El Káiser Guillermo II: el emperador que quiso dominar el mundo y perdió todo

Nacido con un brazo paralítico y una relación tormentosa con su madre inglesa, Guillermo II llegó al trono alemán en 1888 con una energía desbordante y una ambición sin límites. Despidió a Bismarck, lanzó Alemania hacia el colonialismo y la carrera naval, y condujo al Imperio hacia la Primera Guerra Mundial. En 1918, abdicó en el exilio y pasó el resto de su vida cortando leña en los Países Bajos. Esta es la historia del último Káiser.

PERSONAJES WWI

5/2/202613 min read

Hay personajes históricos que parecen demasiado complejos para ser comprendidos con un solo juicio. Guillermo II de Alemania es uno de ellos. Para sus contemporáneos británicos, fue "el Káiser", el villano de la Gran Guerra, el hombre que quería dominar el mundo. Para los historiadores modernos, es una figura mucho más matizada: un hombre brillante pero inestable, valiente pero imprudente, que heredó uno de los imperios más poderosos de la historia y lo condujo, con una mezcla de orgullo, torpeza y mala suerte, hacia su destrucción total.

Su historia es también la historia de cómo Europa llegó a la Primera Guerra Mundial: no por la maldad de un hombre, sino por la suma de décadas de decisiones equivocadas, de sistemas que se alimentaban solos, de hombres que creían tener el control de fuerzas que en realidad los superaban.

Un nacimiento marcado por el dolor

Guillermo II nació en Berlín el 27 de enero de 1859, hijo del príncipe Federico de Prusia y la princesa Victoria de Inglaterra, hija mayor de la reina Victoria. Era, por tanto, nieto de la reina más poderosa del mundo y miembro de la familia real más influyente de Europa.

Pero su nacimiento estuvo marcado por un drama médico que condicionaría toda su vida. Nació con una deformidad del brazo, debido a dificultades en el parto. El brazo izquierdo quedó atrofiado, varios centímetros más corto que el derecho, con una movilidad muy limitada. Para un príncipe destinado a liderar ejércitos y encarnar la virilidad militar prusiana, era una carga psicológica enorme.

Los médicos intentaron todo tipo de tratamientos, algunos francamente brutales para los estándares modernos: el brazo era sometido a corrientes eléctricas, colocado en arneses para estirar los músculos, ejercitado hasta el agotamiento. Ninguno funcionó del todo. Guillermo aprendió a disimular la deformidad en los retratos y en las apariciones públicas, colocando siempre el brazo izquierdo de una manera que minimizara la diferencia visible. Pero la conciencia de esa diferencia lo persiguió toda su vida.

Su relación con su madre, la princesa Victoria, fue igualmente complicada. Ella era una mujer inteligente, profundamente anglófila, convencida de que Prusia necesitaba liberalizarse y modernizarse siguiendo el modelo británico. Guillermo vivió su educación como una imposición de valores extranjeros, una crítica constante implícita. Cuando llegó al poder, su primera reacción fue rechazar todo lo que su madre representaba. Y sin embargo, paradójicamente, admiró toda su vida al Imperio Británico con una intensidad que rayaba en la obsesión.

El año de los tres emperadores: 1888

Al morir su abuelo el emperador Guillermo I y su padre Federico con pocos meses de diferencia en 1888, el año de los tres emperadores, Guillermo ascendió al trono como emperador alemán y rey de Prusia. Tenía 29 años. Era joven, enérgico, lleno de ideas y de una impaciencia que sus colaboradores encontraban estimulante al principio y agotadora con el tiempo.

El Imperio que heredaba era extraordinario: la potencia industrial más dinámica de Europa, un ejército considerado el mejor del mundo, una cultura que producía a Wagner, Nietzsche y Einstein, una burguesía próspera y educada. Bismarck había construido durante veinte años un sistema de alianzas diplomáticas que mantenía a Alemania en el centro de Europa sin provocar guerras. Todo estaba en orden.

Guillermo II tardaría menos de dos años en desmontar ese orden.

