La batalla que cambió la guerra
Entre agosto de 1942 y febrero de 1943, en las orillas del río Volga, dos ejércitos se destruyeron mutuamente en el combate más encarnizado y devastador de toda la Segunda Guerra Mundial. La Batalla de Stalingrado no fue solo una batalla: fue el punto de inflexión de la guerra en Europa. Cuando el último soldado alemán se rindió el 2 de febrero de 1943, el mito de la invencibilidad alemana había sido destruido para siempre.
El simbolismo del nombre
Stalingrado no era solo una ciudad estratégicamente importante por su posición en el Volga y sus fábricas de armamento. Era también la ciudad que llevaba el nombre de Stalin. Para Hitler, conquistarla sería un golpe propagandístico de primer orden. Para Stalin, perderla sería una humillación personal intolerable. Ambos dictadores convirtieron Stalingrado en una cuestión de prestigio personal, y eso condenó a cientos de miles de hombres a morir en sus calles y sótanos.
El cerco: la Operación Urano
En noviembre de 1942, el Ejército Rojo lanzó la Operación Urano, un audaz movimiento de pinza que en 72 horas rodeó completamente al 6.º Ejército alemán del general Friedrich Paulus — 300.000 hombres — en Stalingrado. Göring prometió a Hitler que la Luftwaffe podría abastecer desde el aire a las tropas cercadas. Era una promesa imposible de cumplir: los aviones alemanes podían transportar 300 toneladas diarias como máximo; las tropas necesitaban 750.
Hitler prohibió cualquier intento de ruptura del cerco. «No nos retiraremos del Volga», declaró. El intento de rescate del general Manstein en diciembre fracasó a 50 kilómetros de Stalingrado. A medida que pasaban las semanas, los soldados alemanes cercados morían de hambre, congelamiento y combate. La temperatura bajaba a -30°C. Los suministros no llegaban.
La rendición y sus consecuencias
El 31 de enero de 1943, el mariscal de campo Paulus — Hitler lo había ascendido ese mismo día esperando que se suicidara antes que rendirse — se entregó a los soviéticos. Dos días después, los últimos reductos alemanes capitulaban. De los 300.000 hombres cercados, solo 91.000 llegaron a la rendición. De esos 91.000, apenas 6.000 regresaron a Alemania al final de la guerra.
El impacto psicológico en Alemania fue inmenso. Por primera vez, el gobierno nazi decretó tres días de luto nacional. Por primera vez, los alemanes escucharon en la radio el silencio y los partes de derrota. La leyenda de Hitler como genio militar se quebró. En el frente oriental, la iniciativa estratégica pasó definitivamente al Ejército Rojo, que no la cedería hasta el final de la guerra.