El gas mostaza y las armas químicas en la Primera Guerra Mundial: cuando la ciencia se convirtió en arma de destrucción masiva
El 22 de abril de 1915, una nube verde amarillenta avanzó sobre las trincheras aliadas en Ypres, Bélgica. Era la primera vez en la historia que se usaba gas cloro como arma de guerra a gran escala. Lo que siguió fue una escalada química sin precedentes: fosgeno, gas mostaza, lágrimas, ampollas, ceguera y muerte. Las armas químicas mataron a más de 90.000 soldados e hirieron a 1,3 millones. Esta es la historia completa de la guerra química en la Gran Guerra
ARMAMENTO WWI
5/28/202616 min read
Hay armas que matan. Y hay armas que aterrorizan. Las armas químicas de la Primera Guerra Mundial hicieron ambas cosas, pero fueron sobre todo maestras del terror. No por su eficacia letal, que resultó ser menor de lo que sus creadores esperaban, sino por la naturaleza de lo que hacían: matar lentamente, dolorosamente, de maneras que desafiaban toda comprensión. Ahogar a un hombre en sus propios fluidos pulmonares. Cubrirlo de ampollas desde la piel hasta los pulmones. Cegarlo. Privarlo de aquello más básico: el aire.
La guerra química de 1914-1918 fue la primera guerra de destrucción masiva de la historia moderna. Y su legado nos persigue todavía: el miedo al gas, la indignación ante las armas químicas, los tratados internacionales que intentan prohibirlas, todo eso tiene sus raíces en las trincheras de Flandes y el Marne, donde por primera vez los ejércitos industriales usaron la ciencia no para curar sino para destruir.
Los orígenes: la desesperación que llevó a lo impensable
En el otoño de 1914, la Primera Guerra Mundial ya estaba completamente atascada. Las trincheras se extendían desde el Canal de la Mancha hasta la frontera suiza, y ningún ataque frontal conseguía romper el estancamiento. Los generales buscaban desesperadamente algo que cambiara la ecuación: algo capaz de neutralizar las ametralladoras, de atravesar las alambradas, de forzar al enemigo a salir de sus refugios subterráneos.
El uso de gases irritantes y lacrimógenos no era completamente nuevo. En 1914, los franceses ya habían usado granadas de gas lacrimógeno contra los alemanes, y estos habían respondido con proyectiles de bromuro de xililo. Pero eran agentes incapacitantes, no letales, y su impacto táctico era mínimo. Lo que vino después fue radicalmente diferente.
La clave estaba en la industria química alemana, la más avanzada del mundo en aquel momento. Solo en química, siete de los premios Nobel concedidos entre 1900 y 1918 fueron alemanes. Alemania tenía los laboratorios, los científicos y las instalaciones industriales para sintetizar agentes químicos en cantidades masivas. Y tenía a Fritz Haber.
Fritz Haber: el hombre que salvó millones y mató a miles
Para entender la historia de las armas químicas en la Primera Guerra Mundial, es imposible no detenerse en la figura de Fritz Haber, uno de los personajes más complejos y moralmente perturbadores de toda la historia de la ciencia.
Haber era un químico judío alemán nacido en Breslau en 1868, considerado uno de los genios científicos de su generación. Su mayor logro antes de la guerra fue el desarrollo del proceso Haber-Bosch, un método para sintetizar amoníaco a partir del hitrógeno atmosférico y el hidrógeno. Esta innovación, aparentemente técnica, fue en realidad una de las más importantes de la historia humana: el amoníaco era la base de los fertilizantes artificiales que permitirían alimentar a una población mundial en rápido crecimiento. Se estima que el 40% de la población mundial actual no existiría sin el descubrimiento de Haber, pues sin fertilizantes artificiales la agricultura no podría sostener tantas bocas.
Cuando estalló la guerra en 1914, Haber era un patriota alemán convencido que puso toda su genialidad al servicio del esfuerzo bélico. Fue nombrado responsable del departamento de suministros químicos del ejército alemán. Su propuesta fue tan simple como letal: usar gas cloro como arma ofensiva, liberándolo desde cilindros metálicos cuando el viento soplara hacia las líneas enemigas. Los militares le ofrecieron una compañía de infantería y 5.000 botellas metálicas rellenas del gas.
