Las mujeres en la Primera Guerra Mundial: las grandes olvidadas de la Gran Guerra
Mientras millones de hombres morían en las trincheras, las mujeres de toda Europa sostenían la guerra desde la retaguardia. Fabricaban municiones, conducían ambulancias, espiaban al enemigo y salvaban vidas en los hospitales de campaña. La Primera Guerra Mundial las sacó del hogar y las lanzó al mundo, cambiando para siempre el papel de la mujer en la sociedad. Esta es su historia.
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5/6/202610 min read
La Primera Guerra Mundial es una guerra de hombres. Así la recordamos. Los soldados en las trincheras, los generales en los cuarteles, los marineros en los acorazados. Las imágenes que nos han llegado son casi todas masculinas: uniformes, bayonetas, barro, muerte. Y sin embargo, detrás de cada soldado en el frente había una mujer en la retaguardia que hacía posible que la guerra continuara. Sin ellas, la maquinaria de guerra se habría detenido. Sin ellas, los hospitales habrían colapsado. Sin ellas, las fábricas de municiones se habrían vaciado y los cañones habrían quedado mudos.
La Primera Guerra Mundial fue también una guerra de mujeres. Solo que nadie lo contó durante mucho tiempo.
El mundo antes de la guerra: el lugar de la mujer
Para entender el impacto de la Primera Guerra Mundial en la vida de las mujeres, hay que entender primero cuál era su situación en 1914. En la mayoría de los países europeos, las mujeres no tenían derecho al voto. No podían abrir cuentas bancarias sin permiso de su marido. No podían firmar contratos ni acceder a la mayoría de las profesiones. Su lugar, según la moral dominante de la época, era el hogar: esposas, madres, cuidadoras.
Las sufragistas llevaban décadas luchando por el derecho al voto en Gran Bretaña, con manifestaciones, huelgas de hambre y actos de protesta que el gobierno reprimía con dureza. En Francia, las mujeres no podrían votar hasta 1944. En España, hasta 1931. El mundo de 1914 era profundamente desigual, y nadie esperaba que eso cambiara de la noche a la mañana.
Lo que nadie esperaba tampoco era una guerra de cuatro años que vaciaría las fábricas, los campos y las oficinas de hombres y los enviaría al frente. Cuando eso ocurrió, alguien tuvo que ocupar su lugar. Y ese alguien fueron las mujeres.
Las fábricas de municiones: las Munitionettes
El sector donde el papel de las mujeres fue más masivo y más transformador fue la industria de guerra. Cuando los hombres marcharon al frente, las fábricas de municiones, armamento, acero y textiles necesitaban brazos urgentemente. Los gobiernos, que hasta entonces habían considerado el trabajo femenino fuera del hogar como algo marginal o directamente indecoroso, cambiaron de posición por pura necesidad.
En Gran Bretaña, el resultado fue espectacular: si en los albores de la guerra solo 170.000 mujeres trabajaban en las fábricas de metales, para cuando terminó en 1918 eran casi 600.000. Las trabajadoras de las fábricas de municiones recibieron el apodo de Munitionettes, un término que mezcla admiración y condescendencia en partes iguales.
Las condiciones de trabajo eran durísimas. Las Munitionettes trabajaban turnos de doce horas en naves mal ventiladas, manipulando explosivos y productos químicos altamente tóxicos. El ácido pícrico, uno de los compuestos más usados en la fabricación de proyectiles, teñía la piel de amarillo de forma permanente, lo que llevó a las trabajadoras a ser apodadas "canaries" (canarios) por el color amarillento de sus rostros y manos. Más allá del aspecto cosmético, la exposición continua a estos productos causaba daños hepáticos graves, problemas pulmonares y otros trastornos de salud a largo plazo.
El peligro no era solo crónico sino también inmediato. En 1916, la explosión de la Fábrica Nacional de Barnbow, cercana a Leeds, mató a 35 trabajadoras. Fue uno de los accidentes industriales más graves del período, pero no el único. Las fábricas de municiones eran lugares donde la muerte podía llegar en cualquier momento, sin avisar, sin uniformes ni trincheras.
