El general Haig: El carnicero del Somme
Pocos personajes de la Primera Guerra Mundial generan tanto debate como el general Douglas Haig. Para unos fue el arquitecto de la victoria aliada. Para otros, el responsable de sacrificar inútilmente a cientos de miles de soldados en el barro del Somme y Passchendaele. Esta es la historia completa del hombre más controvertido de la Gran Guerra.
PERSONAJES WWI
5/7/202611 min read
Hay figuras históricas que generan consenso: los héroes y los villanos claramente definidos. Y luego está Douglas Haig, el general británico que comandó la Fuerza Expedicionaria Británica durante los años más cruentos de la Primera Guerra Mundial. Más de un siglo después de los hechos, los historiadores siguen sin ponerse de acuerdo sobre si fue un genio estratégico o un criminal incompetente. Si fue el hombre que ganó la guerra o el carnicero que mató a una generación sin necesidad.
Lo que nadie discute son los números: bajo su mando, el ejército británico sufrió más de un millón de bajas entre 1916 y 1918. El primero de julio de 1916, el día más sangriento de la historia del ejército británico, Haig era el comandante en jefe. Y sin embargo, cuando la guerra terminó, el ejército que él comandaba había cruzado el Rin victorioso, después de la ofensiva de los Cien Días que destruyó al ejército alemán.
¿Quién fue realmente Douglas Haig? La respuesta, como casi siempre en la historia, es más compleja que cualquiera de sus retratos.
Los primeros años: un oficial de caballería del siglo XIX
Douglas Haig nació en Edimburgo, Escocia, el 19 de junio de 1861. Creció como hijo de padres ricos, herederos de la destilería de whisky Haig & Haig, una de las más conocidas de Escocia. Recibió su educación en el Clifton College, la Universidad de Oxford y el Royal Military College de Sandhurst.
Desde su graduación, Haig siguió el camino natural de un joven aristócrata militar británico: la caballería. Comenzó su servicio militar como oficial de caballería en el 7º de Húsares de la Reina. Era un jinete excepcional y un oficial disciplinado que ascendió rápidamente. Sus dotes de liderazgo pronto le llevaron a Sudán, donde luchó en la batalla de Omdurman en 1898. Sus acciones durante la Segunda Guerra Bóer (1899-1902) llamaron la atención de importantes figuras militares de la época, como Lord Roberts y Lord Kitchener.
Era, en definitiva, el producto perfecto del sistema militar victoriano: educado, disciplinado, bien conectado, valiente, y formado en una tradición de guerra colonial donde la caballería cargaba y la infantería avanzaba. Una tradición que había funcionado perfectamente en las guerras del siglo XIX contra enemigos coloniales. Una tradición que resultaría completamente inadecuada para la guerra mecanizada del siglo XX.
La experiencia de batalla anterior de Haig en las guerras coloniales móviles de Sudán y Sudáfrica no lo preparó bien para la naturaleza estática de la guerra en el Frente Occidental. Tampoco su entrenamiento en el Staff College a fines del siglo XIX. Pero en 1914, nadie lo sabía todavía.
El ascenso al mando: cómo Haig llegó a comandar el ejército británico
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914, Haig comandó el I Cuerpo de la Fuerza Expedicionaria Británica bajo las órdenes del general John French. Fue precisamente el regimiento de Haig el encargado de hacer frente al formidable empuje de la primera ofensiva alemana, siendo obligado a tomar la retirada para no perder más hombres. En esa retirada caótica, Haig demostró serenidad y capacidad de organización bajo presión.
Pero desde muy pronto, Haig empezó a maniobrar políticamente para reemplazar a French como comandante en jefe. Durante una revista real a las tropas, Haig llegó a comentarle al rey Jorge V sus "serias dudas" sobre la capacidad de French para decidir la estrategia a seguir. Era una jugada política calculada: ir directamente al rey para minar a su superior. Funcionó.
En diciembre de 1915, French fue relevado y Haig fue nombrado comandante en jefe de la Fuerza Expedicionaria Británica. Tenía 54 años y una reputación sólida como organizador y estratega. El ejército que recibía era el mayor que Gran Bretaña había enviado nunca al continente. Y el mayor desafío de su vida estaba a punto de comenzar.