Su esposa, Clara Immerwahr, era también química, la primera mujer en doctorarse en química en una universidad alemana. Cuando supo lo que su marido estaba haciendo, se opuso apasionadamente, acusándole de haber pervertido la ciencia. Aquella misma noche del primer uso masivo de gas cloro, Clara Immerwahr se suicidó disparándose con la pistola militar de su marido. Al día siguiente, Haber viajó al frente oriental a supervisar nuevos ataques con gas.
La historia de Haber tiene un final de una ironía devastadora. Fue declarado criminal de guerra por los aliados en 1918. Ese mismo año recibió el Premio Nobel de Química por el proceso del amoníaco, una distinción que causó escándalo internacional: dos de los otros premiados en esa ceremonia se negaron a recoger sus premios por la presencia del alemán. Haber era de origen judío, y en 1933 tuvo que huir de la Alemania nazi que perseguía a sus compatriotas judíos. La paradoja más cruel llegó después: desde 1939, los alemanes usaron el Zyklon B, un gas derivado de las investigaciones de Haber, para asesinar a millones de judíos en los campos de exterminio, entre ellos a muchos familiares del propio Haber que no habían podido escapar.
22 de abril de 1915: Ypres y el nacimiento de la guerra química moderna
El momento que cambió la guerra llegó a las 17:00 horas del 22 de abril de 1915, en el sector de Langemarck, cerca de Ypres, Bélgica. Los soldados aliados que defendían ese sector vieron algo que nunca habían visto: una nube de color verde amarillento que avanzaba lentamente desde las líneas alemanas impulsada por el viento.
Haber se encargó personalmente de la liberación del gas letal por primera vez durante la Segunda Batalla de Ypres, a pesar de que estaba prohibido por la Convención de La Haya de 1907, de la que Alemania era un país signatario. Eran 168 toneladas de gas cloro almacenadas en 5.730 cilindros a lo largo de 6 kilómetros de frente.
Los soldados franceses y argelinos que formaban la primera línea no sabían qué era aquello. Algunos pensaron que era una cortina de humo para ocultar un avance de infantería. Cuando la nube llegó a las trincheras, la realidad fue aterradora. El gas cloro provocaba quemaduras en el tejido pulmonar y hacía que los soldados se desplomaran al suelo convulsionando, que se asfixiaran y que finalmente perdieran la vida. Las víctimas terminaban ahogándose a medida que se les llenaban los pulmones de líquido.
Los soldados que podían huir corrían hacia atrás despavoridos, creando un hueco de cuatro kilómetros en el frente aliado. Era exactamente lo que los planificadores alemanes habían esperado. Pero irónicamente, los propios alemanes no confiaban completamente en su nueva arma: no habían preparado suficientes reservas para explotar la brecha, y la oportunidad se perdió. Los canadienses que estaban a los flancos, sin comprender completamente lo que ocurría pero negándose a retroceder, aguantaron sus posiciones cubriéndose la nariz y la boca con telas mojadas en orina, cuya amoniaca neutralizaba parcialmente el cloro.
En las primeras horas, el ataque mató a entre 1.000 y 5.000 soldados aliados e hirió a miles más. Era la mayor matanza química de la historia hasta ese momento. Y solo era el principio.
Los tipos de gases: una taxonomía del horror
A lo largo de los cuatro años de guerra, ambos bandos desarrollaron y usaron una amplia gama de agentes químicos, cada uno con propiedades y efectos diferentes. La clasificación más útil los divide en cuatro categorías principales.
El cloro: el primer asesino masivo
El gas cloro fue el primer agente letal usado a gran escala. Es un gas de color verde amarillento con un olor penetrante a lejía. Al ser inhalado, reacciona con el agua de los tejidos pulmonares para formar ácido clorhídrico y ácido hipocloroso, que destruyen literalmente el revestimiento interno de los pulmones.
La muerte por cloro era lenta y agonizante: tos incontrolable, sensación de ahogo, espuma rosada en la boca, convulsiones y finalmente la muerte por asfixia cuando los pulmones se llenaban de los fluidos producidos por la reacción química. Los hombres que sobrevivían podían tardar días en recuperarse y sufrían daños pulmonares permanentes.