Y a pesar de todo eso, las Munitionettes cobraban considerablemente menos que los hombres por el mismo trabajo. La desigualdad salarial era la norma, no la excepción.
Las enfermeras: en el corazón del horror
Uno de los roles más visibles de las mujeres durante la guerra fue el de enfermeras. Miles de mujeres se unieron a organizaciones como la Cruz Roja o el Voluntary Aid Detachment (VAD), brindando asistencia médica tanto en hospitales de campaña como en el frente.
El crecimiento fue extraordinario. El Servicio de Enfermería Militar de la Reina Alexandra del Reino Unido pasó de 300 miembros en 1914 a unos 10.000 al final de la Gran Guerra. Detrás de cada uno de esos números había una mujer que había dejado su casa, su familia y su vida cotidiana para enfrentarse a algo para lo que nada podía haberla preparado.
Las enfermeras trabajaban en condiciones que desafiaban cualquier descripción. Los hospitales de campaña estaban frecuentemente a pocos kilómetros del frente, al alcance de la artillería enemiga. Los heridos llegaban en oleadas después de cada ofensiva, con heridas que los médicos de la época apenas sabían tratar: amputaciones masivas por proyectiles de artillería, quemaduras por gas mostaza, pulmones destrozados, huesos pulverizados. Las enfermeras los limpiaban, los vendaban, los sostenían mientras morían, les escribían cartas a sus familias.
Algunas fueron más allá de los hospitales. Elsie Inglis, médica escocesa, organizó unidades quirúrgicas completamente femeninas que operaron en Francia, Serbia y Rusia en condiciones de primera línea. Cuando propuso su proyecto al War Office británico al inicio de la guerra, un funcionario le respondió: "Vuelva a casa y quédese quieta, señorita". Ella ignoró el consejo, recaudó fondos por su cuenta y creó las Scottish Women's Hospitals, que atendieron a decenas de miles de soldados a lo largo del conflicto.
Edith Cavell es quizás el nombre de enfermera más recordado de la guerra. Directora de una escuela de enfermería en Bruselas cuando los alemanes ocuparon Bélgica en 1914, Cavell organizó una red para ayudar a soldados aliados heridos a escapar a través de la frontera neutral holandesa. Ayudó a escapar a más de 200 soldados antes de ser detenida por los alemanes en agosto de 1915. Fue juzgada por un tribunal militar alemán, declarada culpable de traición y ejecutada por un pelotón de fusilamiento el 12 de octubre de 1915. Tenía 49 años. Su muerte provocó una indignación internacional que los alemanes no supieron anticipar y que sirvió de poderoso argumento de reclutamiento en Gran Bretaña durante meses.
El Women's Land Army: las mujeres que alimentaron a la nación
La guerra no solo vació las fábricas. También vació los campos. Los agricultores, los jornaleros, los trabajadores rurales marcharon al frente dejando tierras sin cultivar en el momento en que más alimentos se necesitaban, tanto para la población civil como para los millones de soldados en el frente.
La respuesta británica fue el Women's Land Army, creado en 1917: un grupo de mujeres que reemplazaron a los hombres en las labores del campo. Mujeres de ciudad que nunca habían sostenido un arado aprendieron a arar, sembrar, ordeñar vacas, cuidar ganado y cosechar. Trabajaban de sol a sol, con salarios mínimos, en condiciones que para muchas de ellas eran completamente nuevas.
Era un cambio radical en la imagen de la feminidad de la época. La mujer victoriana delicada, pálida, recluida en el hogar, fue reemplazada por la imagen de mujeres con botas de trabajo y ropa de faena conduciendo tractores y manejando caballos de labor. No era exactamente lo que los carteles de propaganda habían prometido, pero era real y necesario.
Los nuevos empleos: de las oficinas a los tranvías
Las mujeres tomaron roles de conductoras de tranvías, operadoras telefónicas y trabajadoras en los correos y los bancos, demostrando una capacidad que muchos en ese entonces dudaban que tuvieran.
Ver a una mujer conduciendo un tranvía en Londres o París en 1916 era algo que habría resultado completamente impensable en 1913. Y sin embargo ocurrió, por miles. Las mujeres demostraron que podían hacer prácticamente cualquier trabajo que hasta entonces se había considerado exclusivamente masculino, desde reparar motores hasta gestionar oficinas gubernamentales, desde pilotar vehículos hasta supervisar trabajadores.
