La Batalla de Gallipoli (1915-1916): el desastre que cambió la historia de tres naciones

Descripción del post: En febrero de 1915, Winston Churchill ideó un plan audaz para romper el estancamiento de la guerra: atacar al Imperio Otomano por los Dardanelos, tomar Estambul y abrir una ruta hacia Rusia. El resultado fue uno de los mayores desastres militares de la Primera Guerra Mundial. Casi 700.000 bajas, la dimisión de Churchill y el nacimiento de la identidad nacional de Australia y Nueva Zelanda. Esta es la historia completa de la Batalla de Gallipoli.

BATALLAS WWI

5/1/202614 min read

Datos clave de la batalla

Fechas Febrero 1915 — 9 enero 1916

Lugar Península de Gallipoli, Imperio Otomano (actual Turquía)

Contendientes Reino Unido, Francia, Australia, Nueva Zelanda vs Imperio Otomano y Alemania

Bajas aliadas~265.000 Bajas otomanas~300.000 Bajas totales~565.000 — ~700.000

Comandante aliado General Ian Hamilton / General Charles Monro

Comandante otomano General Otto Liman von Sanders / Mustafá Kemal

ResultadoVictoria otomana — evacuación aliada

El contexto: una guerra que no avanzaba

En enero de 1915, la Primera Guerra Mundial llevaba apenas seis meses y ya estaba completamente atascada. En el frente occidental, ambos bandos se habían enterrado en trincheras desde el Canal de la Mancha hasta la frontera suiza, y nadie conseguía hacer progresos significativos. En el frente oriental, los rusos se batían en retirada tras sufrir una dura derrota a manos de los alemanes en Tannenberg. Y para complicar aún más las cosas, el Imperio Otomano había entrado en la guerra del lado de las Potencias Centrales en noviembre de 1914, extendiendo el conflicto a Oriente Medio.

Fue en ese contexto de estancamiento y frustración donde Winston Churchill, por entonces Primer Lord del Almirantazgo, concibió lo que consideraba un plan maestro para cambiar el curso de la guerra de un solo golpe.

El plan de Churchill: brillante en teoría, desastroso en práctica

La lógica del plan era impecable sobre el papel. Los Dardanelos eran el estrecho que separaba el Mar Egeo del Mar de Mármara, y más allá estaba Estambul, capital del Imperio Otomano. Si los aliados podían forzar el paso de los Dardanelos con su flota y tomar Estambul, conseguirían varias cosas a la vez: sacar a los otomanos de la guerra, abrir una ruta marítima para suministrar armas a Rusia —cuyo Bósforo y Dardanelos estaban cerrados al tráfico aliado desde otoño de 1914— y posiblemente arrastrar a Bulgaria y Grecia al bando aliado, abriendo un nuevo frente contra Alemania por los Balcanes.

Churchill reunió un contingente de 75.000 hombres formado por regimientos indios, nepaleses, británicos y divisiones australianas y neozelandesas. El plan preveía que la operación duraría apenas unas horas o días. La realidad sería muy diferente.

Había un problema fundamental que los planificadores aliados ignoraron deliberadamente: el Imperio Otomano no era el enemigo débil y desorganizado que imaginaban. Sus defensas en los Dardanelos eran sólidas, estaban bien ubicadas en los acantilados que dominaban el estrecho, y contaban con algo que los aliados no habían previsto: campos de minas.

El fracaso naval: 18 de marzo de 1915

La campaña comenzó el 19 de febrero de 1915 con un bombardeo masivo desde buques de guerra británicos y franceses contra los fuertes otomanos que defendían el estrecho. Los primeros días parecieron prometedores: la flota aliada progresaba lentamente pero avanzaba, bombardeando las baterías de costa mientras los barreminas intentaban limpiar el canal.

Pero el 18 de marzo de 1915 llegó el desastre naval. Cuando la flota aliada había superado los fuertes exteriores y se acercaba a la última serie de defensas, alcanzó un campo de minas recientemente colocado y no detectado. Resultaron hundidos, varados o gravemente dañados los barcos de guerra franceses Bouvet y Gaulois y el británico Océano, y los cruceros británicos Irresistible e Inflexible.

El almirante británico John De Robeck retiró su flota. Perder más buques de guerra en un campo de minas no era una opción. En Londres se felicitaron brevemente por los avances iniciales, pero nadie parecía darse cuenta de que con el bombardeo habían señalado claramente a Gallipoli como su objetivo, y que un ataque por sorpresa ya era totalmente inviable.