Su principal debilidad táctica era que era visible y tenía un olor característico que daba tiempo a los soldados a buscar protección. Las primeras máscaras antigás, rudimentarias, consistían simplemente en telas mojadas en bicarbonato o en soluciones alcalinas que neutralizaban el cloro. Con el tiempo se desarrollaron máscaras más sofisticadas que lo hacían relativamente manejable.
El fosgeno: el asesino invisible
Si el cloro fue el primer gran asesino, el fosgeno fue el más letal. Utilizado por primera vez en diciembre de 1915, el fosgeno era casi incoloro y tenía un olor a heno fresco que muchos soldados no reconocían como peligroso hasta que era demasiado tarde. Esta sustancia fue la causante de la mayor parte de las muertes por gas durante la guerra: seis de cada siete víctimas del gas químico murieron por fosgeno.
Lo que hacía al fosgeno especialmente temible era su periodo de latencia: a diferencia del cloro, cuyos efectos eran inmediatos, los síntomas del fosgeno podían tardar hasta 24 horas en aparecer. Un soldado expuesto al fosgeno podía sentirse relativamente bien durante horas antes de que el daño pulmonar se manifestara con toda su devastación. Para entonces, era demasiado tarde para cualquier tratamiento efectivo.
Según Denis Winter, una dosis fatal de fosgeno llevaba finalmente a respiración superficial y arcadas, el pulso hasta 120 pulsaciones por minuto, una cara pálida y la descarga de cuatro pintas de líquido amarillo de los pulmones cada hora durante 48 horas de espasmos de ahogamiento. Era una muerte que duraba dos días.
El fosgeno también permitía su uso en proyectiles de artillería, denominados "Cruz Verde" por su marca específica, evitando así el problema del cloro que dependía del viento para ser efectivo.
El gas mostaza: el terrorista químico
El gas más infame de la Primera Guerra Mundial fue sin duda el gas mostaza, técnicamente llamado diclorodietilsulfuro o iperita. Fue introducido por los alemanes en julio de 1917 antes de la Tercera Batalla de Ypres y cambió completamente la naturaleza de la guerra química.
El gas mostaza no pretendía ser un agente letal, aunque lo era en altas dosis. Estaba diseñado para acosar e incapacitar al enemigo y contaminar el campo de batalla durante días o semanas. Era más pesado que el aire, se acumulaba en los puntos bajos del terreno y podía permanecer activo durante días, dependiendo del clima.
Lo que hacía al gas mostaza diferente de todos los anteriores era que no requería ser inhalado para causar daño. Era un vesicante, un agente que formaba ampollas en cualquier superficie que tocara: piel, ojos, garganta, pulmones. Un soldado que anduviera sobre terreno contaminado con gas mostaza sufría ampollas en los pies. El que tocara hierba o madera contaminada desarrollaba ampollas en las manos. El que inhalara incluso pequeñas cantidades sufría ampollas internas en la garganta y los pulmones. Las máscaras antigás protegían contra la inhalación pero no contra el contacto dérmico.
El arma química más notoria de la guerra fue el gas mostaza, un irritante severo que provocó quemaduras químicas en la piel, los ojos y las vías respiratorias. Las personas expuestas desarrollaron ampollas amarillas grandes y dolorosas. Los hombres con dosis severas murieron muertes agonizantes cuando sus pulmones ardieron y ampollaron desde dentro.
El gas mostaza causó la mayor parte de las bajas por gas en el Frente Occidental. Una vez introducido en Ypres en 1917, produjo el 90% de las bajas por gas británicas y el 14% del total de bajas. Su impacto psicológico fue igualmente devastador: Lord Moran, que había sido oficial médico durante la guerra, escribía en 1945 que después de julio de 1917, el gas usurpó en parte el papel de los explosivos para darle a la mente una incapacidad natural para la guerra.