La doctrina de Haig: la guerra de desgaste
Para entender las decisiones de Haig, hay que entender primero cómo concebía la guerra. Concibió la batalla como un asunto estructurado de tres etapas: primero, la preparación, el desgaste y la atracción de las reservas enemigas; segundo, la ofensiva rápida y decisiva; y tercero, la explotación. Esencialmente, Haig no cambió de opinión sobre esta estructura durante la Primera Guerra Mundial.
Era una visión de la guerra que tenía sentido sobre el papel pero que chocaba con la realidad de las trincheras. La idea era que un bombardeo artillero masivo destruiría las defensas alemanas, la infantería avanzaría con rapidez por la brecha y la caballería explotaría el éxito persiguiendo al enemigo en desbandada. Era, en esencia, la táctica napoleónica adaptada al siglo XX. El problema era que las ametralladoras alemanas hacían imposible el avance de la infantería, los búnkeres subterráneos resistían el bombardeo artillero, y la caballería era un arma anacrónica en la guerra moderna.
Haig imaginó un papel vital para el caballo en la ofensiva del Somme. Años después de la guerra, cuando ya era anciano mariscal de campo, todavía afirmaba que "la ametralladora nunca sustituirá al caballo como un instrumento de guerra". A diferencia de otros militares de su época, Haig nunca llegó a comprender que la caballería era un arma en extinción, y que las guerras futuras serían caracterizadas por los nuevos ingenios mecánicos que hicieron su debut en la Gran Guerra, como el carro de combate y el avión.
El Somme: el día más negro y sus consecuencias
La Batalla del Somme, que comenzó el 1 de julio de 1916, es el evento que define el legado de Haig para la posteridad. En la mañana del 1 de julio de 1916, 110.000 soldados de infantería británicos "se pasaron de la raya". En pocas horas, 60.000 de ellos fueron víctimas. Casi 20.000 de ellos ya estaban muertos o morirían a causa de sus heridas.
Era el peor día en la historia del ejército británico. Y la respuesta de Haig fue continuar la ofensiva.
El Somme fue una epopeya tanto de matanza como de inutilidad; un desperdicio despilfarrador de hombres y material como el mundo nunca había visto. Durante cinco meses, desde julio hasta noviembre de 1916, el ejército británico avanzó unos doce kilómetros a un coste de más de 420.000 bajas.
Lo que resulta más desconcertante, y más criticado, es la reacción de Haig y su estado mayor ante el desastre del primer día. Un coronel del Estado Mayor tuvo el descaro de escribir: "Los acontecimientos del 1 de julio confirmaron las conclusiones del alto mando británico y justificaron ampliamente los métodos tácticos empleados". El mariscal de campo Sir Douglas Haig evidentemente estuvo de acuerdo.
Haig también ha sido criticado por su ignorancia de las condiciones en el frente. Su personalidad distante pero poderosa tendía a intimidar a los oficiales de enlace, oficiales de personal y comandantes de alto rango, quienes a menudo le decían a Haig lo que quería escuchar. Haig visitaba el frente muy raramente, dirigía la guerra desde cómodos cuarteles generales a kilómetros de las trincheras y recibía informes filtrados por subordinados que temían darle malas noticias. La brecha entre la realidad de las trincheras y la percepción de Haig era, según muchos testimonios, abismal.
Passchendaele: la pesadilla de Flandes
Si el Somme fue el nadir de la reputación de Haig, Passchendaele, la Tercera Batalla de Ypres en 1917, fue su confirmación. La campaña del año siguiente se saldó con unas pérdidas similares a la desastrosa batalla del Somme del año pasado.
Las condiciones en Passchendaele alcanzaron un nivel de horror que ni siquiera el Somme había igualado. Las lluvias de otoño de 1917 en Flandes fueron excepcionales. El terreno, ya destruido por años de bombardeo artillero, se convirtió en un mar de barro en el que los hombres se hundían hasta la cintura y los caballos desaparecían engullidos. Los heridos que caían en los cráteres se ahogaban en el barro antes de que nadie pudiera llegar a rescatarlos.
La elección del campo de batalla de Haig en Passchendaele puso a su artillería en una grave desventaja, mientras que el terreno impedía el uso de tanques. Era, en otras palabras, exactamente el tipo de terreno donde las ventajas tecnológicas que los aliados empezaban a desarrollar quedaban completamente neutralizadas. Y Haig lo eligió de todas formas.