Este fue quizás el cambio más silencioso pero más profundo de todos: la demostración práctica, irrefutable, de que la exclusión de las mujeres del mundo laboral no tenía ninguna base en la capacidad o la competencia. Era simplemente una convención social que la guerra había barrido en pocos meses.
Las espías: mujeres en la sombra
El espionaje fue uno de los pocos campos donde las mujeres fueron bienvenidas desde el principio. En un mundo donde los hombres con acento extranjero levantaban sospechas inmediatas, una mujer podía moverse con mayor libertad, pasar desapercibida, infiltrarse en lugares a los que un agente masculino nunca habría podido acceder.
Con el seudónimo de Alice Dubois, Louise Marie de Bettignies se desempeñó como agente secreta que tenía como misión robar información del ejército alemán. Natural de Lille, hablaba cuatro idiomas con fluidez y organizó una red de espionaje que operó durante más de un año en territorio belga y francés ocupado por Alemania, transmitiendo información vital sobre movimientos de tropas y posiciones de artillería a los aliados. Fue capturada en 1915 y condenada a trabajos forzados. Murió en cautiverio en 1918, poco antes del armisticio, debilitada por las condiciones de su prisión.
El nombre más famoso del espionaje femenino de la guerra es el de Mata Hari, el seudónimo artístico de Margaretha Geertruida Zelle, una bailarina exótica neerlandesa que se desempeñaba como doble agente. Su historia es más compleja que la leyenda que la rodea: los historiadores modernos debaten si fue realmente una espía activa o simplemente una mujer cosmopolita con contactos en ambos bandos que fue convertida en chivo expiatorio cuando los servicios de inteligencia franceses necesitaban un caso resonante. Lo que sí es cierto es que fue juzgada por un tribunal militar francés, condenada por espionaje y ejecutada el 15 de octubre de 1917 en Vincennes. Tenía 41 años. Según los testimonios, rechazó la venda en los ojos y el poste de sujeción, mirando directamente al pelotón de fusilamiento.
Las combatientes rusas: el Batallón de la Muerte
En la mayoría de los países beligerantes, las mujeres estaban excluidas del combate directo. Pero Rusia fue una excepción extraordinaria. En 1917, Rusia abrió las filas del ejército a las mujeres, ante la desmoralización de los soldados y tres años de lucha. Así que antes de salir de la Gran Guerra para lidiar con la revolución bolchevique, Rusia reclutó a mujeres, quienes de manera voluntaria integraron las unidades de combate o "batallones de la muerte", con la participación de dos mil voluntarias de entre 18 y 40 años de edad.
El Batallón de la Muerte fue creado en junio de 1917, cuando el ejército ruso estaba al borde del colapso moral. La idea era que unidades de mujeres combatientes avergonzarían a los hombres para que siguieran luchando. María Bochkareva, una mujer de origen campesino que había servido en el ejército desde 1914 disfrazada de hombre, fue la fundadora y comandante del batallón. Sus mujeres combatieron en la ofensiva de Kerensky de julio de 1917 con una valentía que sorprendió a propios y enemigos. No cambiaron el curso de la guerra, pero demostraron algo que nadie podía negar: que las mujeres podían combatir tan bien como los hombres si se les daba la oportunidad.
La propaganda: entre el reconocimiento y la manipulación
Los gobiernos de ambos bandos utilizaron activamente la imagen de la mujer en sus campañas de propaganda, aunque de maneras muy distintas. En Gran Bretaña, los carteles animaban a las mujeres a animar a sus hombres a alistarse, a trabajar en las fábricas de municiones, a ahorrar alimentos para el esfuerzo de guerra. La mujer era presentada como el sostén moral de la nación, el pilar del frente interno.
Los carteles británicos de propaganda que proclamaban que los soldados dependían de las mujeres que fabricaban las municiones daban a las mujeres la sensación de que su contribución laboral sería importante y reconocida. Era una promesa que, como veremos, no se cumpliría del todo.
