón. Sin crudo, Japón tenía reservas para apenas dieciocho meses de guerra.
Los militares japoneses evaluaron sus opciones. Podían ceder a las exigencias estadounidenses y retirarse de China, lo que significaba una humillación política inaceptable, o bien asegurar por la fuerza los recursos del sudeste asiático —petróleo de las Indias Neerlandesas, caucho de Malaya— antes de que Estados Unidos pudiera intervenir. Para ello, era imprescindible neutralizar la Flota del Pacífico con base en Pearl Harbor. El almirante Isoroku Yamamoto, artífice del plan, sabía que Japón no podía ganar una guerra larga contra la potencia industrial norteamericana, pero confiaba en que un golpe devastador inicial forzaría a Washington a negociar.
La planificación: el golpe maestro de Yamamoto
El plan de ataque, denominado Operación Z, fue elaborado en secreto durante meses bajo la supervisión directa de Yamamoto. Su elemento central era una fuerza de ataque (Kido Butai) compuesta por seis portaaviones —Akagi, Kaga, Sōryū, Hiryū, Shōkaku y Zuikaku— con 353 aeronaves en total, escoltados por acorazados, cruceros y destructores. La fuerza navegó en silencio de radio absoluto desde las islas Kuriles, siguiendo una ruta septentrional alejada de las rutas comerciales para evitar ser detectada.
El ataque se dividiría en dos oleadas: la primera, compuesta por 183 aviones con torpederos, bombarderos en picado y cazas Zero, atacaría los acorazados en el llamado «Callejón de los Acorazados» y los aeródromos simultáneamente para evitar la respuesta aérea estadounidense. La segunda oleada de 170 aeronaves rematería los objetivos dañados. Los pilotos japoneses se habían entrenado durante meses en el golfo de Kagoshima, cuya bahía guardaba similitudes con Pearl Harbor.
El ataque: dos horas que hundieron una flota
A las 6:00 de la mañana del 7 de diciembre, los primeros aviones despegaron de los portaaviones japoneses a 370 kilómetros al norte de Oahu. A las 7:02, dos soldados del Ejército detectaron en sus radares una señal anómala, una masa enorme de aviones aproximándose. Informaron al teniente Kermit Tyler, que desestimó la alarma asumiendo que se trataba de bombarderos B-17 esperados desde California. Era el último error que cambiaría la historia.
A las 7:48, el comandante Mitsuo Fuchida transmitió la señal «Tora! Tora! Tora!» confirmando la sorpresa total. Los torpederos japoneses, equipados con aletas especiales para funcionar en aguas poco profundas, se lanzaron contra los ocho acorazados amarrados en «Battleship Row». El USS Arizona recibió una bomba que detonó su santabárbara, hundiéndose en menos de nueve minutos con 1.177 hombres a bordo. El USS Oklahoma volcó tras recibir cinco torpedos. El USS West Virginia, el USS California y el USS Nevada también fueron hundidos o gravemente dañados.
Simultáneamente, los aeródromos de Hickam, Wheeler y Kaneohe fueron atacados, destruyendo 188 aviones estadounidenses, la mayoría en tierra. La respuesta antiaérea fue caótica al principio, pero los artilleros pronto comenzaron a derribar aviones japoneses. En total, Japón perdió 29 aeronaves, 5 submarinos enanos y 64 hombres. Estados Unidos sufrió 2.403 muertos y 1.178 heridos, además de la destrucción de 4 acorazados y daños graves en otros cuatro.
Lo que Japón no destruyó: los portaaviones
El ataque japonés tuvo una carencia fatal que solo se revelaría con el tiempo: los tres portaaviones de la Flota del Pacífico —Enterprise, Lexington y Saratoga— no estaban en Puerto Pearl el día del ataque. El Enterprise regresaba de entregar aviones a Wake Island; el Lexington estaba en misión similar hacia Midway. Yamamoto lo sabía y lamentaría profundamente esta ausencia. Los acorazados hundidos resultarían en su mayoría reparables y regresarían al combate. Los portaaviones, en cambio, serían el arma decisiva del Pacífico, como demostraría la Batalla de Midway apenas seis meses después.
El almirante Nagumo, además, tomó la controvertida decisión de no lanzar una tercera oleada que habría destruido los depósitos de combustible y los astilleros de Pearl Harbor, instalaciones cuya destrucción habría paralizado las operaciones navales estadounidenses durante meses. Esta decisión fue muy criticada por los propios mandos japoneses. Yamamoto, al conocer los resultados del ataque, lejos de celebrar, declaró con presciente pesimismo que temía haber «despertado a un gigante dormido».
La declaración de guerra y la unión nacional
Al día siguiente, 8 de diciembre de 1941, el presidente Franklin D. Roosevelt compareció ante el Congreso y pronunció uno de los discursos más famosos de la historia americana: «Ayer, 7 de diciembre de 1941, una fecha que vivirá en la infamia, los Estados Unidos de América fueron atacados súbita y deliberadamente por las fuerzas navales y aéreas del Imperio del Japón». El Congreso declaró la guerra a Japón con un solo voto en contra. Tres días después, Alemania e Italia, fieles al Pacto Tripartito con Japón, declararon la guerra a Estados Unidos. El aislacionismo americano había muerto en Pearl Harbor.
El efecto unificador del ataque fue inmediato y masivo. Las oficinas de reclutamiento se llenaron de voluntarios al día siguiente. La industria americana se volcó en la producción de guerra con una velocidad y escala sin precedentes históricos. En 1942, las fábricas estadounidenses producirían más material bélico que Alemania, Japón e Italia juntos. El «Arsenal de la Democracia» que Roosevelt había prometido se convirtió en realidad en tiempo récord.
