El soldado más admirado de la Segunda Guerra Mundial
Hay generales que son respetados por sus propios hombres. Hay generales que son temidos por sus enemigos. Muy pocos son ambas cosas. El feldmariscal Erwin Rommel fue el único comandante alemán de la Segunda Guerra Mundial que sus adversarios admiraban abiertamente, cuyo nombre era mencionado con reverencia en los comunicados enemigos y cuya figura inspiró leyendas tanto en el bando aliado como en el Eje. Winston Churchill llegó a decir ante el Parlamento británico, en plena guerra: «Rommel, Rommel, Rommel… ¿qué otra cosa importa sino batirle?»

El ascenso de un soldado extraordinario
Rommel nació en 1891 en Heidenheim, Württemberg. No tenía el origen aristocrático de la mayoría de los altos oficiales alemanes — su padre era maestro de escuela — pero compensó esa desventaja con un talento militar excepcional y una capacidad para el liderazgo carismático que pocos podían igualar. Durante la Primera Guerra Mundial, ya demostró su genio táctico en los Alpes italianos, capturando 9.000 prisioneros con apenas 600 hombres. Su libro sobre la guerra de infantería, publicado en 1937, fue ampliamente leído y utilizado como manual táctico.
En la Segunda Guerra Mundial, al mando de la 7.ª División Panzer durante la campaña de Francia de 1940, su división avanzó tan rápido que fue bautizada como la «División Fantasma» — avanzaba tan deprisa que ni sus propios superiores sabían exactamente dónde estaba. En febrero de 1941, Hitler lo envió al norte de África para rescatar a los italianos que se estaban derrumbando ante los británicos. Así comenzó la campaña que lo haría inmortal.
El Afrika Korps: guerra en el desierto
El desierto del norte de África era un teatro de operaciones radicalmente diferente de cualquier otro. No había frentes continuos como en Europa. La guerra era de movimiento puro, de audacia y velocidad. Quien controlara los pozos de agua y los suministros de combustible controlaba el campo de batalla. En ese entorno, las cualidades de Rommel — la audacia táctica, el liderazgo personal desde el frente, la capacidad para tomar decisiones en décimas de segundo — brillaban de manera especial.
Entre 1941 y 1942, Rommel llevó al Afrika Korps en una serie de ofensivas que empujaron a los británicos de Cirenaica a Egipto y de vuelta. Tomó la fortaleza de Tobruk en un día cuando los australianos la habían resistido durante meses. Llegó a El Alamein, a apenas 100 kilómetros de Alejandría y del Canal de Suez. Si hubiera podido cortarlo, habría separado a Gran Bretaña de sus fuentes de petróleo en Oriente Medio.
El Alamein: el fin del Zorro del Desierto
En octubre de 1942, el general británico Bernard Montgomery lanzó la Segunda Batalla de El Alamein con fuerzas muy superiores y una logística que Rommel nunca pudo igualar. El Afrika Korps, sin combustible y sin refuerzos, fue aplastado. Hitler ordenó resistir hasta el último hombre; Rommel, que había regresado a Alemania por enfermedad, volvió al frente y ordenó la retirada contra las instrucciones de Hitler. Fue una de sus pocas desobediencias — pero salvó lo que quedaba de su ejército.
En noviembre de 1942, el desembarco angloamericano en el noroeste de África (Operación Antorcha) cogió al Afrika Korps en un movimiento de tenaza. En mayo de 1943, las fuerzas del Eje en el norte de África capitularon. La campaña africana había terminado.
La conspiración y la muerte honorable
Tras el norte de África, Rommel comandó las defensas del Atlántico en Francia. Convencido de que Alemania había perdido la guerra, entró en contacto con los conspiradores del atentado del 20 de julio de 1944 contra Hitler. Aunque su papel exacto es debatido, fue implicado tras el fracaso del atentado. Hitler le ofreció una elección: proceso público ante el Tribunal del Pueblo — con consecuencias para su familia — o suicidio con honores de Estado. El 14 de octubre de 1944, Rommel tomó el cianuro. Alemania anunció que había muerto de heridas de guerra. Fue enterrado con todos los honores militares.