La decisión cambió la estrategia: se pasaría del bombardeo naval al desembarco de tropas. Era el primer gran desembarco anfibio del siglo XX, precedente del legendario Día D en Normandía casi tres décadas después. Pero a diferencia de Normandía, en Gallipoli nada saldría como estaba planeado.

Los preparativos: el enemigo se prepara mientras los aliados dudan

Entre el fracaso naval del 18 de marzo y el desembarco del 25 de abril pasaron más de cinco semanas. Fue un regalo para los defensores otomanos. El general alemán Otto Liman von Sanders, que comandaba las fuerzas otomanas en la región, aprovechó cada día para reforzar las defensas, colocar alambradas en las playas, excavar trincheras en los acantilados y posicionar artillería en las alturas que dominaban todos los puntos de desembarco posibles.

Entre sus subordinados destacaba un joven comandante de división que ya había demostrado dotes excepcionales de liderazgo: el teniente coronel Mustafá Kemal, al mando de la 19ª División Otomana. Kemal estudió el terreno meticulosamente, anticipó los puntos de desembarco más probables y preparó a sus hombres para responder con rapidez. Su momento llegaría antes de lo que nadie imaginaba.

Los aliados, mientras tanto, acumulaban problemas logísticos. Los barcos habían sido cargados sin pensar en un desembarco anfibio: el equipo necesario en primer lugar estaba enterrado bajo toneladas de material. Tuvieron que descargar todo en el puerto de Alejandría y volver a cargar correctamente, perdiendo semanas preciosas. No se disponía de buenas barcazas de desembarco. Los mapas de la península eran deficientes. El factor sorpresa, si es que alguna vez existió, había desaparecido por completo.

25 de abril de 1915: el día que definió a una nación

A las 3 de la madrugada del 25 de abril de 1915, el impresionante convoy de buques y tropas se puso en movimiento. Unos 70.000 hombres se disponían a desembarcar en varios puntos de la península de Gallipoli simultáneamente.

Las principales zonas de desembarco eran dos: el Cabo Helles en el extremo sur de la península, donde desembarcaría la 29ª División Británica, y más al norte, una pequeña bahía que pasaría a la historia con el nombre de ANZAC Cove (Ensenada ANZAC), donde desembarcarían las tropas australianas y neozelandesas del Cuerpo de Ejército de Australia y Nueva Zelanda.

El desastre en ANZAC Cove

Los ANZACs fueron desembarcados por error en una serie de playas al sur de Suvla, donde se encontraron con la fuerte resistencia de los defensores al mando de Mustafá Kemal. El terreno era completamente diferente al que esperaban: en lugar de playas suaves y abiertas, encontraron acantilados escarpados y barrancos profundos que hacían casi imposible el avance. Y desde esas alturas, los otomanos los recibieron con fuego de ametralladora.

Mustafá Kemal, avisado del desembarco en la madrugada, reaccionó con una velocidad y determinación extraordinarias. Según el relato histórico, encontró a sus propios soldados retrocediendo hacia las posiciones traseras. Les preguntó por qué huían. "Los enemigos, señor", respondieron. Kemal no dudó un instante: "No os ordeno que ataquéis. Os ordeno que muráis. En el tiempo que pasa entre nuestra muerte y nuestra sustitución, otras tropas y otros comandantes podrán tomar nuestras posiciones". Sus hombres obedecieron. Los australianos y neozelandeses no pudieron avanzar más allá de los primeros acantilados.

Al anochecer del primer día, los generales ANZAC Bridges y Godley recomendaron retirar a sus tropas de vuelta a los barcos. La posición era insostenible. Pero el general Hamilton, desde su barco en el mar, respondió con un telegrama tajante: resistir, atrincherarse y aguantar. No había vuelta atrás.

Cabo Helles: éxito inicial, oportunidad desperdiciada

En Helles, al sur, el desembarco fue relativamente más ordenado. La 29ª División británica logró establecer una cabeza de playa con menos resistencia que en ANZAC Cove. Por un momento pareció que había una oportunidad real de avanzar hacia el interior de la península.

En Helles el desembarco fue más tranquilo, pero el general en jefe británico Ian Hamilton no supo aprovechar el momento y dejó a sus soldados en la playa, dando así tiempo a los turcos de atrincherarse. Fue un error que tendría consecuencias fatales. Cuando los británicos finalmente intentaron avanzar, encontraron las alturas que dominaban la península ya ocupadas y fortificadas. La oportunidad de los primeros horas se había evaporado.