El legado: Pearl Harbor como punto de inflexión
Pearl Harbor fue, paradójicamente, la mayor victoria táctica y el mayor error estratégico de Japón. Tácticamente, hundió o dañó ocho acorazados, destruyó casi 200 aviones y mató a más de 2.400 estadounidenses en dos horas. Estratégicamente, cometió el error cardinal de despertar la furia de la mayor potencia industrial del planeta cuando aún no podía ser destruida de un golpe. El general japonés Yamashita Tomoyuki lo resumió con crudeza: «Hemos ganado una batalla, pero hemos perdido la guerra».
Hoy el memorial del USS Arizona en Pearl Harbor, donde yacen los restos de 1.102 marineros bajo las aguas de la bahía, recibe a más de dos millones de visitantes al año. El aceite que aún gotea lentamente desde los tanques del acorazado hundido, ochenta años después, es conocido como «las lágrimas del Arizona». Pearl Harbor se convirtió en el símbolo más poderoso de la necesidad de la vigilancia y del precio de ser tomado por sorpresa, una lección que las generaciones siguientes no han olvidado.
La inteligencia americana: lo que se sabía y lo que se ignoró
Una de las preguntas que más han debatido los historiadores es hasta qué punto la inteligencia americana podría haber anticipado el ataque. Estados Unidos había logrado descifrar el código diplomático japonés Purple gracias a la máquina conocida como Magic, y leía regularmente los mensajes entre Tokio y sus embajadas. El 6 de diciembre de 1941, los analistas interceptaron el mensaje japonés en catorce partes que de hecho anunciaba la ruptura de las negociaciones con Washington, pero no mencionaba explícitamente Pearl Harbor como objetivo. El último mensaje, con instrucciones de entregarlo a las 13:00 del 7 de diciembre —hora de Washington, que correspondía al amanecer en Hawái— fue descifrado esa mañana pero no llegó al almirante Husband Kimmel en Pearl Harbor a tiempo.
El código naval japonés JN-25, que habría revelado los movimientos de la flota, no había sido completamente descifrado en diciembre de 1941. Los analistas conocían que algo importante se preparaba en el Pacífico, pero las señales apuntaban también a Filipinas, Malaya y las Indias Neerlandesas, todos atacados simultáneamente. La historiadora Roberta Wohlstetter, en su obra clásica Pearl Harbor: Warning and Decision (1962), argumentó convincentemente que el problema no fue la falta de señales sino el exceso de ruido: había tantos indicios de actividad japonesa en tantos lugares que ningún analista pudo separar la señal correcta del ruido de fondo. Este fenómeno, hoy conocido en teoría de inteligencia como el «problema Pearl Harbor», se estudia aún en las academias de inteligencia de todo el mundo.

Las teorías de conspiración: ¿sabía Roosevelt?
Desde casi el mismo día del ataque surgió la teoría de que el presidente Roosevelt había conocido de antemano los planes japoneses y había permitido deliberadamente el ataque para arrastrar a Estados Unidos a la guerra. Esta tesis, defendida por autores como John Toland en Infamy (1982) y Robert Stinnett en Day of Deceit (2000), argumenta que Roosevelt necesitaba un incidente que justificara la entrada en guerra ante una opinión pública mayoritariamente aislacionista.
La abrumadora mayoría de los historiadores académicos rechaza esta teoría. Las investigaciones del Congreso americano —ocho en total entre 1941 y 1946— y los estudios posteriores con acceso a los archivos desclasificados concluyen que no existe evidencia de que Roosevelt conociera el plan específico de atacar Pearl Harbor. El historiador Gordon Prange, tras veintisiete años de investigación y acceso a fuentes japonesas y americanas, concluyó en At Dawn We Slept (1981) que el ataque fue fruto de fallos de inteligencia, complacencia y mala comunicación, no de conspiración. La pregunta más precisa no es «¿lo sabía Roosevelt?» sino «¿por qué nadie tomó en serio suficientes de las señales de alerta disponibles?»
Las víctimas colaterales: el internamiento japonés-americano
Una de las consecuencias más vergonzosas de Pearl Harbor dentro de Estados Unidos fue el internamiento masivo de ciudadanos americanos de origen japonés. El 19 de febrero de 1942, el presidente Roosevelt firmó la Orden Ejecutiva 9066, que autorizaba la expulsión de todas las personas de ascendencia japonesa de la costa oeste. Aproximadamente 120.000 personas, de las cuales dos tercios eran ciudadanos americanos de pleno derecho nacidos en suelo estadounidense, fueron enviadas a diez campos de internamiento en zonas desérticas e inhóspitas de California, Arizona, Idaho, Wyoming, Colorado y Utah.
Los internos perdieron sus hogares, sus negocios y sus bienes, con escasa o ninguna compensación. Paradójicamente, el batallón 442.º de Infantería de Combate, formado íntegramente por jóvenes japonés-americanos voluntarios —muchos de cuyos familiares estaban internados—, se convirtió en la unidad más condecorada del ejército americano en la Segunda Guerra Mundial, combatiendo en Italia y Francia. En 1988, el Congreso reconoció formalmente la injusticia del internamiento y ofreció disculpas y una compensación de 20.000 dólares a cada superviviente. Fue una reparación tardía e incompleta por una de las violaciones más graves de los derechos civiles en la historia moderna de Estados Unidos.