El objetivo declarado de la ofensiva era llegar a la costa belga y destruir los puertos submarinos alemanes. Nunca se alcanzó. El avance total fue de unos ocho kilómetros, a un coste de aproximadamente 275.000 bajas británicas. La aldea de Passchendaele, el objetivo nominal de la ofensiva, fue finalmente capturada en noviembre de 1917 en un estado de completa destrucción. Los alemanes la recuperaron en su gran ofensiva de primavera de 1918 sin apenas esfuerzo.
Los diarios de Haig: la voz del hombre detrás de la máscara
Una de las fuentes más reveladoras sobre la personalidad de Haig son sus diarios personales, que mantuvo a lo largo de toda la guerra y que se conservan en los archivos nacionales británicos. Son documentos extraordinarios por lo que revelan y por lo que ocultan.
Los diarios de Haig muestran a un hombre profundamente religioso, convencido de que Dios estaba de su lado y de que la victoria era inevitable si se mantenía la presión suficiente. Después de los peores días del Somme, sus anotaciones son notablemente tranquilas, casi serenas. No hay signos de la angustia que cabría esperar en alguien que acaba de enviar a miles de hombres a una muerte segura. O bien Haig no comprendía plenamente el horror de lo que ocurría, o bien lo compartimentaba de una manera que resulta desconcertante.
También muestran a un hombre con una capacidad notable para el autoengaño. Sus estimaciones de las bajas alemanas eran sistemáticamente exageradas. Sus previsiones de cuándo cedería el enemigo eran sistemáticamente optimistas. Después de cada fracaso táctico, sus diarios registran la convicción de que el próximo ataque sería el decisivo.
La defensa de Haig: el contexto que sus críticos ignoran
Sería injusto, sin embargo, presentar a Haig como un monstruo unidimensional. Sus defensores señalan varios argumentos que merecen ser tomados en serio.
En primer lugar, Haig no actuaba en un vacío. Las decisiones sobre dónde y cuándo atacar eran el resultado de presiones políticas y aliadas enormes. Francia exigía que los británicos atacaran para aliviar la presión sobre Verdún. El gobierno en Londres exigía resultados. Los aliados necesitaban que el frente occidental se mantuviera activo. Haig era el comandante en jefe, pero no era un dictador militar absoluto.
En segundo lugar, el problema de las trincheras era genuinamente difícil. Nadie en 1916 tenía una solución clara para romper el estancamiento del frente occidental. Los franceses lo intentaron con la Ofensiva de Nivelle y fracasaron catastrófica y sangrientemente. Los alemanes lo intentaron en Verdún con igualmente devastadoras consecuencias. Decir que Haig debería haberlo hecho de otra manera implica que había una manera mejor obvia que él ignoró deliberadamente, y eso no está claro.
En tercer lugar, Haig aprendió, aunque lentamente. A finales de 1917 en Cambrai, y hasta 1918, los muchos expertos en los aspectos técnicos de la guerra realmente se habían hecho cargo de la preparación de las batallas. El ejército británico que combatió en 1918 era radicalmente diferente al de 1916: más flexible, más coordinado, con tanques, aviación e infantería trabajando juntos en lo que los historiadores modernos llaman la "guerra all-arms" o de armas combinadas. Haig no diseñó esa transformación, pero la permitió.
1918: la redención parcial
El año 1918 fue el mejor de la carrera de Haig, aunque la gloria se la llevaron en gran medida sus subordinados. Las tropas británicas de Haig ganaron las batallas de Amiens del 8 al 12 de agosto, de Bopanme del 21 de agosto al 1 de septiembre y la de Epeluy del 12 al 18 de septiembre, hasta que alcanzaron la Línea Hindenburg, la cual fue literalmente hecha añicos por la ofensiva desplegada por Haig. Con el camino expedito, Haig se hizo fácilmente con Cambrai, San Quintín, Brujas y Gante y recuperó Mons, alcanzando el Rin con sus tropas.
La Ofensiva de los Cien Días, que comenzó con la batalla de Amiens el 8 de agosto de 1918 y terminó con el armisticio del 11 de noviembre, fue la mayor victoria del ejército británico en la historia. Los alemanes retrocedieron sin detenerse. Las líneas defensivas que habían resistido durante cuatro años se derrumbaron en semanas. La ofensiva de Amiens de agosto de 1918 se ejecutó realmente a un nivel inferior y no requirió la supervisión de Haig, excepto por su instrucción habitual para profundizar considerablemente los objetivos del ataque.