Trincheras bajo el sol: la guerra se estanca de nuevo

En cuestión de días, Gallipoli se convirtió en una repetición exacta del frente occidental, pero con peores condiciones climáticas. Las tropas aliadas quedaron atrapadas en pequeñas cabezas de playa entre el mar y las colinas de Turquía, en un territorio que apenas medía unos pocos kilómetros de profundidad.

Las diferencias con el frente occidental eran, si cabe, aún más brutales. En Flandes y Francia, al menos había tierra firme detrás de las trincheras donde descansar. En Gallipoli, los soldados vivían literalmente entre el mar y las trincheras turcas, sin espacio para retirarse, sin sombra, con un calor abrasador en verano que superaba los 40 grados, sin agua suficiente que no fuera suministrada por barco desde Egipto, a más de mil kilómetros de distancia.

Desde esa fecha de abril hasta el fin de la evacuación de las tropas en enero de 1916, las tropas aliadas se vieron copadas en las playas entre el calor, la masificación, la necesidad de recibir por las playas hasta el agua misma, las ofensivas frustradas y los francotiradores otomanos.

Las enfermedades hicieron estragos. La disentería y el tifus se extendieron por los campamentos con una virulencia que las condiciones de calor extremo favorecían. Los cadáveres de ambos bandos se descomponían rápidamente bajo el sol, envenenando el agua y el aire. Había momentos en que ambos bandos acordaban treguas informales para enterrar a sus muertos, momentos de humanidad extraña en medio de la carnicería.

Mustafá Kemal: el defensor que se convertiría en padre de una nación

Si hay un nombre que define la Batalla de Gallipoli desde el lado otomano, es el de Mustafá Kemal. A lo largo de toda la campaña, Kemal demostró un instinto táctico y una capacidad de liderazgo que lo elevarían primero a héroe nacional y luego al puesto más alto de la nueva Turquía.

En los momentos más críticos de la batalla, fue siempre Kemal quien aparecía en el punto exacto donde la defensa estaba a punto de ceder. Dirigía personalmente los contraataques, exponiendo su propia vida con una indiferencia al peligro que sus hombres encontraban tanto inspiradora como desconcertante. En un momento especialmente peligroso, se cuenta que cuando una bala le alcanzó el reloj de bolsillo que llevaba en el pecho, lo que le salvó la vida, Kemal apenas pestañeó.

Su actuación en Gallipoli lo convirtió en el héroe más popular de Turquía. Después de la guerra, usaría esa popularidad para liderar la revolución que transformó el Imperio Otomano en la República de Turquía, convirtiéndose en su primer presidente con el nombre de Atatürk (Padre de los Turcos). Sin Gallipoli, no habría habido Atatürk. Sin Atatürk, la Turquía moderna no existiría tal como la conocemos.

Las batallas de Krithia: fracasos repetidos

A lo largo de mayo y junio de 1915, los aliados lanzaron una serie de ataques frontales para intentar capturar la aldea de Krithia y la meseta de Achi Baba, posiciones elevadas que dominaban el Cabo Helles y desde las que podría controlarse gran parte de la península.

Hubo tres batallas de Krithia, en mayo, junio y agosto. Todas fracasaron. Cada asalto costaba miles de bajas sin obtener ningún avance significativo. Los turcos defendían cada metro de terreno con una tenacidad que sorprendió a los planificadores aliados, que habían subestimado gravemente al ejército otomano.

Esta falta de iniciativa por parte de Hamilton convirtió la campaña en una guerra de trincheras no muy diferente a la del frente occidental, donde cada ataque británico era rechazado de manera sangrienta con hasta 10.000 bajas por asalto.

La crisis política: Churchill dimite

En Londres, el fracaso de Gallipoli estaba teniendo consecuencias políticas devastadoras. El 15 de mayo de 1915, el primer lord del mar, almirante Fisher, dimitió en protesta por la gestión de la campaña. La crisis política que siguió obligó al gobierno del primer ministro Asquith a formar un gobierno de coalición.

Churchill, el principal protagonista de la aventura, dimitió del gobierno y fue a mandar un batallón de infantería en Francia. El hombre que había diseñado la operación, convencido de que cambiaría el curso de la guerra, se encontró de repente fuera del poder, humillado públicamente, con su carrera aparentemente destruida. Tardaría años en recuperarse políticamente. Solo la Segunda Guerra Mundial le daría la oportunidad de redimirse.