Entre las víctimas del gas mostaza en la Primera Guerra Mundial se encontraba un cabo austriaco llamado Adolf Hitler, que fue temporalmente cegado por un ataque de gas mostaza en octubre de 1918 y pasó semanas en un hospital militar. Algunos historiadores sugieren que aquella experiencia influyó en su posterior obsesión con las armas químicas y en la paradoja de que, siendo uno de sus conocidos efectos, el régimen que lideró sería el mayor usuario de gas en la historia para sus campos de exterminio.
El gas lacrimógeno y los incapacitantes
Además de los agentes letales, ambos bandos usaron extensamente gases lacrimógenos y otros agentes incapacitantes que, sin matar, obligaban a los soldados a quitarse las máscaras antigás y quedaban así expuestos a los agentes letales que venían a continuación. Era una táctica particularmente cruel: usar un gas relativamente inofensivo para crear la vulnerabilidad que hacía efectivo al siguiente.
Las máscaras antigás: la carrera entre el veneno y el antídoto
Ningún aspecto de la guerra química ilustra mejor su dinámica que la evolución paralela de los gases y las máscaras antigás. Cada nuevo agente provocaba el desarrollo de nuevas protecciones, y cada nueva protección empujaba a los químicos a desarrollar nuevos agentes que la superaran. Era una carrera armamentística dentro de la carrera armamentística general.
Las primeras "máscaras" eran extraordinariamente primitivas: simples trapos mojados en bicarbonato o en soluciones de hiposulfito que los soldados se presionaban contra la nariz y la boca. Eran parcialmente efectivas contra el cloro pero inútiles contra el fosgeno y completamente inútiles contra el gas mostaza.
Los británicos desarrollaron el casco P en 1915, una capucha de franela impregnada en soluciones neutralizantes que cubría toda la cabeza. Era incómodo y reducía drásticamente la visibilidad, pero era mejor que nada. En enero de 1916, los británicos añadieron hexametilentetramina a la mezcla química del filtro de sus máscaras de gas como contramedida para el fosgeno.
Para 1916, ambos bandos tenían máscaras antigás relativamente sofisticadas con filtros de carbón activo que podían eliminar la mayoría de los agentes conocidos. El problema era que los gases debían ser identificados antes de que el filtro pudiera diseñarse para neutralizarlos. Y los químicos siempre podían mezclar gases o desarrollar nuevos agentes que los filtros existentes no reconocían.
Ponerse la máscara correctamente era una cuestión de vida o muerte. El tiempo de reacción era crítico: desde el momento en que se detectaba un ataque de gas hasta el momento en que el gas llegaba a las trincheras podían pasar solo segundos. Los soldados eran entrenados para ponerse la máscara en menos de diez segundos, practicando el procedimiento hasta que fuera automático. Los que tardaban más podían morir.
Había también el problema de la confianza en la máscara. Llevar una máscara antigás durante horas en pleno combate era agotador: el calor, la humedad, la visibilidad reducida y la dificultad para respirar creaban una tensión física y psicológica enorme. Algunos soldados se las quitaban brevemente para descansar y podían morir si había trazas de gas en el ambiente que no habían detectado.
Los métodos de entrega: de los cilindros a los obuses
La manera de entregar el gas al enemigo evolucionó significativamente a lo largo de la guerra, y cada método tenía ventajas y desventajas.
Los cilindros a presión fueron el método original. Los cilindros metálicos llenos de gas se enterraban en las trincheras apuntando hacia el enemigo y se abrían simultáneamente cuando el viento soplaba en la dirección correcta. Era el método más simple pero también el más dependiente de las condiciones meteorológicas. Si el viento cambiaba, el gas volvía hacia las propias líneas. Hubo varios incidentes en que ataques planificados con cilindros tuvieron que cancelarse por condiciones de viento desfavorables, y algunos en que el gas se volvió contra quienes lo habían liberado.
Los proyectiles de artillería cargados con gas fueron el gran avance táctico. Permitían entregar el gas a gran distancia, con precisión, independientemente del viento, y mezclar gas con proyectiles explosivos para complicar la respuesta del enemigo. Los alemanes perfeccionaron este sistema especialmente con el fosgeno. El problema era que los proyectiles cargados con gas eran más difíciles de producir que los convencionales, y que la explosión al impactar destruía parte del agente químico.
