El helicóptero en el tejado de la embajada
El 29 de abril de 1975, una fotografía que se convertiría en uno de los iconos más potentes del siglo XX fue tomada en Saigón: un helicóptero UH-1 Huey de la CIA en el tejado de un edificio de apartamentos cerca de la embajada americana, con una larga fila de personas esperando para subir a bordo. Fue la imagen del fin de veinte años de compromiso americano en Vietnam: una evacuación caótica, desesperada y humillante.
Al día siguiente, el 30 de abril de 1975, los tanques del Ejército de Vietnam del Norte derribaron las verjas del Palacio de la Independencia de Saigón. Vietnam del Sur dejaba de existir. La guerra que había costado más de 58.000 vidas americanas, entre 1,5 y 3,5 millones de vidas vietnamitas, y había dividido a la sociedad americana como ningún conflicto desde la Guerra Civil, había terminado.
Vietnamización y los Acuerdos de París
La retirada americana no fue un acontecimiento repentino, sino el resultado de un proceso que comenzó con la administración Nixon en 1969. Nixon y su asesor de seguridad nacional Henry Kissinger diseñaron la estrategia de «vietnamización»: traspasar progresivamente la carga del combate al ejército survietnamita (ARVN) mientras se reducía el número de soldados americanos. La idea era buscar una «paz con honor» — una fórmula que permitiera a Estados Unidos retirarse sin admitir la derrota.
Los Acuerdos de París, firmados el 27 de enero de 1973, establecieron un alto el fuego y la retirada de las tropas americanas a cambio de la devolución de los prisioneros de guerra. Fue en esencia un acuerdo que permitía a Estados Unidos salir de Vietnam «con honor», aunque todos sabían que los norvietnamitas reanudarían las operaciones militares tan pronto como los americanos se fueran. El propio Nixon lo reconoció privadamente: daba a Vietnam del Sur «una oportunidad razonable de sobrevivir».
El colapso de Vietnam del Sur
Sin el apoyo americano, Vietnam del Sur se deterioró rápidamente. El Congreso americano, dominado por el hartazgo de la guerra, recortó dramáticamente la ayuda militar y económica. El ejército survietnamita (ARVN), que había dependido de la superioridad de fuego americana durante años, no pudo sostenerse solo. La corrupción generalizada del gobierno de Saigón erosionó la moral y la eficacia.
En marzo de 1975, Vietnam del Norte lanzó una ofensiva final. Para asombro propio, las ciudades del sur caían en días. El ejército survietnamita no combatía: huía. El 17 de abril cayó Phnom Penh, la capital de Camboya. El 30 de abril, Saigón. La guerra había terminado de una forma tan rápida que sorprendió incluso a los norvietnamitas, que habían planificado una campaña de dos años.

El síndrome de Vietnam y el legado de la guerra
La derrota en Vietnam dejó una huella profunda en la sociedad y la política americana. El llamado «Síndrome de Vietnam» — la reluctancia a comprometer tropas americanas en el exterior sin una estrategia de salida clara y un objetivo alcanzable — dominó la política exterior americana durante más de una década. El Wall Street Memorial de Vietnam en Washington, con los 58.318 nombres de los soldados americanos muertos grabados en granito negro, es uno de los memoriales más visitados y más emotivos de la capital.
Para Vietnam, la reunificación llegó al precio de décadas adicionales de sufrimiento: la represión del sur, los campos de reeducación, la huida masiva de los «boat people». La economía de Vietnam tardó décadas en recuperarse. Hoy, irónicamente, Vietnam es uno de los países con mayor presencia americana en términos de turismo e inversión, y las encuestas muestran que los vietnamitas tienen una de las actitudes más favorables hacia Estados Unidos de todo el mundo. La historia tiene formas extrañas de cerrar sus capítulos.
La lección más duradera
Si la Primera Guerra Mundial enseñó que los sistemas de alianzas y el militarismo pueden arrastrar a las naciones a guerras que nadie quería, y la Segunda que el apaciguamiento de los agresores no funciona, Vietnam enseñó algo diferente: que el poder militar más formidable del mundo no puede ganar una guerra si no tiene una estrategia política viable, si no cuenta con el apoyo de la población local y si su propia sociedad no cree en la causa por la que combate. Es una lección que el mundo ha seguido aprendiendo, con costes siempre demasiado altos, en los conflictos que vinieron después.