La dimisión de Churchill fue un punto de inflexión. Por primera vez, la opinión pública británica comenzó a cuestionar abiertamente la competencia de sus líderes militares y políticos. La confianza ciega en que las decisiones venían de arriba era correcta empezaba a resquebrajarse.

El intento de agosto: la última oportunidad

En agosto de 1915, con la campaña claramente estancada, Hamilton diseñó un último intento de romper el estancamiento. El plan era triple: un nuevo desembarco en la Bahía de Suvla, al norte de ANZAC Cove, combinado con un ataque desde la Ensenada ANZAC hacia las alturas de Chunuk Bair, y un ataque de diversión en Cabo Helles.

El desembarco en Suvla el 6 de agosto de 1915 comenzó relativamente bien. Las fuerzas otomanas en esa zona eran escasas y los británicos lograron establecerse en la playa sin demasiada resistencia. Era el momento de avanzar rápidamente hacia las alturas antes de que llegaran los refuerzos turcos.

Pero el comandante del desembarco, el general Frederick Stopford, cometió el mismo error que Hamilton en abril: no avanzó con suficiente rapidez. Sus tropas, en gran parte reclutas sin experiencia, se detuvieron en la playa a descansar y tomar té mientras las pocas defensas turcas que había en la zona quedaban sin explotar. El nuevo desembarco en la Bahía Suvla logró muy poco, ya que rápidamente una fuerza al mando de Kemal bloqueó el avance británico.

En las alturas de Chunuk Bair, las tropas ANZAC lograron brevemente lo que nadie había conseguido hasta entonces: capturar una de las posiciones más elevadas de la península. Por unas horas, parecía que el estancamiento podría romperse. Pero los contraataques otomanos, liderados personalmente por Kemal, los expulsaron de la colina. La última oportunidad real de victoria aliada en Gallipoli había pasado.

La decisión inevitable: la evacuación

En noviembre de 1915, lord Kitchener visitó personalmente Gallipoli y quedó horrorizado por lo que vio. En su informe a Londres escribió que las fuerzas aliadas "mantienen una línea defensiva vulnerable en casi toda su longitud". La recomendación era clara: evacuar.

Después del fiasco de Bahía Suvla, el general Hamilton fue destituido y reemplazado por el general Charles Monro, quien recomendó retirarse de una batalla perdida hacía tiempo.

La evacuación era una operación peligrosísima. Si los otomanos descubrían que los aliados estaban retirándose, podían atacar en masa y convertir la retirada en una masacre. Era necesario mantener el engaño de que la actividad normal continuaba mientras se evacuaban silenciosamente miles de hombres cada noche.

Los ingenieros militares diseñaron fusiles automáticos conectados a recipientes de agua con temporizadores que disparaban a intervalos irregulares para simular actividad en las trincheras mientras los últimos soldados se alejaban hacia los barcos. El truco funcionó a la perfección.

Entre el 10 de diciembre de 1915 hasta el 8 de enero de 1916 los británicos evacuaron Bahía Suvla, Ensenada ANZAC y Cabo Helles, sin una sola baja, el único éxito de tan nefasta campaña.

El 9 de enero de 1916, los últimos soldados aliados abandonaron la península de Gallipoli. La campaña había terminado. Nueve meses después del primer desembarco, exactamente en el mismo lugar donde habían empezado, sin nada que mostrar excepto las tumbas de sus compañeros.

El balance: casi 700.000 bajas por nada

El coste humano de Gallipoli fue devastador para ambos bandos. Los británicos tuvieron aproximadamente un cuarto de millón de bajas incluyendo australianos y neozelandeses. Los franceses sufrieron cerca de 50.000 bajas. Por su parte el Imperio otomano soportó 250.000 bajas.

En total, casi 900.000 combatientes participaron en la campaña, de los cuales más de 455.000 fueron bajas. Algunas estimaciones elevan la cifra total de bajas de ambos bandos a casi 700.000.

Y todo ello para terminar exactamente donde habían empezado. La ruta a Rusia seguía cerrada. El Imperio Otomano seguía en guerra. Estambul nunca fue amenazada seriamente. Bulgaria, en lugar de unirse a los aliados como Churchill esperaba, entró en la guerra del lado de las Potencias Centrales en octubre de 1915, en parte animada por el fracaso aliado en Gallipoli.

