El hundimiento del Lusitania (1915): el torpedeo que indignó al mundo

El 7 de mayo de 1915, un solo torpedo alemán hundió en 18 minutos al transatlántico más lujoso del mundo frente a las costas de Irlanda. Murieron 1.198 personas, entre ellas 128 ciudadanos americanos. El escándalo internacional que siguió cambiaría para siempre el rumbo de la Primera Guerra Mundial y acercaría a Estados Unidos a la guerra. Esta es la historia completa del hundimiento del Lusitania.

BUQUES WWI

5/19/202610 min read

Fecha 7 de mayo de 1915

Lugar 18 km frente al Cabo Old Head of Kinsale, Irlanda

Barco atacante Submarino alemán SM U-20 Comandante alemán Kapitänleutnant Walther Schwieger

Personas a bordo 1.959 Muertos 1.198 (incluyendo 128 americanos y más de 100 niños) Supervivientes 761

Tiempo en hundirse 18 minutos Torpedos disparados 1

Hay naufragios que son tragedias marítimas. Y hay naufragios que cambian la historia. El hundimiento del RMS Lusitania el 7 de mayo de 1915 pertenece firmemente a la segunda categoría. Un solo torpedo alemán, disparado en menos de un segundo, desencadenó una crisis diplomática sin precedentes, conmocionó a la opinión pública de medio mundo y puso en marcha la cadena de eventos que dos años después llevaría a Estados Unidos a entrar en la Primera Guerra Mundial.

El Lusitania no fue simplemente un barco hundido en tiempo de guerra. Fue el símbolo de algo nuevo y perturbador: la idea de que en la guerra moderna no había lugares seguros ni personas inocentes, de que un torpedo podía matar a un niño que viajaba con su familia tan fácilmente como a un soldado en el frente. Esa idea, brutal y revolucionaria, cambió para siempre la manera en que el mundo veía la guerra submarina alemana.

El barco: el gigante del Atlántico

El RMS Lusitania era mucho más que un simple transatlántico. Era un símbolo de la modernidad y el poderío industrial británico, el barco más rápido y lujoso de su época cuando fue botado en 1906 por los astilleros de John Brown en Clydebank, Escocia.

Su elegante diseño fue obra del arquitecto naval Leonard Peskett, cuyo encargo consistía en hacer un barco más rápido que cualquier otra cosa que flotara. Con 240 metros de eslora, 31.550 toneladas de desplazamiento y cuatro enormes hélices propulsadas por turbinas de vapor de última generación, el Lusitania podía cruzar el Atlántico en menos de cinco días, un récord para la época. En 1907 ganó la Banda Azul, el trofeo informal otorgado al transatlántico más rápido del mundo, con una velocidad media de 23,99 nudos entre Queenstown y Nueva York.

Sus interiores rivalizaban con los mejores hoteles de Londres o París. Los camarotes de primera clase tenían chimeneas de mármol, tapicerías de seda y techos artesonados. Los pasajeros de primera clase disponían de su propio restaurante de lujo, salón de fumadores, sala de música, biblioteca y cubierta de paseo privada. Era el mundo flotante de la élite eduardiana, una burbuja de lujo y comodidad que parecía completamente ajena a la guerra que desde agosto de 1914 desgarraba Europa.

El Almirantazgo británico había subsidiado la construcción del barco precisamente con la idea de que podría ser utilizado para el servicio militar si estallaba una guerra. Después de que la Primera Guerra Mundial comenzara en 1914, el Lusitania se mantuvo como barco de pasajeros pero fue siendo modificado en secreto: se instalaron soportes para montar cañones si fuera necesario y sus bodegas comenzaron a transportar municiones y material de guerra junto con el equipaje de los pasajeros.

La guerra submarina: el contexto que lo hizo posible

Para entender el hundimiento del Lusitania hay que entender primero la estrategia naval alemana en 1915. Alemania llevaba desde el inicio de la guerra sufriendo el bloqueo naval británico, que cortaba su acceso a materias primas y alimentos del exterior. La respuesta alemana fue la guerra submarina: usar sus U-Boote para torpedear los barcos que llevaban suministros a Gran Bretaña, intentando estrangularla económicamente como ella estrangulaba a Alemania.