Los morteros Livens fueron una innovación británica que combinaba las ventajas de ambos sistemas: grupos de cilindros enterrados en la tierra y disparados eléctricamente de forma simultánea, creando una nube de gas instantánea y masiva antes de que el enemigo pudiera reaccionar. El capitán William Livens, que había perdido a su prometida en el hundimiento del Lusitania, diseñó el sistema en parte impulsado por su deseo personal de venganza.
El impacto psicológico: el miedo que no tiene forma
Las estadísticas de bajas por gas, aunque impresionantes, no capturan completamente el impacto de las armas químicas en la guerra. El gas mató a aproximadamente 90.000 soldados e hirió a 1,3 millones más. En términos puramente numéricos, las armas químicas causaron menos del 4% de todas las muertes en combate de la guerra. La artillería convencional mató a muchos más.
Pero el impacto psicológico del gas era enormemente desproporcionado a su eficacia letal. El terror que generaba era de una naturaleza diferente al miedo a las balas o los obuses. Un proyectil de artillería matabas instantáneamente, sin aviso. El gas te mataba lentamente, en agonía, privándote de lo más básico: el aire. Era una muerte íntima y terrible.
La proporción de bajas no fatales por gas era mucho mayor que la de otras armas. Por cada soldado muerto por gas, muchos más quedaban incapacitados temporalmente, ciegos, con los pulmones dañados, con ampollas en todo el cuerpo. Esas bajas no letales consumían enormes recursos médicos y logísticos, y los hombres que sobrevivían a veces arrastraban las consecuencias durante el resto de sus vidas.
El miedo al gas cambió radicalmente la naturaleza de la vida en las trincheras. Los soldados tenían que mantener las máscaras antigás accesibles en todo momento, incluso mientras dormían. Cualquier olor extraño, cualquier nube de vapor, cualquier coloración inusual del aire era suficiente para desencadenar una alarma de gas que enviaba a todos a buscar su máscara frenéticamente. Las falsas alarmas eran frecuentes y agotadoras. El estrés acumulado de vivir constantemente alerta a la posibilidad de un ataque químico contribuía al shell shock que afectó a cientos de miles de soldados.
La propaganda y el escándalo moral
La introducción de las armas químicas generó desde el primer momento una intensa controversia moral e internacional. La Convención de La Haya de 1899 había prohibido el uso de proyectiles diseñados para difundir gases asfixiantes o deletéreos en la guerra. Tanto Alemania como los aliados habían firmado ese acuerdo. Ambos lo violaron.
Los alemanes argumentaron que los cilindros de cloro no eran "proyectiles" en el sentido técnico del tratado. Era una distinción que nadie fuera de Berlín encontraba convincente. La prensa aliada explotó el escándalo del ataque de Ypres para demonizar a Alemania como un Estado dispuesto a usar cualquier medio, por inhumano que fuera, para ganar la guerra. Los alemanes respondieron que los aliados también usaban gas y que estaban igual de dispuestos a hacerlo.
Ambos tenían razón. Los aliados tardaron relativamente poco en desarrollar sus propias armas químicas y usarlas contra los alemanes. Francia tenía su propio programa de armas químicas. Gran Bretaña lo desarrolló rápidamente. Los americanos, cuando entraron en la guerra en 1917, llegaron con sus propios planes de guerra química. Antes del final de la guerra, todos los grandes beligerantes estaban usando gas en cantidades masivas.
La diferencia era el impacto propagandístico. Para la opinión pública internacional, que los alemanes hubieran sido los primeros en usar gas letal a gran escala los convertía en los agresores morales. Era una ventaja que los aliados explotaron hábilmente durante y después de la guerra.
Adolf Hitler y el gas: una víctima que se convirtió en perpetrador
Entre los miles de soldados que sufrieron ataques de gas durante la Primera Guerra Mundial se encontraba un cabo austriaco del 16º Regimiento de Infantería de Reserva de Baviera llamado Adolf Hitler. En la noche del 13 al 14 de octubre de 1918, cerca de La Montagne, Hitler fue víctima de un ataque de gas mostaza que lo dejó temporalmente cegado y lo tuvo hospitalizado durante semanas.