Mientras tanto, en Alemania la movilización de las mujeres no fue exitosa debido a que no eran bien pagadas y perfilaron sus esfuerzos a las labores domésticas. La ideología más conservadora del estado alemán respecto al papel de la mujer, resumida en el concepto de las "tres K" (Kinder, Küche, Kirche: niños, cocina, iglesia), limitó la movilización femenina en comparación con Gran Bretaña o Francia.
El precio pagado: salud, familia y promesas incumplidas
La contribución de las mujeres a la guerra tuvo un coste enorme que rara vez se menciona. Las trabajadoras de las fábricas de municiones sufrían enfermedades crónicas por la exposición a productos tóxicos. Las mujeres que trabajaban en las fábricas de municiones se enfrentaban a trabajos arduos y a condiciones adversas. Muchas de las que sobrevivieron a la guerra arrastraron problemas de salud durante el resto de sus vidas, sin reconocimiento ni compensación.
Las familias se reorganizaron de maneras que habrían parecido imposibles antes de la guerra. Conforme las mujeres tomaban empleos fuera de casa, muchas dependían de guarderías irregulares o se veían obligadas a dejar a los niños desatendidos. El equilibrio entre el trabajo en la fábrica y las responsabilidades domésticas recayó enteramente sobre ellas, sin que nadie lo reconociera como una carga extraordinaria.
Y cuando la guerra terminó, llegó la mayor decepción. Aunque el rol de las mujeres se había expandido considerablemente durante la guerra, una vez que terminó, muchas de ellas fueron relegadas nuevamente a los espacios domésticos, y los trabajos que habían ocupado temporalmente fueron recuperados por los hombres. Los hombres que volvieron del frente reclamaron sus puestos, y los gobiernos que habían pedido a las mujeres que salvaran la economía nacional les pidieron ahora que volvieran a casa.
Era una traición silenciosa pero brutal. Las mismas mujeres que habían fabricado los proyectiles que ganaron la guerra fueron despedidas para dejar paso a los veteranos.
El legado: el voto y el camino hacia la igualdad
Y sin embargo, algo había cambiado de manera irreversible. La demostración práctica de que las mujeres podían hacer cualquier trabajo que hasta entonces se consideraba masculino hizo insostenibles los argumentos contra el sufragio femenino. Era imposible decirle a una mujer que había fabricado obuses durante cuatro años, que había conducido ambulancias bajo el fuego enemigo, que había salvado vidas en hospitales de campaña, que no era lo suficientemente competente para votar.
En 1918, Gran Bretaña concedió el derecho al voto a las mujeres mayores de 30 años. En 1928, la edad se redujo a 21, igual que para los hombres. En Alemania, las mujeres obtuvieron el sufragio en 1918. En Estados Unidos, en 1920. El camino no fue lineal ni inmediato, y en muchos países tardó décadas más. Pero la Primera Guerra Mundial fue el punto de inflexión que hizo inevitable lo que antes parecía imposible.
La Primera Guerra Mundial fue un punto de inflexión para las mujeres. Aunque no fue un proceso inmediato ni lineal, la guerra permitió que las mujeres demostraran su valía en casi todos los aspectos de la vida pública y laboral.
Conclusión: las soldados invisibles
La historia de las mujeres en la Primera Guerra Mundial es la historia de millones de personas que hicieron todo lo que se les pidió, y más, sin el reconocimiento que merecían. Fabricaron las municiones, curaron a los heridos, cultivaron los campos, espiaron al enemigo, condujeron los tranvías, mantuvieron en marcha la economía. Algunas murieron en fábricas que explotaban, en hospitales bombardeados, frente a pelotones de fusilamiento.
Lo que la guerra les dio no fue glamour ni gloria. Les dio la demostración irrefutable de su propio valor. Y esa demostración, por silenciosa que fuera, cambió el mundo.
Hoy, más de cien años después, sus nombres en su mayoría han sido olvidados. Pero las consecuencias de lo que hicieron siguen con nosotros: en el derecho al voto, en el acceso al trabajo, en la posibilidad de que una mujer pueda hacer cualquier cosa que un hombre puede hacer. Todo eso tiene raíces, en parte, en las fábricas de municiones, los hospitales de campaña y los campos de Flandes de 1914 a 1918.