La caída de Bismarck: el aprendiz despide al maestro

Entre sus primeras decisiones estuvo el despido del canciller Otto von Bismarck el 20 de marzo de 1890. La imagen que quedó para la historia fue la del famoso grabado "Dropping the Pilot" (Dejando caer al piloto), publicado en la revista británica Punch: un enorme barco navegando en aguas tranquilas mientras el pequeño piloto que lo había guiado durante veinte años descendía por la escalerilla. Era una metáfora perfecta.

¿Por qué lo despidió? Las razones fueron varias y ninguna del todo decisiva. Guillermo quería gobernar personalmente, sin intermediarios que filtraran su visión. Bismarck, acostumbrado a ser el verdadero poder detrás del trono durante décadas, no estaba dispuesto a convertirse en un subordinado decorativo. El enfrentamiento entre los dos hombres fue inevitable.

Deseando gobernar personalmente, hizo dimitir a Bismarck de la cancillería, que fue en adelante instrumento dócil de sus deseos imperiales. Lo que Guillermo no comprendió en ese momento era que Bismarck no era simplemente un canciller más: era el arquitecto de un sistema diplomático extraordinariamente complejo que solo funcionaba porque él lo entendía y lo manejaba. Sin Bismarck, el sistema empezó a desmoronarse.

El primer error fue no renovar el Tratado de Reaseguro con Rusia, que Bismarck había mantenido en secreto precisamente para evitar que Rusia se aliara con Francia. Sin ese tratado, Rusia buscó nuevos aliados. Y los encontró exactamente donde Bismarck nunca habría querido: en París. La pesadilla del gran canciller, la guerra en dos frentes, comenzó a hacerse realidad.

La Weltpolitik: Alemania quiere su lugar bajo el sol

Con Bismarck fuera del camino, Guillermo II lanzó Alemania hacia lo que él llamaba la Weltpolitik, la política mundial. La idea era simple y ambiciosa: Alemania no podía seguir siendo una potencia meramente continental. Necesitaba colonias, rutas comerciales globales, una marina de guerra que proyectara su poder en todos los océanos. Necesitaba, en definitiva, su "lugar bajo el sol", como dijo su canciller Bülow en un famoso discurso parlamentario.

Con el objetivo de acrecentar el poderío germano y de conseguir para su país un alto puesto en la esfera de la Weltpolitik, no perdió ocasión de llevar a efecto una audaz política de expansión colonial. Cultivando la amistad con Turquía, fomentó al mismo tiempo los intereses comerciales y financieros de Alemania con el Próximo Oriente.

El problema era que la Weltpolitik chocaba directamente con los intereses de las potencias coloniales establecidas, especialmente Gran Bretaña y Francia. Cada vez que Alemania intentaba expandirse, encontraba que el mundo ya estaba repartido. Y cada intento de forzar una redistribución generaba crisis diplomáticas que deterioraban las relaciones con potencias que de otro modo podrían haber sido aliadas.

En 1905, una visita de Estado a Marruecos en el momento oportuno aumentó las sospechas en Francia de que el Káiser tenía ambiciones imperialistas allí. La crisis de Marruecos de 1905 y la segunda de 1911 terminaron sin guerra, pero dejaron a Francia y Gran Bretaña más unidas que nunca y a Alemania más aislada diplomáticamente.

La carrera naval: el error que cambió el mundo

El aspecto más explosivo de la Weltpolitik fue la decisión de construir una flota naval capaz de rivalizar con la Royal Navy británica. En 1897, Guillermo II encargó al almirante Alfred von Tirpitz la construcción de esa flota. Las leyes navales de 1898 y 1900 abrieron el grifo del gasto y los astilleros alemanes comenzaron a trabajar a pleno rendimiento.

Para Gran Bretaña, cuya hegemonía mundial descansaba sobre el dominio de los mares desde Trafalgar, la idea de que Alemania pudiera desafiar ese dominio naval era sencillamente inaceptable. La respuesta fue una carrera armamentística naval que durante quince años consumió ingentes recursos de ambos países y, más importante, transformó la percepción británica de Alemania: de competidor económico a amenaza existencial.