En su autobiografía Mein Kampf, Hitler describió aquella experiencia con dramatismo: la ceguera repentina, el terror de no saber si recuperaría la vista, el tiempo en el hospital mientras llegaban las noticias del armisticio y la revolución en Alemania. Según su relato, fue en aquella cama de hospital donde tomó la decisión de entrar en política.
La ironía histórica es brutal. El hombre que fue víctima del gas mostaza en 1918 acabaría presidiendo el régimen que usó derivados del mismo tipo de investigaciones para asesinar a millones de personas. El Zyklon B, el agente exterminador de los campos de concentración nazis, era un pesticida desarrollado a partir de las investigaciones sobre gases de combate de la Primera Guerra Mundial. Fritz Haber, su inventor espiritual, era judío. Sus familiares murieron en los campos.
Las consecuencias médicas a largo plazo: las heridas que no cerraban
Uno de los aspectos más olvidados de la guerra química de la Primera Guerra Mundial son las consecuencias médicas a largo plazo para los supervivientes. Muchos soldados que sobrevivieron a los ataques de gas arrastraron sus efectos durante el resto de sus vidas.
Los supervivientes de ataques de cloro y fosgeno desarrollaban frecuentemente enfermedades pulmonares crónicas: bronquitis severa, enfisema, reducción permanente de la capacidad pulmonar. Muchos de estos hombres nunca pudieron volver a realizar trabajos físicos exigentes. Murieron prematuramente de enfermedades respiratorias en los años y décadas posteriores a la guerra.
Las víctimas del gas mostaza que sobrevivían podían quedar con cicatrices en los ojos, reducción permanente de la visión o ceguera completa. Las ampollas internas en el tracto respiratorio y el tubo digestivo podían causar daños permanentes. La piel que había sufrido ampollas por gas mostaza quedaba a menudo hipersensible y propensa a infecciones durante años.
El impacto psicológico era igualmente duradero. Los hombres que habían sobrevivido a ataques de gas desarrollaban con frecuencia fobias específicas: miedo a los espacios cerrados, terror a los olores fuertes, ataques de pánico ante cualquier señal que su cerebro asociara con el peligro del gas. Era una forma específica del shell shock que los médicos de la época no sabían tratar.
El legado: el Protocolo de Ginebra y la herencia envenenada
La guerra química de 1914-1918 dejó un legado de horror que la comunidad internacional intentó codificar en leyes. En 1925, el Protocolo de Ginebra prohibió el uso de gas venenoso y de guerra bacteriológica en los conflictos armados. Era el reconocimiento formal de que las armas químicas cruzaban una línea moral que la guerra convencional, por devastadora que fuera, no cruzaba.
El protocolo fue un primer paso importante pero insuficiente. No prohibía la producción ni el almacenamiento de armas químicas, solo su uso. Y muchos de los países signatarios se reservaron el derecho de usar gas en represalia si el enemigo lo hacía primero. Las grandes potencias siguieron desarrollando y acumulando arsenales químicos durante décadas después de la firma.
Solo en 1993, con la Convención sobre Armas Químicas, el mundo consiguió un tratado que prohibía tanto el uso como la producción y el almacenamiento de estos agentes. Para entonces, las armas químicas habían sido usadas en docenas de conflictos posteriores a la Primera Guerra Mundial: por Italia en Etiopía en los años 30, por Japón en China, por Irak contra los kurdos en los años 80, más recientemente en la guerra civil siria.
El fantasma del gas de Ypres, del fosgeno y del gas mostaza sigue presente en el mundo del siglo XXI. Cada vez que un gobierno usa armas químicas contra su propia población, el mundo recuerda lo que Fritz Haber puso en marcha aquella tarde de abril de 1915 en los campos de Flandes.
La guerra química de la Primera Guerra Mundial no fue el capítulo más letal del conflicto. La artillería convencional mató a muchos más. Pero fue el más perturbador, el que más directamente desafió las nociones de lo que era aceptable en la guerra, de dónde estaban los límites de la barbarie humana. Y fue el primero: la primera vez en la historia que la ciencia industrial se puso al servicio de la destrucción masiva de seres humanos de una manera tan deliberada, tan sistemática, tan impersonal.
Fue el precursor de todo lo que vino después.