En febrero de 1915, Alemania declaró zona de guerra las aguas alrededor de las Islas Británicas y anunció que cualquier buque enemigo en esa zona podría ser atacado sin previo aviso. Era una declaración revolucionaria y perturbadora: hasta entonces, las normas del derecho internacional marítimo exigían que un buque de guerra detuviera al barco objetivo, verificara su cargamento, y diera tiempo a la tripulación de abandonarlo antes de hundirlo.

Los submarinos alemanes no podían cumplir esas reglas. Un submarino que emergiera a la superficie para dar el aviso reglamentario era vulnerable a ser embestido o atacado por el barco objetivo. La guerra submarina eficaz requería ataques sin aviso, torpedos disparados desde la invisibilidad de las profundidades. Era eficaz. Era también, para la opinión pública internacional, profundamente chocante.

Winston Churchill, por entonces Primer Lord del Almirantazgo, había ordenado camuflar a los barcos de guerra como si fueran mercantes, lo que provocó que los submarinos alemanes, tras torpedear a sus objetivos, abandonaran a las tripulaciones a su suerte. Cuando los alemanes se dieron cuenta de la maniobra, comenzaron a torpedear a cuanta embarcación se les cruzara en el camino sin preocuparse por auxiliar a las tripulaciones.

El aviso ignorado: Alemania advierte públicamente

Uno de los aspectos más inquietantes del hundimiento del Lusitania es que Alemania advirtió públicamente de lo que podría ocurrir. El 23 de abril de 1915, dos semanas antes del ataque, la embajada imperial alemana en Washington publicó un comunicado en varios periódicos estadounidenses que decía:

"Se recuerda a los viajeros que tengan la intención de cruzar el Atlántico que existe el estado de guerra entre Alemania y sus aliados y Gran Bretaña y sus aliados; que la zona de guerra incluye las aguas adyacentes a las Islas Británicas y que los barcos que lleven la bandera de Gran Bretaña, o de cualquiera de sus aliados, son susceptibles de ser destruidos en dichas aguas".

Era un aviso explícito y sin ambigüedades. Y sin embargo el Lusitania zarpó de Nueva York el 1 de mayo de 1915 con 1.959 personas a bordo. Muchos pasajeros recibieron telegramas anónimos aconsejándoles no embarcar. La mayoría los ignoró. Algunos simplemente no creyeron que los alemanes se atreverían a atacar un barco de pasajeros. Otros confiaban en la velocidad del Lusitania, que teóricamente era demasiado rápido para que un submarino lo interceptara en condiciones normales.

El U-20 y el Kapitänleutnant Schwieger

El submarino que hundiría al Lusitania, el SM U-20, era uno de los más modernos de la flota submarina alemana. Con 64 metros de eslora, desplazamiento de 650 toneladas en superficie y armado con cuatro tubos lanzatorpedos, el U-20 era un arma eficaz y sigilosa.

Su comandante, el Kapitänleutnant Walther Schwieger, tenía 30 años y era considerado uno de los mejores comandantes de submarinos de la Kaiserliche Marine. Había zarpado de Emden el 30 de abril con órdenes de operar en las aguas alrededor de las Islas Británicas y atacar el tráfico comercial enemigo.

En los días anteriores al 7 de mayo, el U-20 ya había hundido varios barcos mercantes frente a las costas de Irlanda. El 6 de mayo, Schwieger anotó en su diario de a bordo que le quedaba combustible para pocos días más de operaciones y que debería iniciar el regreso a Alemania. Tenía también solo tres torpedos a bordo. En cualquier otro momento, en cualquier otra circunstancia, el U-20 habría iniciado el regreso sin cruzarse con el Lusitania.

7 de mayo de 1915: dieciocho minutos

A las 14:00 horas del 7 de mayo de 1915, el Lusitania navegaba a 18 nudos frente al Cabo Old Head of Kinsale, en la costa sur de Irlanda. El tiempo era claro, con buena visibilidad. El capitán William Turner había reducido la velocidad por debajo de la máxima, en parte por el banco de niebla que había encontrado antes y en parte para llegar a Liverpool con la marea alta. Era exactamente el tipo de barco grande y lento que todo comandante de submarino esperaba encontrar.