La personalidad decidida e impaciente de Wilhelm era desesperadamente inadecuada para asuntos de diplomacia y política exterior. Varios de sus comentarios abiertos y juicios erróneos alimentaron las tensiones europeas en la década anterior a la Primera Guerra Mundial.

La carrera naval empujó a Gran Bretaña a abandonar su tradicional política de aislamiento y unirse a la Triple Entente con Francia y Rusia. Sin la amenaza naval alemana, es probable que Gran Bretaña nunca hubiera entrado en la guerra de 1914.

Una personalidad contradictoria

Para entender a Guillermo II, hay que entender que era un hombre profundamente contradictorio. Sus contemporáneos lo describían con adjetivos opuestos: brillante e impulsivo, encantador e intimidante, generoso e irascible. Guillermo II tenía una personalidad compleja, brutal para algunos, manipulador excesivo para otros, en suma una personalidad que algunos historiadores han tildado de megalómana extrema, poco tolerante y avasallante.

Era un orador apasionante capaz de electrizar a una multitud, pero también un hombre que metía la pata con una regularidad asombrosa en momentos diplomáticos críticos. El Kaiser era notoriamente racista y propenso a comentarios incendiarios y estereotipos. Sus discursos y entrevistas periódicamente causaban escándalos internacionales que sus cancilleres y diplomáticos luego tenían que gestionar con enorme esfuerzo.

El episodio más famoso fue la entrevista que concedió al periódico británico Daily Telegraph en 1908. En ella, Guillermo afirmaba ser amigo de Gran Bretaña, señalaba que había enviado personalmente a la reina Victoria un plan estratégico durante la Guerra de los Boers, y sugería que los alemanes en general no eran amigos de los ingleses. El resultado fue un escándalo mayúsculo en ambos países: en Gran Bretaña porque el Kaiser parecía interferir en asuntos militares, en Alemania porque el Kaiser había hablado despectivamente de sus propios súbditos. El Reichstag exigió que el canciller controlara mejor las intervenciones del emperador. Fue la mayor crisis política interna de su reinado.

Los telegramas Willy-Nicky: familia contra política

Uno de los aspectos más fascinantes y trágicos de la situación prebélica fue la relación personal entre Guillermo II y el zar Nicolás II de Rusia, que eran primos en segundo grado. Como nieto mayor de la reina Victoria, sus primos hermanos incluían al rey Jorge V del Reino Unido, la zarina Alejandra Fiódorovna de Rusia y a las reinas María de Rumania y Victoria Eugenia de España.

Guillermo y Nicolás mantenían una correspondencia personal que los historiadores conocen como los "telegramas Willy-Nicky", en la que los dos emperadores se tuteaban, se llamaban por sus apodos de infancia y discutían los asuntos de Europa con una mezcla de afecto familiar y desorientadora ingenuidad política.

Sus intentos por evitar una guerra con Rusia por medio de un intercambio de telegramas con Nicolás II en los últimos días antes del estallido de la Primera Guerra Mundial no surtieron efecto debido a la realidad política de las potencias europeas. Cuando en los últimos días de julio de 1914 la crisis se aceleró hacia la guerra, Guillermo y Nicolás intercambiaron desesperadamente mensajes personales intentando frenar la maquinaria. Era demasiado tarde. Los sistemas de alianzas, los planes militares que llevaban años preparados, la lógica de la movilización, eran más fuertes que los deseos personales de dos primos que no querían matarse el uno al otro.

El cheque en blanco y el camino a la guerra

El papel de Guillermo II en el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial ha sido uno de los debates históricos más intensos del siglo XX. La referencia británica contemporánea de la Primera Guerra Mundial de ser la "Guerra del Káiser" es vista actualmente como infundada y hasta cierto punto injusta al sugerir que Guillermo II fuera personalmente culpable de desatar el conflicto.

Lo que sí es cierto es que Guillermo II firmó el llamado "cheque en blanco" el 5 de julio de 1914, garantizando a Austria-Hungría el apoyo incondicional de Alemania frente a Serbia, independientemente de las consecuencias. Era una decisión extraordinariamente irresponsable: dar a Viena carta blanca para actuar contra Serbia sabiendo que eso podía arrastrar a Rusia y con ella a toda Europa a la guerra.