El legado de Atatürk: palabras que trascienden la guerra

Quizás el legado más extraordinario de Gallipoli sea el que dejó el propio Mustafá Kemal. Décadas después de la batalla, ya como Atatürk y presidente de Turquía, pronunció las palabras que hoy están grabadas en el memorial de ANZAC Cove y que siguen siendo uno de los gestos más generosos de un vencedor hacia sus enemigos caídos:

"¡Aquellos héroes que derramaron su sangre y perdieron sus vidas! Ahora yacéis en la tierra de un país amigo. En adelante descansad en paz. Para nosotros no hay diferencia entre los Johnnies y los Mehmets, pues yacen uno junto al otro aquí en este país nuestro. Madres que enviasteis a vuestros hijos desde países lejanos, limpiad vuestras lágrimas; vuestros hijos yacen ahora en nuestro seno y están en paz. Habiendo perdido sus vidas en esta tierra, se han convertido en nuestros hijos también."

Estas palabras, escritas en 1934, siguen siendo leídas cada 25 de abril en las ceremonias del ANZAC Day en Gallipoli. El hombre que ordenó a sus soldados morir antes que retroceder se convirtió también en el hombre que honró a sus enemigos con una generosidad extraordinaria.

El nacimiento de dos naciones: el ANZAC Day

Para Australia y Nueva Zelanda, Gallipoli fue algo más que una derrota militar. Fue el bautismo de fuego de sus ejércitos como entidades nacionales independientes, el momento en que dos países jóvenes demostraron al mundo, y a sí mismos, de qué estaban hechos.

Esta ofensiva es considerada uno de los hitos históricos más importantes de la identidad australiana. Porque aunque Australia irrumpe en la historia como país independiente del Imperio Británico en 1901, los seis antiguos territorios coloniales que lo formaban seguían actuando por libre. Gallipoli fue el momento en que Australia se sintió una nación.

El 25 de abril es un día nacional de conmemoración en Australia y Nueva Zelanda. Cada año, miles de personas viajan a Gallipoli para los servicios del amanecer en Ensenada ANZAC, en honor a quienes lucharon y murieron en la campaña.

El ANZAC Day es hoy el día más solemne del calendario australiano y neozelandés, más importante que cualquier fiesta nacional. Los soldados que murieron en esas playas turcas se convirtieron en los fundadores simbólicos de la identidad nacional de sus países.

Las consecuencias políticas: el fin de Churchill (por ahora)

La campaña tuvo graves repercusiones políticas y diplomáticas. Dio la impresión en todo el mundo de que los aliados eran militarmente incompetentes. En el gobierno, la administración liberal de Asquith fue reemplazada por su gobierno de coalición. Churchill dimitió del gobierno y fue a comandar un batallón de infantería en Francia. En definitiva, la campaña aceleró la dimisión de Asquith y su reemplazo como primer ministro por David Lloyd George, en diciembre de 1916.

Para Churchill, Gallipoli fue la mayor humillación de su vida política. Un hombre que se consideraba un genio estratégico vio su reputación destruida por una campaña que él mismo había diseñado. Solo la Segunda Guerra Mundial, veinticinco años después, le daría la oportunidad de redimirse ante la historia.

Hasta el Desembarco de Normandía en 1944, y debido al enorme número de bajas, se generó entre los mandos del Ejército británico una enorme reticencia a desembarcar en playas controladas por el enemigo, a veces conocida como "síndrome de Gallípoli".

Conclusión: el precio de la arrogancia

La Batalla de Gallipoli es uno de los ejemplos más estudiados en la historia militar de cómo la arrogancia estratégica, la subestimación del enemigo y la incompetencia en la ejecución pueden convertir un plan brillante en un desastre catastrófico.

Churchill tenía razón en el concepto: abrir los Dardanelos habría cambiado el curso de la guerra. Pero el plan fue ejecutado con una combinación fatal de imprevisión, tardanza, mandos inadecuados y una confianza ciega en que el Imperio Otomano se rendiría sin apenas resistencia. Los turcos no se rindieron. Lucharon con un valor y una determinación que sus enemigos no supieron anticipar.

Hoy, la parte occidental de la península es un conjunto de cementerios y memoriales, cada cual más conmovedor, a los caídos en esos combates. Se calcula que hay más de cien mil personas enterradas, muchas de ellas sin identificar.

Gallipoli cambió tres naciones para siempre. Destruyó y luego forjó la carrera de Churchill. Convirtió a Mustafá Kemal en Atatürk y creó la Turquía moderna. Y dio a Australia y Nueva Zelanda su mito fundacional, el relato de sacrificio y valentía sobre el que construyeron su identidad como naciones adultas e independientes.