Schwieger avistó el Lusitania a través del periscopio a las 13:20 y no pudo creer su suerte. En su diario de a bordo escribió: "Cuatro chimeneas y dos mástiles de un gran crucero... Lo identifico como Lusitania. El barco se gira hacia nosotros".

A las 14:09, el U-20 lanzó un único torpedo desde una distancia de unos 700 metros. El torpedo impactó en el costado de estribor del Lusitania, justo debajo del puente. Prácticamente de inmediato se produjo una segunda explosión, mucho más potente que la del torpedo, cuya causa exacta sigue siendo objeto de debate histórico más de un siglo después. Algunas teorías apuntan a la detonación del polvo de carbón en las carboneras del barco; otras sugieren que la munición que transportaba en las bodegas explotó. Nunca se ha establecido con certeza cuál fue la causa de esa segunda explosión que fue la principal causa de su rápido hundimiento.

En solo unos minutos el Lusitania se había escorado 25 grados, haciendo que fuese muy difícil arriar los botes salvavidas. En tan solo dieciocho minutos el barco había desaparecido bajo las aguas. Dieciocho minutos para que un transatlántico de 31.550 toneladas y 240 metros de eslora se hundiera por completo. No había tiempo suficiente para arriar los botes salvavidas correctamente. No había tiempo para que los pasajeros de las cubiertas inferiores llegaran a cubierta. No había tiempo para casi nada.

El horror: 1.198 muertos en aguas heladas

Las escenas que siguieron al hundimiento fueron de un horror difícil de imaginar. Cientos de personas luchaban en el agua helada del Atlántico norte, aferradas a restos del barco, a chalecos salvavidas, a cualquier cosa que flotara. Los botes salvavidas que habían podido ser botados recogían a los supervivientes, pero no eran suficientes.

El naufragio causó la muerte de 1.198 personas, incluidos más de 100 niños. Sobrevivieron solo 761 personas. Los cadáveres fueron recuperados y colocados en el puerto de Queenstown para su identificación. Entre las víctimas había ciudadanos de muchas nacionalidades, pero el número que tendría las mayores consecuencias políticas era el de los americanos: 128 ciudadanos de un país que se mantenía oficialmente neutral en la guerra.

Margaret Gwyer se subió a un bote salvavidas pero luego se cayó de él y fue tragada por el remolino del barco al hundirse. Cuando emergió a la superficie, se encontró junto al reverendo Cowper, que la agarró y la subió a otro bote. Era una superviviente entre los pocos afortunados. La mayoría de los que cayeron al agua en aquellas condiciones no tuvieron esa suerte.

La indignación mundial: el medallón que avivó el odio

La reacción internacional fue de conmoción e indignación generalizadas. El diario The Nation calificó al hundimiento como "una deuda por la que un huno enrojecería de vergüenza, un turco se sentiría avergonzado y un pirata bárbaro se disculparía". La opinión pública británica exigió que Estados Unidos le declarara inmediatamente la guerra a Alemania.

Pero fue un objeto físico el que quizás más contribuyó a alimentar el odio anglosajón hacia Alemania: el llamado Medallón Goetz. Un medallero alemán llamado Karl Goetz acuñó una medalla satírica para criticar a la Cunard Line por haber embarcado a pasajeros en un barco que transportaba municiones de guerra. En el anverso mostraba el Lusitania hundiéndose con la silueta de cañones y aviones de combate. En el reverso representaba una cola de personas comprando billetes en la oficina de Cunard bajo la leyenda "Geschäft über Alles" (Los negocios por encima de todo), una referencia sardónica al himno alemán.

La intención de Goetz era crítica hacia la empresa naviera. Pero cuando el medallón llegó a Gran Bretaña, fue interpretado como una celebración alemana de la masacre. El gobierno británico encargó la fabricación de 300.000 réplicas que distribuyó en todo el mundo con el objetivo de presentarlo como "prueba" de la barbarie alemana. La medalla se convirtió en uno de los instrumentos de propaganda aliada más eficaces de toda la guerra.