Cuando se hizo obvio que Alemania experimentaría una guerra en dos frentes, y que el Reino Unido entraría en guerra si Alemania atacaba Francia a través de Bélgica, el pánico llevó a Guillermo a intentar redirigir el ataque principal hacia Rusia. Llamó a su jefe del Estado Mayor, el general Moltke, y le preguntó si era posible movilizar el ejército solo hacia el este, contra Rusia, dejando a Francia fuera. Moltke le respondió que era imposible: los planes de movilización llevaban años preparados y no podían cambiarse en 24 horas. Guillermo se quedó en silencio. Según se dice, exclamó: "se arrepentirán de esto, caballeros".

La guerra que había comenzado como un respaldo a Austria-Hungría se convirtió en una guerra mundial en cuestión de días. Y Guillermo II, que había querido mostrar la fuerza de Alemania, se encontró al frente de una catástrofe que nadie había sabido prever ni controlar.

El Kaiser en la guerra: un poder que se desvanece

Durante la guerra, el papel de Guillermo II fue progresivamente más decorativo que real. Los generales Hindenburg y Ludendorff tenían tal control que se les conocía como el gobierno en la sombra, mientras que al káiser le permitían celebrar cenas y animar a las tropas.

Era una situación paradójica: el hombre que había querido gobernar personalmente, que había despedido a Bismarck precisamente para no tener intermediarios, se encontró siendo un símbolo mientras otros tomaban las decisiones reales. Durante el conflicto, el emperador fue cediendo el poder militar a Hindenburg y Ludendorff, e intentó mantener el poder político.

Guillermo visitaba el frente, entregaba medallas, pronunciaba discursos. Pero las grandes decisiones estratégicas, la guerra submarina sin restricciones que acabaría trayendo a Estados Unidos al conflicto, las grandes ofensivas de 1918, se tomaban sin él o con su aprobación formal pero no con su iniciativa real. Era un Kaiser de opereta en medio de una guerra total.

Hubo momentos de lucidez. En 1917, cuando Ludendorff propuso la guerra submarina sin restricciones, Guillermo comprendió que eso llevaría a Estados Unidos a entrar en la guerra. Se opuso brevemente. Pero cedió, como cedía siempre ante sus generales cuando estos se mostraban suficientemente firmes. Era incapaz de sostener una posición difícil frente a la presión de sus colaboradores.

La abdicación: el final de un mundo

En otoño de 1918, el Imperio Alemán se desmoronaba. Las grandes ofensivas de Ludendorff habían fracasado. El ejército americano había llegado al frente con millones de soldados frescos. Los aliados avanzaban inexorablemente. En el interior, la revolución amenazaba: los marineros de Kiel se amotinaron, los consejos de obreros y soldados tomaban el control de las ciudades.

El 9 de noviembre de 1918, el canciller Max von Baden anunció la abdicación de Guillermo II como emperador de Alemania y rey de Prusia. Al día siguiente, Guillermo II cruzó la frontera hacia los Países Bajos, que se habían mantenido neutrales durante la guerra, para exiliarse.

Fue un final abrupto y humillante. El hombre que había encarnado durante treinta años la grandeza del Imperio Alemán cruzó la frontera en un tren, como un fugitivo, sin pronunciar un discurso de despedida, sin ninguna ceremonia. El Imperio de los Hohenzollern, que había durado cuarenta y siete años desde su proclamación en Versalles en 1871, terminaba en la estación de una pequeña ciudad belga.

El exilio: veinte años cortando leña en Doorn

Después de la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles intentó juzgar a Guillermo II por sus acciones, pero la reina Guillermina de los Países Bajos se negó a entregarlo. Era un precedente extraordinario: la primera vez en la historia moderna que se intentaba juzgar a un jefe de Estado por crímenes de guerra. El intento fracasó, pero marcó el camino hacia los juicios de Núremberg treinta años después.