Fue el general estadounidense John J. Pershing quien definió a Haig, en una ocasión, como "el hombre que ganó la guerra". Y el historiador militar británico John Terraine llegó a considerarlo como uno de los "grandes capitanes" de la historia militar de su país.
El debate que nunca termina
La controversia sobre Haig nunca se resolvió. En Gran Bretaña, se convirtió en una figura de escarnio popular. Fue burlado primero en el musical satírico "Oh! What a Lovely War" y luego en la serie de comedia televisiva de 1989 "Blackadder Goes Forth", donde el personaje del general Melchett es una caricatura directa de Haig: pomposo, desconectado de la realidad, enviando alegremente a sus hombres a la muerte desde la comodidad de su cuartel general.
La reputación militar de Haig influyó incluso en la actitud predominante de apaciguamiento en los años 30. Se pensaba que nada valía otro Somme. Pero, por supuesto, el mundo volvió a entrar en guerra.
El debate sobre Haig es también, en el fondo, un debate sobre la naturaleza de la guerra misma. Si las enormes bajas del Somme y Passchendaele eran el inevitable precio de la victoria, entonces Haig fue un comandante que hizo lo que tenía que hacer en circunstancias imposibles. Si había formas alternativas de ganar la guerra con menos muerte, entonces Haig fue el hombre que eligió el camino más sangriento por incapacidad o arrogancia.
El propio Haig nunca mostró dudas públicas sobre sus decisiones. Hasta el final de su vida mantuvo que había hecho lo correcto en circunstancias extraordinariamente difíciles. Esta mentalidad obsoleta es la única que puede explicar su obcecación en el uso de inútiles cargas de caballería e infantería durante la Batalla del Somme, a pesar de que él mismo había sido informado de su ineficacia frente a las ametralladoras y trincheras en la guerra ruso-japonesa de 1905 o el propio Frente Oriental de la Primera Guerra Mundial.
Los últimos años: el defensor de los veteranos
Tras la guerra, Haig recibió los honores formales que su victoria merecía. Fue nombrado por el rey Jorge V conde de Haig, y se dedicó con especial empeño, hasta su muerte, a la creación de la Legión Británica y a recorrer gran parte del Imperio Británico recaudando fondos para los veteranos de guerra.
Era un aspecto de su carácter que sus críticos raramente mencionan: Haig se volcó en la causa de los veteranos con una dedicación genuina. La Legión Británica, que él ayudó a fundar, se convirtió en la mayor organización de veteranos del mundo, proporcionando apoyo económico y psicológico a los hombres que habían sobrevivido a las guerras que él había comandado. La amapola roja que los británicos llevan cada noviembre en recuerdo de los caídos es un símbolo directamente vinculado a su legado.
Douglas Haig nació el 19 de junio de 1861 en Edimburgo, Escocia, y falleció el 29 de enero de 1928 en Londres. Tenía 66 años. Murió antes de que la gran controversia sobre su legado alcanzara su momento más intenso, antes de que las memorias de los supervivientes del Somme y Passchendaele empezaran a publicarse masivamente y a pintar un retrato devastador de su comando.
Conclusión: ni héroe ni villano, sino un hombre de su tiempo
Douglas Haig fue un producto perfecto y un prisionero perfecto de su época y su clase. Formado en la tradición militar victoriana, incapaz de imaginar una guerra radicalmente diferente a la que había estudiado, y rodeado de subordinados que le decían lo que quería escuchar, tomó decisiones que costaron centenares de miles de vidas en circunstancias donde quizás no había ninguna decisión verdaderamente buena.
Haig no simplemente no logró sus objetivos declarados en las grandes batallas del Somme e Ypres. Fracasó en un sentido mucho más amplio; fracasó clásicamente, al estilo de Pirro, quien se lamentó después de la batalla de Asculum: "Otra victoria similar sobre los romanos y estamos perdidos".
Y sin embargo, el 11 de noviembre de 1918, el ejército que él comandaba había ganado la guerra. Los alemanes habían firmado el armisticio. Las trincheras habían quedado atrás. Era una victoria real, conseguida a un precio que todavía hoy resulta difícil de aceptar.
Quizás la valoración más honesta de Douglas Haig es también la más incómoda: fue el general correcto para ganar esa guerra específica en esas circunstancias específicas, pero el precio que pagó con las vidas de sus soldados fue más alto de lo que ningún comandante debería haber estado dispuesto a pagar. Y la pregunta de si ese precio era necesario sigue sin tener una respuesta definitiva.