La respuesta americana: Wilson y la cadena que llevó a la guerra

Las 128 víctimas americanas pusieron al presidente Woodrow Wilson en una posición enormemente difícil. Su política de neutralidad estricta era popular en un país que no quería involucrarse en la guerra europea. Pero 128 ciudadanos americanos muertos en aguas internacionales exigían una respuesta.

Wilson eligió la diplomacia. Envió una serie de notas formales de protesta a Berlín exigiendo que Alemania reconociera la ilegalidad de su ataque y prometiera no repetirlo. La primera nota fue tan dura que el secretario de Estado, William Jennings Bryan, dimitió protestando que era demasiado belicosa. La segunda fue más moderada. La tercera advirtió que cualquier repetición sería considerada un acto deliberadamente inamistoso.

La presión funcionó, al menos temporalmente. A partir de septiembre de 1915, el gobierno alemán volvió a imponer restricciones a los capitanes de los U-Boot y prometió no atacar barcos de pasajeros sin previo aviso. Era una concesión significativa que redujo temporalmente las tensiones con Estados Unidos.

Pero la guerra submarina sin restricciones se reanudó en febrero de 1917. Esta decisión tuvo un resultado espectacularmente malo para los alemanes: dos meses después, el 6 de abril de 1917, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania. El recuerdo del Lusitania fue uno de los argumentos más poderosos en el debate americano sobre la entrada en la guerra, junto con el escandaloso Telegrama Zimmermann en que Alemania proponía a México atacar a Estados Unidos.

El misterio de la segunda explosión y la controversia del cargamento

Un siglo después del hundimiento, dos preguntas siguen sin respuesta definitiva.

La primera es la causa de la segunda explosión, mucho más potente que el impacto del torpedo, que aceleró tan dramáticamente el hundimiento. Las teorías más aceptadas apuntan a una combinación de polvo de carbón en las carboneras y posiblemente munición no declarada en las bodegas. Nunca se ha establecido con certeza ninguna de las dos.

La segunda controversia es el cargamento del Lusitania. Los documentos del Almirantazgo británico, desclasificados décadas después del hundimiento, confirmaron que el barco transportaba grandes cantidades de munición: proyectiles, cartuchos de fusil, pólvora. Alemania siempre argumentó que esta carga convertía al Lusitania en un objetivo militar legítimo. Los aliados lo negaron sistemáticamente durante la guerra.

El explorador Robert Ballard, que exploró y mapeó el naufragio del Lusitania en 1993, confirmó la presencia de munición en las bodegas. La pregunta de si eso justificaba el ataque sigue siendo tan debatida hoy como en 1915.

El legado: propaganda, política y memoria

El hundimiento del Lusitania dejó un legado que se extendió mucho más allá de la tragedia inmediata. En Gran Bretaña e Irlanda, las imágenes del barco hundiéndose se utilizaron en carteles de reclutamiento para animar a la gente a alistarse en las fuerzas armadas. La figura del Lusitania hundiéndose se convirtió en uno de los iconos visuales más poderosos de la propaganda aliada durante el resto de la guerra.

Para Alemania, el hundimiento fue uno de los mayores errores estratégicos de toda la guerra. La victoria táctica, hundir un barco que transportaba suministros a Gran Bretaña, fue completamente eclipsada por el desastre diplomático y propagandístico que siguió. En lugar de debilitar a Gran Bretaña, el hundimiento del Lusitania fortaleció su posición moral en el mundo, erosionó la neutralidad americana y acercó a Estados Unidos a la guerra de una manera que ninguna ofensiva militar habría conseguido.

La historia del Lusitania fue también, en un sentido más profundo, la historia del fin de la inocencia en la guerra moderna. Antes del 7 de mayo de 1915, todavía era posible creer que la guerra tenía reglas, que los civiles estaban protegidos, que había límites que ningún beligerante cruzaría. Después de ese día, esa creencia resultó insostenible. El torpedero que hundió 1.198 vidas en dieciocho minutos frente a las costas de Irlanda no distinguió entre soldados y niños, entre combatientes y turistas. En la guerra moderna, resultó no haber diferencia.