Guillermo se estableció en Huis Doorn, una modesta mansión en los Países Bajos rodeada de jardines. Y allí pasó el resto de su vida, en un exilio que tenía algo de irreal: el hombre que había querido dominar el mundo pasaba sus días cortando leña, su pasatiempo favorito en el exilio, recibiendo visitas y reflexionando sobre lo que había sido y lo que podría haber sido.

En 1922, Guillermo II publicó el primer volumen de sus memorias. En ellas afirmaba que él no era el culpable de haber desatado la Gran Guerra y defendía su conducta a lo largo de su reinado, especialmente en materias de política exterior. Era la posición que mantendría hasta su muerte: él había querido la paz, habían sido los otros quienes habían forzado la guerra. Los historiadores, en general, han sido más comprensivos con esa interpretación de lo que lo fueron sus contemporáneos.

Cuando Hitler tomó el poder en 1933 y comenzó a rearmar Alemania, Guillermo observó desde Doorn con una mezcla de esperanza y aprensión. En un primer momento creyó que el nazismo podía ser el camino para restaurar la monarquía. Pronto se desengañó: Hitler no tenía ninguna intención de restaurar a los Hohenzollern. En sus últimas cartas, Guillermo expresó su horror ante las políticas antisemitas del régimen.

La muerte: el último Káiser

Guillermo II falleció en Doorn, Países Bajos, el 4 de junio de 1941, a los 82 años. Soldados alemanes custodiaban su residencia al enterarse de su muerte. Hitler quería que su cuerpo fuera llevado a Berlín para un funeral de Estado, pero se respetaron los deseos de Guillermo de no ser devuelto a Alemania hasta que la monarquía fuera restaurada. Fue sepultado en un mausoleo que él mismo diseñó en su propiedad de Huis Doorn.

Murió en mayo de 1941, apenas semanas antes de que Alemania invadiera la Unión Soviética. No vivió para ver el desastre final del nazismo, la destrucción total de Berlín, la rendición incondicional de 1945. Pero había vivido lo suficiente para ver cómo Alemania, el país que había querido convertir en la potencia dominante del mundo, era dirigida hacia una segunda catástrofe aún mayor que la primera.

La monarquía nunca fue restaurada. Guillermo II fue el primer y último Káiser del Imperio Alemán unificado que realmente gobernó. Su cuerpo sigue en Doorn. La tumba que diseñó él mismo lleva grabada una sola inscripción: su nombre y sus títulos. Nada más.

El legado: ¿culpable o víctima del sistema?

La pregunta que los historiadores siguen debatiendo es cuánta responsabilidad personal tiene Guillermo II en el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial. La respuesta más honesta es: más de lo que él nunca admitió, pero menos de lo que sus contemporáneos le atribuyeron.

La referencia británica contemporánea de la Primera Guerra Mundial de ser la Guerra del Káiser es vista actualmente como infundada y hasta cierto punto injusta al sugerir que Guillermo fuera personalmente culpable de desatar el conflicto. Se dice que al firmar la orden de movilización, Guillermo exclamó: "se arrepentirán de esto, caballeros".

Guillermo II no fue el villano unidimensional que la propaganda aliada pintó durante la guerra. Fue un hombre brillante pero inestable que tomó decisiones equivocadas en momentos cruciales, que despidió al único hombre capaz de mantener el equilibrio europeo, que lanzó Alemania a una carrera naval que convirtió a Gran Bretaña en enemiga, y que firmó el cheque en blanco que dio a Austria-Hungría la licencia para desencadenar la crisis de julio de 1914.

Pero también fue un hombre que en los últimos días de julio de 1914 intentó desesperadamente frenar la maquinaria que él mismo había contribuido a poner en marcha, que intercambió telegramas angustiados con su primo el Zar intentando evitar la guerra, y que cuando firmó la orden de movilización lo hizo sabiendo que era el principio del fin de todo lo que su familia había construido.

El último Káiser fue, en cierto modo, la primera víctima del sistema que había alimentado. Un sistema de alianzas, carreras armamentísticas y nacionalismos exacerbados que ningún hombre, por poderoso que fuera, podía ya controlar.