El fracaso de la paz
Cuando el 11 de noviembre de 1918 sonaron los cañones por última vez en el frente occidental, millones de personas en todo el mundo creyeron que la humanidad había aprendido la lección más cara de su historia. La «guerra que pondría fin a todas las guerras» había costado entre 17 y 20 millones de vidas. Nadie podría querer repetirla. Veinte años después, el mundo estaba de nuevo en llamas, y la Segunda Guerra Mundial sería mucho peor: entre 70 y 85 millones de muertos.
Las causas de la Segunda Guerra Mundial hunden sus raíces directamente en la Primera. El Tratado de Versalles de 1919, la Gran Depresión de los años treinta, el ascenso de los regímenes totalitarios y la política de apaciguamiento de las democracias occidentales formaron una combinación explosiva que hizo inevitable un nuevo conflicto global.

El Tratado de Versalles: la paz que no fue
El Tratado de Versalles, firmado en junio de 1919, impuso a Alemania condiciones extraordinariamente duras. El famoso artículo 231, la «cláusula de culpabilidad de guerra», obligaba a Alemania a aceptar la responsabilidad total por el conflicto. Sobre esa base, se le exigió el pago de reparaciones colosales (132.000 millones de marcos oro), la cesión de territorios como Alsacia-Lorena, el Corredor Polaco y las colonias africanas, la reducción de su ejército a 100.000 hombres, y la prohibición de poseer aviación militar, submarinos o artillería pesada.
El economista británico John Maynard Keynes, que participó en la conferencia de paz, publicó en 1919 un libro demoledor titulado Las consecuencias económicas de la paz, en el que predijo que las reparaciones excesivas desestabilizarían la economía alemana y generarían el resentimiento que llevaría a una nueva guerra. Tenía razón en casi todo.
La Gran Depresión y el ascenso del nazismo
La economía alemana de los años veinte fue un desastre. La hiperinflación de 1923 destruyó los ahorros de la clase media. Una breve estabilización fue seguida por el crack de Wall Street de 1929 y la Gran Depresión, que golpeó a Alemania con especial dureza: el desempleo llegó al 30% en 1932. En ese contexto de desesperación económica y humillación nacional, el mensaje de Adolf Hitler y el Partido Nacionalsocialista tuvo un eco aterrador.
Hitler prometía revertir las «humillaciones» del Tratado de Versalles, restaurar la grandeza alemana, y ofreció un chivo expiatorio conveniente para todos los problemas del país: los judíos, los comunistas, los socialdemócratas. Con el apoyo de sectores del empresariado que le veían como un dique contra el comunismo, Hitler llegó al poder en enero de 1933 como canciller. En menos de dos años había convertido Alemania en una dictadura totalitaria.

El apaciguamiento: ceder ante Hitler
Desde 1933, Hitler fue remilitarizando Alemania a un ritmo acelerado, violando sistemáticamente el Tratado de Versalles. Reintrodujo el servicio militar obligatorio, reconstruyó la Luftwaffe, remilitarizó la Renania, anexionó Austria en 1938 (Anschluss) y exigió la cesión de los Sudetes checos. En cada paso, las democracias occidentales — especialmente el Reino Unido bajo el primer ministro Neville Chamberlain — optaron por ceder antes que arriesgarse a una nueva guerra.
El punto culminante fue la Conferencia de Múnich de septiembre de 1938, donde Francia y el Reino Unido entregaron los Sudetes a Hitler a cambio de su promesa de no hacer más demandas territoriales. Chamberlain regresó a Londres proclamando que había conseguido «la paz para nuestra época». Seis meses después, Hitler ocupó el resto de Checoslovaquia. En agosto de 1939, firmó el Pacto Molotov-Ribbentrop con la Unión Soviética, garantizando la neutralidad soviética. El 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia. Dos días después, Francia y el Reino Unido declararon la guerra a Alemania. La Segunda Guerra Mundial había comenzado.
El papel del fascismo italiano y el militarismo japonés
Las causas de la Segunda Guerra Mundial no se reducen a Alemania. En Italia, Benito Mussolini había establecido la primera dictadura fascista en 1922 y aspiraba a crear un nuevo Imperio Romano en el Mediterráneo y África. En Asia, el Japón Imperial, impulsado por un militarismo agresivo y la ambición de dominar el Pacífico y China, había invadido Manchuria en 1931 y China continental en 1937. El mundo de los años treinta era un escenario de autoritarismos en expansión frente a democracias indecisas y una Liga de Naciones sin dientes.
Conclusión: una guerra anunciada
A diferencia de la Primera Guerra Mundial, que muchos historiadores describen como resultado de un encadenamiento de errores y malentendidos, la Segunda Guerra Mundial fue en gran medida el resultado de decisiones deliberadas: la de Hitler de usar la guerra como instrumento de política, y la de las democracias de no detenerle cuando todavía era posible hacerlo a bajo coste. La lección más importante de las causas de la Segunda Guerra Mundial es que los regímenes que proclaman abiertamente sus intenciones agresivas suelen cumplir sus promesas.